
Martín de Alzaga era el referente de los españoles en esa Buenos Aires que respiraba los aires de la Revolución de Mayo. Este hábil comerciante vasco de 56 años, que había llegado a Buenos Aires a los 12 años, se había dedicado al comercio y habia amasado una gran fortuna. Casado con María Magdalena Carrera, formó una familia con 14 hijos, y todos vivían en la casa de Bolívar y Moreno.
No era un vecino cualquiera. Fue uno de los héroes de la reconquista de Buenos Aires en 1806, donde se reveló como organizador y financista de los grupos conspiradores, y también uno de los instrumentó con los vecinos la defensa callejera de la ciudad en 1807, lo que le valió cosechar de un excelente prestigio. Sin embargo, cuando el 1 de enero de 1809 fracasó el levantamiento que encabezó contra el virrey Santiago de Liniers para formar un nuevo gobierno independiente, fue encarcelado. Al tiempo pudo escapar.
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Cuando estalló la Revolución de Mayo, si bien la apoyaba, sufrió la persecución de Cornelio Saavedra, para lo cual fue confinado fuera de la ciudad y aislado de sus amigos españoles.

Luego del 25 de mayo de 1810, se vigiló a los españoles que residían en Buenos Aires y en los alrededores. Eran por lo general pudientes, muchos profundamente resentidos por haber perdido el poder, aunque algunos se cuidaban por guardar las apariencias. Revisaban sus casas, requisaban sus armas y se mantenía bajo control pulperías y negocios regenteados por ellos. Se vigilaba el Delta, ya que se sospechaba de contactos secretos con los españoles de Montevideo. Había multas y prisión para aquellos que no respetasen las normas impuestas por el gobierno.
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Era vox populi que Alzaga estaba descontento con las medidas que estaba tomando el Primer Triunvirato –en el que sobresalía su secretario Bernardino Rivadavia- y no coincidía con la dirección de la guerra. Desde diciembre de 1811, cuando se le permitió regresar a la ciudad, se había recluido por propia voluntad en su quinta en Barracas. Se lo consideraba una suerte de conspirador local, en cuyos planes no tenía contemplado la unión con España.
Además, hacía tiempo que con Rivadavia los separaba una profunda inquina, tal vez desde 1809 cuando el Cabildo, manejado por Alzaga en su condición de Alcalde de Primer Voto, vetó el nombramiento del primero como Alférez Real, al considerarlo una “persona incapaz”, que no tenía carrera, y que era un “joven sin ejercicio”.
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El golpe para derrocar al Primer Triunvirato debía estallar en la madrugada del 5 de julio de 1812, en homenaje a la fecha en que se rechazó a los ingleses en 1807. Pero los conjurados ignoraban que dos días antes, el esclavo negro Ventura había escuchado una conversación de su amo con dos complotados. Este se lo comentó a su ama, Valentina Feijó, quien se lo dijo a Pedro Pallavicini, alcalde de Barracas, que puso al tanto al gobierno.
Otro conspirador, el asturiano Francisco Valdepares, que se desempeñaba como contador del Tribunal de Cuentas, al enterarse que todo había sido descubierto, le pidió a la esclava Roa, alojada en el Hospital de la Convalescencia, que le escondiese una pistola y el manifiesto que darían a conocer una vez que el gobierno fuese derrocado. La mujer, temerosa de quedar enredada en un verdadero problema, se lo entregó a fray Juan Rafael de la Madre de Dios, quien lo mandó al gobierno.
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Cuando fue interrogado el padre José de las Animas, el superior de los Betlemitas y director del Hospital de Belén, que en 1806 se había negado a jurar fidelidad al monarca inglés, se pudo llegar más lejos. Era conocido de Valdepares, y confesó que el cabecilla de la conspiración era Martín de Alzaga, que en su casa se habían realizado las reuniones, que tenían 500 fusiles a disposición, que Francisco de Tellechea estaba en el plan y que se contaba con una división acantonada en Montevideo, más una guarnición que permanecía en Buenos Aires.
Según el relato oficial, cuando el gobierno se enteró, si bien los conspiradores propusieron adelantar los planes, todos decidieron escapar para salvar la vida. Se aseguró que planeaban clavar en las rejas que rodeaban a la pirámide de Mayo las cabezas de los americanos patriotas, magistrados y miembros del gobierno.
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Este movimiento pasó a la historia como el Motín de Alzaga, para algunos historiadores un alzamiento de españoles europeos contra el poder criollo y para otros una sucesión de rumores de movimientos contrarrevolucionarios interpretados por Rivadavia como parte de una conspiración, de la que el propio Alzaga habría estado ajeno. En definitiva, el relato fogoneado desde el poder sirvió para desencadenar una ola de sangre y terror contra los españoles residentes en la ciudad.
A partir de la denuncia, los testigos se multiplicaron: los que vieron a algunos complotados en reuniones, allegados a Alzaga que lo denunciaron, los que iban a la panadería de Luque a la medianoche y se retiraban a la madrugada. Enseguida la maquinaria del gobierno se puso en marcha. Del Triunvirato compuesto por Juan Martín de Pueyrredón (que había reemplazado a Juan José Paso), Bernardino Rivadavia y Feliciano Chiclana, fue el primero quien olfateó algo raro: “No quiero formar parte de un gobierno que forja conspiraciones para matar inocentes”, dijo.
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Pero la persecución continuó. Siempre según la versión oficial del gobierno, hubo reuniones secretas con su círculo cercano, fray José de las Animas, Felipe Sentenach, Matías Cámara, Francisco Tellechea y otros. La orden era capturar a Alzaga y a fray de las Animas vivos o muertos. Se vigilaron los caminos, se recorrió la ciudad, y grupos de exaltados pidieron armas para participar en la búsqueda.
El 4 de julio, el Cabildo emitió una proclama, en la que denunciaba que algunos españoles “enemigos de nuestra libertad” se habían puesto en combinación con jefes de Montevideo para derrocar al Primer Triunvirato. “Una gavilla de hombres ingratos” los describieron las autoridades, y denunciaron “sus planes parricidas”.
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Alzaga se ocultó en el sur de la ciudad, cambiando de casa. Fue atrapado por el dato de uno de los curas que lo confesó. Cuando Agrelo le tomó declaración en su encierro en los altos del Cabildo, negó todo, no dijo nada. Pero para el gobierno era suficiente. Se le comunicó que era condenado a muerte por traidor a la patria, noticia que recibió con indiferencia.

Dictó su testamento. Cuando estableció que dejaba como albacea a su yerno Cámara, le informaron que ya había sido fusilado. “¡Lo siento más que a mi propia muerte!”, se lamentó.
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El lunes 6 de julio de 1812 fue el día de su ejecución.
Cuando a las diez de la mañana salió del calabozo, lo vieron tranquilo. Alto, flaco, de tez blanca, no estaba encadenado y vestía sus ropas, pero sin sombrero. No parecía un hombre que estuviera a punto de perder la vida. En sus manos llevaba un crucifijo. A su lado iba un cura.
Caminó entre una doble fila de soldados en una plaza colmada. Por unos instantes, se arrodilló. Antes de sentarse en el banquillo, sacó un pañuelo y lo limpió. Se negó a que le vendasen los ojos. El mismo le ordenó el piquete que cumpliese con su deber. Hubo redobles de tambores y, luego, se escucharon disparos.

Cuando el verdugo colgó el cuerpo de la horca, la multitud estalló en gritos de “viva la patria” y “muera el tirano”, que se confundían con la música que ejecutaba la banda militar.
La gente se ensañó con el cadáver, que permaneció colgado varias horas. Lo apedrearon y escupieron mientras lo insultaban. “Parecía un Judas de sábado santo”, recuerda Beruti.
Las siguientes tres noches fueron de fiesta, celebrando que había muerto el enemigo número uno de la patria.
El escarmiento del gobierno no terminó con Alzaga. El 4 habían sido ajusticiados Matías Cámara, el yerno de Alzaga, condenado a muerte por desconocer el paradero de su suegro; Pedro Latorre, comerciante y Francisco Lacarra, carretillero.

El 11 de julio fue el turno de los quinteros José Díez y Miguel Marcoy; Francisco Valdepanes y el comerciante Francisco Tellechea. Todos eran gallegos. También fue ajusticiado el catalán Felipe Sentenach, teniente coronel de artillería del ejército, que había ideado, durante la primera invasión inglesa, un túnel para hacer volar a la guarnición inglesa en el fuerte. Antes de morir se le quitaron en público los atributos militares y se lo obligó a presenciar la muerte de sus compañeros antes de ser fusilado.
El 13 ejecutaron a fray José de las Animas. Fue el primer religioso en morir en Buenos Aires en un cadalso. El 16 fue el turno del alférez Alfonso Castellanos, Luis Purroa, Domingo Hebra, Benito Riobó, Felipe Lorenzo, Valentín Sopeña, Antonio Gómez y Francisco Neyra, todos europeos.
El 23 se fusilaron a otros ocho, entre los que se encontraba el capitán de artillería Roque Laurel.
Fueron desterrados a Luján el Cuerpo de Inválidos Veteranos, mientras que al gallego Nicolás Calvo, cura de la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, lo mandaron a Mendoza. Perdió su curato y sus bienes, y fue despojado de sus funciones propias de un sacerdote, como confesar y predicar, mientras que al comerciante gallego Francisco Neyra y Arellano se lo desterró a Córdoba.
El 24 un bando del gobierno anunciaba un “basta de sangre: perecieron ya los principales autores de la conjuración, y es necesario que la clemencia sustituya el rigor de la justicia”, aunque el 6 de agosto terminaron con la vida de dos implicados.
Cinco días después se conoció la disposición del gobierno de que los españoles europeos que fueran dueños de pulperías o casas de abasto, disponían de tres días para poner a cargo de sus negocios a americanos.
El 9 de agosto se celebró un Te Deum en la catedral, agradeciendo haber descubierto la conspiración. Desde la noche del 8 al 10 la ciudad estuvo iluminada para la ocasión.
En total hubo 126 acusados: 33 fueron ejecutados, 23 encerrados en prisión, 11 desterrados, algunos que recibieron multas y otros dejados en libertad.
El 23 de agosto los vecinos del cuartel 12 organizaron una función de acción de gracia en la parroquia de San Nicolás. Banderas, iluminación por la noche, ruedas de fuego, cohetes, bombas artificiales y cohetes de mano. Al frente de la iglesia se armó un escenario con una orquesta y cuatro niños, vestidos de indígenas, que entonaban canciones alusivas a la patria. Todo para festejar el desbaratamiento del alzamiento.
Muchos españoles se apresuraron a tomar la ciudadanía, entre ellos el gallego Benito González de Rivadavia, el padre del triunviro.
Alzaga fue enterrado en el cementerio de la iglesia de la Santa Caridad, destinado a los ajusticiados. Lo sepultaron debajo de una parra que había sido plantada en 1738. Actualmente ese lugar es la Plaza Roberto Arlt en Suipacha y Rivadavia. En 1866 ubicaron sus restos y fueron llevados a la bóveda familiar en La Recoleta.
El 24 de julio el negro Ventura fue premiado. Se le dio la libertad, se le permitió usar el uniforme del Regimiento N° 2 y sable y se lo distinguió con una medalla de plata repujada con la leyenda “Por fiel a la Patria”. Pero ese Primer Triunvirato tenía los días contados. San Martín, un teniente coronel de caballería había llegado en marzo y otros vientos de independencia soplarían en estas tierras.
Fuentes: Juan Manuel Beruti – Memorias Curiosas; Carlos Segreti – Bernardino Rivadavia; La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época tomo II 1812-1815.
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