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La Segunda Invasión Inglesa: encarnizados combates callejeros y el jefe británico condenado por una corte marcial por su derrota

Un fuerte ejército intentó, sin suerte, tomar la ciudad de Buenos Aires en julio de 1807, gracias a la tenaz resistencia que los ingleses hallaron, sumados a desacertadas decisiones que le implicaron al general Whitelocke un final deshonroso de su carrera militar

Segunda invasión inglesa
En la segunda invasión inglesa, hubo un despliegue militar que, si bien fue muy importante, fue rechazado por las defensas criollas
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Someter “la provincia de Buenos Aires a la autoridad de Su Majestad” sería la última misión de John Whitelocke. Este teniente general británico de 50 años, era un experimentado militar que había ingresado al ejército en 1778, en 1793 ya había sido ascendido a coronel, había comandado con éxito una campaña en Santo Domingo, para luego prestar servicios en India, Egipto y en Cabo de Buena Esperanza.

No se imaginaba que por su desastrosa campaña en el Río de la Plata su carrera militar terminaría en una corte marcial.

Cuando el comodoro Popham se apoderó de Buenos Aires en 1806, había pedido refuerzos a Londres. Alistaron 1400 hombres que estaban en Africa; por su parte una escuadra con 4000 efectivos al mando de sir Samuel Achmuty debía ponerse a las órdenes de William Beresford, a quien creían que aún era gobernador de Buenos Aires.

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En agosto de 1806, el general William Beresford se había rendido
En agosto de 1806, el general William Beresford se había rendido

Otra flota, que transportaba unos 4200 soldados al mando del brigadier Craufurd, había salido del Cabo con proa a conquistar Chile. En el interín llegó a Gran Bretaña la noticia de la rendición inglesa del 12 de agosto, entonces le ordenaron olvidarse de Chile, poner proa a Buenos Aires y sumarse al resto de los efectivos.

El gobierno puso al frente de ese ejército a Whitelocke que, al decir de Groussac, “probablemente el jefe mas inepto del ejército inglés; en todo caso, el menos autorizado y prestigioso”. En marzo se embarcó al frente de 1630 hombres. El 10 de mayo llegó a Montevideo, en poder inglés, y fue ungido con las pomposas atribuciones de gobernador y comandante en jefe de las fuerzas británicas en Sudamérica.

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Sin tomar en cuenta a los jefes, oficiales y marineros, los efectivos que desembarcaron en Ensenada fueron 7822 hombres. Los unía el hecho que estos jefes y unidades nunca habían peleado juntos.

El 5 de septiembre del año anterior Santiago de Liniers llamó al vecindario a enrolarse en cuerpos, y evitar que un puñado de invasores tomasen la ciudad, como había ocurrido en la primera invasión. Recomendaba que todo hombre en aptitud de disparar un fusil asistiese. La convocatoria empezó el miércoles 10 de septiembre con los catalanes; el 11 los vizcaínos; el 12 los gallegos y asturianos y los andaluces, castellanos y patricios el 15, en todos los casos a las dos y media de la tarde. Y se organizaron.

John Whitelocke
John Whitelocke estuvo al frente de los efectivos ingleses. Sus desaciertos en el campo de batalla motivó que fuera juzgado y hallado culpable por la derrota en Buenos Aires

Bajo la supervisión de Liniers, se instalaron fábricas de balas y de armas blancas. Se construyeron fortificaciones con baterías en Retiro, la Residencia, Barracas y Quilmes para hacer frente un posible desembarco. Vinieron de parabienes los fusiles capturados a los ingleses en agosto del año anterior y se repararon las viejas armas existentes. Del interior llegaron barriles de pólvora y todo objeto de metal era transformado en un proyectil.

En la tarde del 24 de junio de 1807 Liniers pasó revista a los efectivos que defenderían la ciudad. Con algo de fortuna, el 29 un barco español había atracado en el puerto de Buenos Aires sin ser visto por la flota británica, ancalda frente a la ensenada de Barragán. Traía las felicitaciones del rey español por la reconquista de Buenos Aires en agosto del año anterior y el ascenso de Liniers a brigadier de la real armada. Y como Pascual Ruiz Huidobro, el militar de más alto antiguo y de mayor mérito estaba prisionero de los ingleses, recayó en Liniers la responsabilidad de gobernador político y militar y capitán general del virreinato. Ese mismo día se le tomó juramento en la Real Audiencia.

Liniers partió a Barracas con la mayoría de su ejército y el 2 de julio formó en batalla a sus hombres en la orilla del Riachuelo. Veía a la vanguardia inglesa al mando del general Gower. Este, con menores fuerzas, rehuyó el enfrentamiento y cruzó el río mucho más arriba, con el agua que les llegaba el pecho, por donde hoy se ubica el Puente de la Noria y acampó en los corrales de Miserere, Plaza Once. Un parte del ejército defensor volvió a la ciudad y el resto, al mando de Liniers, fue hacia los corrales. Allí fue atacado por los ingleses y sufrieron 200 bajas, entre muertos, heridos y prisioneros.

Santiago de Liniers era el héroe de la reconquista en 1806 y volvería a ser protagonista al año siguiente
Santiago de Liniers era el héroe de la reconquista en 1806 y volvería a ser protagonista al año siguiente

No se entendió por qué los británicos no persiguieron hasta la ciudad a los que se desbandaban. Gower permaneció en los corrales; ignoraba lo que ocurría en la ciudad, donde todo era desánimo al conocer la derrota. De todas formas, primó la idea de resistir.

Al día siguiente, los ingleses enviaron dos intimaciones: una verbal y otra escrita, en la que otorgaban media hora para rendirse. Ambas fueron rechazadas. Lo curioso fue que no ingresaron a la ciudad. Sí lo hizo Liniers con sus tropas. En un radio de cinco o seis cuadras del Cabildo armó una línea de defensa, con trincheras y barricadas. El día 4 tampoco pasó nada. Los británicos decidieron asaltar la ciudad en la madrugada del domingo 5.

Unos 6100 hombres fueron divididos en 12 columnas, cada una marcharía por una calle: ocho al norte de la catedral y cuatro al sur. Cangallo, Cuyo (Sarmiento), Corrientes, Lavalle, Tucumán, Viamonte, Córdoba y Paraguay. Las del sur ingresaron por Moreno, Belgrano, Venezuela y México. El plan era la de atravesar la ciudad de oeste a este, llegar al río y tomar los edificios más importantes. La orden era la de no disparar a civiles.

Invasión inglesa
Croquis del plan de ataque británico a la ciudad, el 5 de julio de 1807 (Tomado de la Versión Completa del Juicio al Teniente General Whitelocke)

La columna que debía entrar por Paraguay se equivocó e ingresó por la actual Marcelo T. de Alvear y al llegar al Retiro recibió certeros disparos de dos cañones, instalados a la altura de Paraguay y Florida. Los ingleses debieron desviarse por Córdoba, tomaron un edificio e hicieron un centenar de prisioneros. En el convento de Santa Catalina de Siena, en Viamonte y San Martín, improvisaron un hospital de sangre para atender a sus heridos.

La Residencia, el cuartel de Retiro y las Catalinas cayeron en manos inglesas, no así la Plaza de Toros, en la actual Plaza San Martín, defendida por un millar de hombres.

A las columnas que entraban por el sur no les fue bien. Quisieron apoderarse de la iglesia de San Miguel y muchos fueron muertos por cargas de fusilería. Los que habían entrado por la calle Cuyo debieron rendirse.

De las terrazas y techos, hombres y mujeres les arrojaba piedras, agua hirviendo y todo lo que tenían a mano. Se usaron las piedras del empedrado y Whitelocke recordaría después que les arrojaban “recipientes con fuego”.

Las marcas que las balas de los cañones dejaron en la única torre que tenía el convento de Santo Domingo están señaladas con réplicas (Nicolás Stulberg)
Las marcas que las balas de los cañones dejaron en la única torre que tenía el convento de Santo Domingo están señaladas con réplicas (Nicolás Stulberg)

Hubo un encarnizado combate en la zona de Corrientes y Reconquista, donde la brigada de Craufurd la pasó mal. El teniente coronel Denis Pack tomó la calle Moreno y otro grupo lo hizo por Belgrano. Les llamó la atención el silencio reinante en las calles, aunque percibían murmullos y movimientos dentro de las casas.

Cuando doblaron hacia San Francisco y otra columna que iba por Moreno encaró hacia Perú, recibieron una terrible descarga de fusilería que los hizo retroceder. Eran los Patricios que desde las alturas de los techos y balcones los acribillaron. Los británicos se refugiaron en la casa de Rafaela de Vera y Mujica, futura suegra de Bernardino Rivadavia, en Belgrano y Perú, donde resistieron durante tres horas. Las crónicas destacan que la sangre que corría por las paredes.

Otro grupo inglés, en Defensa y Venezuela fueron sorprendidos por el fuego criollo y se refugiaron en el convento de Santo Domingo. Fueron cercados por voluntarios cántabros y por los vecinos del barrio. Desde la casa de Francisco Telechea, en Defensa y Moreno, instalaron un cañón y dispararon contra la única torre que entonces tenía la iglesia. Los ingleses quisieron romper el cerco varias veces pero debieron entregarse.

Ciudad de Buenos Aires
El aspecto de Buenos Aires en los tiempos de las invasiones inglesas

El fuego cesó. Los ingleses eran dueños del cuartel de Retiro y de la Residencia, pero sus mejores tropas ya se habían rendido. Las bajas británicas ascendían a 2500, entre muertos y prisioneros, entre éstos 105 oficiales incluido Crawfurd; cinco coroneles, dos hijos de milores y Denis Pack, que en la invasión de 1806 había jurado no volver a tomar las armas contra Buenos Aires, y se salvó de no ser ejecutado por romper ese juramento.

Al día siguiente, comenzaron las negociaciones entre Liniers y Whitelocke, mientras se escuchaban disparos aislados. Los ingleses se comprometían a abandonar el Río de la Plata en seis meses; Liniers insistió en que fuera en dos y que entregasen Montevideo. El 7 se firmó el armisticio. Cada una de las partes devolvería a los prisioneros. Al día siguiente, los invasores comenzaron a embarcarse.

“Nada extraño tiene que una población como la de Buenos Aires, animada por su primera victoria y por su odio al enemigo, haya podido resistir el golpe de mano. Cada casa era una fortaleza y cada calle una trinchera. Un pueblo como éste debe ser invencible”, publicó un diario inglés.

Los franciscanos cedieron el espacio de la huerta del convento para enterrar a los muertos. Hoy es el Pasaje 5 de Julio, que recuerda la heroica defensa de 1807.

El 25 de enero de 1808 un tribunal militar, conformado en el Royal Hospital de Chelsea, una institución para alojar a veteranos ingleses, le sustanció un consejo de guerra. Una corte marcial, presidida por el general sir William Medows, lo acusaba de cuatro grandes cargos. Que había emprendido acciones mal calculadas, que no había querido negociar con las autoridades locales, lo que produjo irritación en los vecinos, que por eso decidieron resistir, “excluyendo la esperanza de un amigable arreglo”.

Asimismo, lo acusaba que cuando desembarcó no había tomado las medidas adecuadas, que sabía que los vecinos estaban en las azotea y aún así dividió sus fuerzas y mandó descargar las armas para no disparar a civiles, y que eso expuso a las tropas “a su destrucción”, lo que revelaba “una gran incapacidad profesional”.

Le endilgaban, además, que no hizo ningún esfuerzo para apoyar o coordinar el esfuerzo de las distintas unidades militares desplegadas en las calles, y que se había rendido cuando sus tropas controlaban los flancos de la ciudad y tenía a disposición la flota. “Renunció de modo innecesario y vergonzoso a tales ventajas…” y que además procedió a abandonar también Montevideo.

Fueron 31 días de audiencias, en las cuales ninguno de sus oficiales a su mando -como Gower, Ackland, Achmuty, Moore, Crauford y Lumley- declaró a su favor. El 18 de marzo la corte marcial sostuvo que Whitelocke era culpable de la totalidad de los cargos en su contra, menos a la orden que hab{ia impartido de que los soldados no se llevasen las armas cargadas y que no hicieran fuego por ningún motivo.

Con la firma del auditor general, se dictaminó que fuera destituido, dado de baja del servicio y declarado totalmente inepto e indigno de ocupar ningún empleo militar de ningún timpo al servicio del rey. Sostenían que había llevado “deshonor de las armas de Su Majestad”.

Vivió retirado en Beaconsfield, ciudad ubicada a unos 45 kilómetros de Londres. Murió el 23 de octubre de 1833, convencido de que hubiera sido imposible tomar una ciudad donde sus pobladores eran, según lo describió, hostiles al invasor inglés.

Fuentes: Santiago de Liniers, de Paul Groussac; Buenos Aires y el interior, de Alejandro Gillespie; Versión completa del juicio al Teniente General Whitelocke, Londres 1808; Memorias Curiosas, de Juan Manual Beruti

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