
Antes de morir, el primer día de diciembre de 1973, cumplidos ya sus luminosos 87 años, y sin Paula, su mujer, que había partido un lustro antes, David Ben-Gurión miró por última vez la tierra amada desde la ventana de su cabaña de Sde Boker, un kibutz en el majestuoso desierto de Néguev. Y acaso recordó aquellas otras tierras secas, abandonadas, sagradas y en perpetuo conflicto a las que dedicó su vida hasta que fueron no solo "un vergel en un punto árido y hostil" (propia definición): también uno de los países más pequeños —22 mil kilómetros cuadrados: similar a la provincia de Tucumán—, más modernos y más influyentes del planeta.
Sí. El Estado de Israel. Su obra cumbre desde el 14 de mayo de 1948, día de la declaración de su independencia.
Gigante en un cuerpo de estatura media, nació en Plonsk, una perdida aldea polaca. Lo llamaron David Grün. Eligió ser Ben-Gurión inspirado en Yosef Ben-Gurión, uno de los líderes de la primera guerra judeo–romana: años 66 a 73.
Las clásicas biografías dicen de él, "líder sionista, sindicalista, periodista, político y estadista, primer ministro de Israel entre 1948 y 1954, y nuevamente entre 1955 y 1963". Correcto. Solo correcto.
Es la ficha de un hombre, pero no la ficha de un sueño. Porque imaginar a Israel como un Estado libre y poderoso era tarea titánica. Entre otras cosas, por el bestial antisemitismo de la Europa oriental de umbrales del siglo XX.

Muy joven, apenas entrado en la adolescencia, empezó su lucha: fundó el Movimiento Juvenil Judío (Ezra) para preparar a sus pares dispuestos a emigrar a Palestina en el duro trabajo de la tierra y el aprendizaje de la lengua hebrea.
Conoció la cárcel más de una vez.
Llegado a Palestina, unió el discurso político al trabajo. Pensamiento y acción. Trabajó duramente en el campo y, al mismo tiempo, en 1909, creó la organización Hashomer (Centinela): grupo armado para proteger los asentamientos judíos de los ataques árabes.
Al sonar los cañonazos inaugurales de la Primera Guerra Mundial se alistó en la Legión Judía para batirse a favor de los aliados.
En 1919, Palestina pasó a vivir bajo mandato británico: uno de los grandes momentos de Ben-Gurión. Puso alma y vida en la reconstrucción del país. Protegió a los inmigrantes judíos que llegaban sin cesar. Fundó la Histadrut (Confederación del Trabajo).
Terminada la Segunda Guerra Mundial, bajo el espanto de seis millones de judíos muertos en los campos de exterminio nazi, capeó un gran temporal: la primera guerra árabe–israelí apenas Gran Bretaña abandonó su más explosiva colonia, Palestina.
Ya primer ministro y ministro de Defensa, proclamó la creación del Estado de Israel y dirigió la guerra de la independencia (1948–1949), en la que la flamante nación se impuso a los palestinos, y a los cinco Estados árabes que los apoyaban.
Líder indiscutido, venció en cinco elecciones: de 1949 a 1961. Y aún así, para dar nuevamente el ejemplo, trabajó como un simple colono en un kibutz del desierto de Néguev.
La vejez no lo aplacó. Hasta sus 79 años enfrentó duros desencuentros con sus correligionarios laboristas, y luego de la Guerra de los Seis Días pidió devolver a los árabes todos los territorios conquistados, salvo Jerusalén oriental y los altos del Golán, a cambio de lo que llamó "una paz verdadera".
Se fue de este mundo rodeado de los 20 mil libros de su biblioteca, recordando sus infinitos viajes por el mundo (hablaba cinco idiomas), y hasta sus últimos días leyendo a Platón y a Cervantes. Porque solo para eso había estudiado griego y español.
Está sepultado en Sde Boker, Néguev. Su tumba está junto a la de Paula, su mujer. Mientras, en Israel bullen el progreso, el poder y la certeza de una tierra propia. Aquello por lo que David Ben-Gurión decidió destinar su entera vida.
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