
Estimado lector, tal vez usted se acuerde: hace unos diez o doce años, el mundo de letras se debatía entre la literatura del yo y el pasaje del blog al libro. No había feria, festival o ciclo que se preciara, que no incluyera uno o varios paneles sobre el tema. No ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, hoy ya nadie habla de eso. Pero no porque se haya abandonado, sino todo lo contrario: la literatura del yo no despierta la fascinación de entonces porque se la estudió, se la debatió, se la analizó, se la internalizó. Se volvió invisible cuando se la aceptó como un hecho normal.
El recuerdo viene a cuenta por el panel de ayer en la Feria del Libro de Rosario, en el que participaron Gabriela Cabezón Cámara (Beya, El romance de la negra rubia), Gabriela Larralde (Soluciones quirúrgicas, Bestiario secreto de niñas malas) y la uruguaya Marisa Silva Schultze (La limpieza es una mentira provisoria, Siempre será después): ¿hasta cuándo, se preguntaban las escritoras, será necesario hablar de "literatura femenina", "literatura feminista", "literatura y feminismo"?
El encasillamiento o la etiqueta es una evidencia de las relaciones de poder que se juegan en la literatura y, por extensión, en la sociedad. "La literatura sin etiquetas", dijo Gabriela Cabezón Cámara, "es sólo la que escriben los varones blancos y heterosexuales de entre 30 y 60 años. ¿Por qué los que estamos en ese universo tenemos que tener una etiqueta? Es muy flashero tener que volver a decir que las mujeres escribimos."

Todo escritor es político
Cabezón Cámara, quien con su libro más reciente, Las aventuras de la China Iron (Penguin), incorporó una mirada provocadora sobre el Martín Fierro al seguir los pasos de la mujer del gaucho, señaló que el método de los escritores jóvenes tiene, con frecuencia, dos pasos: ingresan en la literatura a través de la apropiación de un autor canónico (como Piglia, Aira, Fogwill) y luego se distancian en lo que se llama parricidio. "Si el canon se construye como un mecanismo edípicio", se preguntó, "¿las mujeres qué somos? ¿Objetos de intercambio?"
Gabriela Larralde sumó otra intersante línea de análisis: la literatura escrita por mujeres es válida en tanto tenga una función válida para el mercado. "Todas las grandes cadenas tienen mesas sobre feminismo porque el sistema capta esos reclamos", dijo la escritora que analizó en Los mundos posibles (Ed. Blatt & Ríos) cómo se presenta el colectivo LGTB en la literatura para la infancia. "Pero mi libro no es, en ese sentido, el típico libro políticamente correcto, es un libro que viene a contar la forma en que yo vivo y quiero vivir".
¿Cómo romper con el mandato de la crítica y el mercado? Tal vez la clave pase por el lector. "El asunto de las etiquetas", dijo Marisa Silva Schultze, "se puede modificar con nuevos hábitos de lectura. Cuando saqué mi novela necesitaba que me dijeran si era buena o mala, pero, en cambio, me decían que era una novela feminista. Esa es una lectura que no siento desde los lectores".
"No hay literatura que no sea política", dijo Cabezón Cámara, "es un acto político porque la lengua es un instrumento político". Y propuso que para entonces se abandone el debate sobre literatura femenina para abordar otros tipos de temas: "Somos todas feministas, eso está fuera de discusión. Pero hablemos de otra cosa: ¿se va a acabar la hegemonía del minimalismo? ¿Por qué la poética de la canutería?"
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