
“Me especializo en RSA, que son las Residencias Sanitarias Asistenciales para personas mayores no autosuficientes, en un área que ahora es llamada LTC, por Long Term Care, Cuidados a Largo Plazo o Atención de Larga Duración”, explica Sonia Messina, argentina residente en Italia desde hace 23 años.
Las RSA son establecimientos normados por el Estado según estándares basados en el nivel de asistencia que necesita cada persona, explica. “Los directores de RSA creamos una asociación porque queremos sensibilizar sobre la necesidad creciente de lugares. Vende mucho lo del envejecimiento activo pero la verdad es que hay cola para entrar en los geriátricos”.
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Messina se refiere al hecho de que cada vez hay más nonagenarios y “aunque se vive mejor gracias a la ciencia no se llega inmune a esas edades”.
En esta charla con Infobae destaca que una de las claves de la mejora del servicio es la tecnología que beneficia tanto a los residentes como a sus cuidadores. Y describe las soluciones alternativas a la residencia que se están analizando en Italia para promover el envejecimiento en el hogar.
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Sonia Messina nació en Buenos Aires, pero el trabajo de su padre en grandes proyectos de ingeniería llevó a la familia a vivir en Zaire (hoy República Democrática del Congo) y Costa de Marfil, luego, de regreso a Argentina, en la Patagonia, y después nuevamente en el exterior, en Argelia. Sus estudios universitarios en Ciencias Políticas los hizo en la Universidad de Lausanne en Suiza (1993), después obtuvo un Master in International Studies (Latin American Studies) en Ohio University (1995) y finalmente hizo la Maestría en Salud Pública en la UBA (1999).
De 1997 a 2002, trabajó en el Ministerio de Desarrollo Social de Argentina (en el FOPAR, un programa del Banco Mundial), luego en Unicef como consultora y en 2003 se mudó con su familia a Italia. Está casada con un ingeniero boliviano con quien tiene tres hijos.
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En Biella (Piemonte), donde está radicada, trabaja y se ha especializado en el sector de los servicios para personas mayores —”servicios residenciales, semi-residenciales, centro diurno, domiciliarios, ambulatorios”, precisa—. Inicialmente como responsable de calidad, coordinadora de servicios y desde el 2012 como directora de una RSA.

— ¿En qué tipo de institución estás trabajando?
— Es una RSA, Residencia Sanitaria Asistencial, se llama Fondazione Enfermeria San Carlo, funciona en un edificio construido en 1848, antes de la unificación de Italia, por la donación de un benefactor que quería un hospital. Estas residencias son todas privadas, hay privadas sin fines de lucro, creadas por cooperativas u ong, entes paraestatales. Y luego están las grandes inversiones inmobiliarias. Estatales no hay, pero estos establecimientos están normados por el Estado según estándares basados en el nivel de asistencia que necesita cada persona.
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— ¿Qué clase de residentes reciben?
— En general son personas de edad avanzada, 90, 95 y más. Sus hijos ya son ancianos también, no pueden hacerse cargo por algún motivo. Si son más jóvenes, hay dos casos en los que igualmente necesitan estar en una RSA: la demencia y el párkinson. Pero en estas RSA, no residen personas con problemas sanitarios graves, no es gente con enfermedades agudas, sino con patologías crónicas invalidantes. Los problemas de salud más comunes son la hipertensión, la diabetes y la disfagia (dificultades para deglutir). También puede venir temporalmente gente que ha sufrido una caída por ejemplo.
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— ¿Hay una preferencia por permanecer en el propio hogar como sucede en Argentina?
— Claro, es cultura. En Italia, las personas grandes viven mucho en sus propias casas todavía. El italiano quiere quedarse en su casa, con su huerta, en su pueblo, no es nómade.
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— ¿Tienen las RSA subsidio del Estado?
—Antes se subvencionaban las camas, ahora, las personas. Cuando la persona ya no puede vivir sola, porque tiene alguna dependencia o porque su casa tiene escaleras o un baño muy chico, el hospital les subvenciona la RSA con 1500 euros y ellos pagan los otros 1500 de un costo mensual que ronda los 3000. Les dan un voucher por ese monto y una lista de establecimientos que pueden elegir. Pero en algunos establecimientos puede ascender a 5 ó 6 mil. Una jubilación de un obrero textil o de un trabajador del campo puede ser de entre 900 y 1000. Luego hay un subsidio de 550 para las personas que necesitan cuidados. Y eventualmente la pensión del cónyuge si estuvo casado.
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— ¿Cuántas camas tienen?
— Tenemos 52 camas, unos 40 residentes reciben subsidio estatal.
— ¿Dirías que está cubierta la demanda de lugares en las residencias en Italia?
— El presupuesto estatal no es suficiente. En esta región son 34 geriátricos, 2000 camas, hay listas de espera. Como el gobierno evalúa que no va a poder ayudar a todos a llegar al geriátrico se busca facilitar la domiciliaridad. Todos tienen un médico de base, es condición para ingresar al sistema de salud. Ese médico es el que, según la necesidad de cada persona, activa a las enfermeras, kinesiólogos y operadores socio-sanitarios. Éstos últimos son personas que reciben una formación de un año, con 1000 horas de curso.
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— ¿Tienen una infraestructura adecuada?
— Bueno, los geriátricos ya somos casi clínicas geriátricas. Una norma importante en las RSA es que nadie se quede en la cama. En esto es esencial el auxilio de la tecnología: todos los residentes tienen sillas de ruedas de distinta complejidad, según su necesidad y son muy confortables. Y si ya no controlan el tronco, está la báscula, que permite que se reclinen. Pero reitero, salvo que estén atravesando una enfermedad aguda, nadie se queda en la cama, es la norma. Se levantan, van a sus sillones. Luego del almuerzo, duermen siesta en sus camas durante una hora más o menos. Después se levantan nuevamente hasta la cena. Este movimiento de sacarlos de la cama, volverlos a acostar, volverlos a levantar se hace con el auxilio de la tecnología. Tenemos por ejemplo guinches que permiten levantar a la persona para sentarla en la silla de ruedas, sin que el esfuerzo lo tenga que hacer el cuidador. También existe la posibilidad de elevar las camas o las sillas ruedas para quedar a la altura del operador o enfermero. Los cuidadores tienen que hacer una formación para usar estos aparatos, que también están pensados para cuidar la salud de los operadores. La ayuda humana es siempre necesaria pero la gran diferencia la está haciendo la tecnología.
— ¿Cuánto personal tienen?
— Hay un operador socio-sanitario por cada 10 residentes. A eso se suman los enfermeros, el kinesiólogo y el animador. A la mañana, cuando el trabajo es más intenso porque se hace toda la limpieza, higiene de las personas, medicación, etc., tenemos 5 operadores y dos enfermeros. A la tarde, 4 y uno. En los primeros tres días del ingreso de la persona a la RSA, un kinesiólogo evalúa qué capacidades tiene, qué auxilio necesita para deambular, cómo va al baño, qué asistencia requiere diariamente.
— ¿Es una forma de personalizar la atención?
— Sí, hay un proyecto individual de cada residente, que se elabora a su ingreso a partir de sus capacidades residuales que buscamos promover. Buscamos darles confort y evitar el dolor. Pensemos que es gente que ha perdido su trabajo, su casa, quizás también su familia y su estatus, su lugar en la sociedad. El animador es el encargado de analizar a cada uno y apoyarlo y acompañarlo para su autorrealización. Se festejan los cumpleaños, se forman grupos por intereses: arte, juegos de mesa, actividades multisensoriales —música, aromas, texturas, etc— para los que por diferentes causas están un poco aislados del entorno, etcétera. Luego hay eventos que son como alertas y que no deberían suceder. Por ejemplo, las lesiones de presión, las escaras. No deberían existir. Y si aparece una escara, hay que establecer cuál fue el motivo.

— ¿Cómo se evita eso?
— Hay una serie de prevenciones para evitarlo pero de nuevo es clave la tecnología. Los colchones antiescaras, por ejemplo. Estos deben ser controlados, tienen cubos de aire que el operador sanitario puede inflar de ser necesario. Además por supuesto están la hidratación y la alimentación y finalmente mover a la persona.
— Subrayás mucho entonces la tecnología…
— A nivel humano, cada país tiene su cultura, su estilo de vida. Pero remarco la parte tecnológica, que por supuesto está gestionada por personal formado. Es algo que falta en la atención domiciliaria, lo tecnológico. A nosotros nos han llegado a decir “ustedes los hacen vivir mucho”.
— Los residentes en las RSA son gente más de edad muy avanzada, lo que algunos ya llaman cuarta edad.
— Sí, entre los 65 y los 90 años las necesidades son muy diversas. Más allá de los 90, no se llega indemne. Se vive mucho, pero las personas se vuelven dependientes. El drama no es la persona de 65, que va y viene, que tiene proyectos, que, aunque tenga achaques, es autoválida. El problema viene después, cuando ya sus propios hijos son adultos mayores. Un hijo de 70 con una madre de 95, por ejemplo. O la gente que no ha tenido hijos. Actualmente, muchos adultos mayores tienen que elegir entre cuidar a los padres o cuidar a los nietos. Se envejece mejor por los avances médicos en prevención y controles. Pero aun así, hay una edad en la que algo deja de funcionar, mientras lo demás lo sigue haciendo. En casa no se puede gestionar todo eso de modo eficiente. En Italia existe sin embargo la posibilidad de tomarse dos años de licencia con goce de sueldo para cuidar a un familiar. Es una opción que se puede usar una sola vez.
— Es inevitable entonces que aumente la demanda de plazas en las RSA.
— Sí, pero además la RSA se convierte en un centro de multiservicios para la persona anciana, aunque no residan en ella. Vienen a jugar, participan de la misa, van al comedor. O retiran la comida, pagando algo. También tienen una lavandería, servicio ambulatorio y enfermería. Los 34 geriátricos de esta zona mantienen el tejido social regional, conforman una red. No es un negocio. De hecho, no me gusta la idea del emprendimiento en materia de salud. Por otra parte, una buena asistencia no es un negocio rentable.

— ¿Qué cambios viste en estos años dedicados a este servicio?
— Estamos en una transición histórica, que impone una revisión integral del sistema. En los últimos años, el sector de la atención a largo plazo ha entrado en una fase de profunda transformación, impulsada por dinámicas demográficas, sociales y económicas que están redefiniendo estructuralmente las necesidades de cuidado y asistencia. El envejecimiento de la población, la creciente complejidad de las necesidades y la creciente fragilidad de los contextos familiares exigen una reflexión sobre la sostenibilidad y la idoneidad de los modelos tradicionales.
— ¿Qué cosas habría que cambiar o adaptar?
— Ya no se trata sólo de aumentar cuantitativamente los servicios, sino que se necesita replantear los modelos de respuesta, trascendiendo las configuraciones tradicionales, rígidas y estandarizadas, para desarrollar soluciones más flexibles y diferenciadas, capaces de acompañar a las personas a lo largo de trayectorias muy largas de vida con necesidades heterogéneas. Los expertos del sector estamos convencidos de que la clave no reside solo en hacer más, sino en hacerlo de forma diferente. Crear sistemas de servicios capaces no solo de curar —cure en inglés—, sino también de cuidar —care en inglés—, a las personas mayores a lo largo de trayectorias vitales complejas.
— Y habrá que sumar más tecnologia.
— Es que según el nivel de integración de la tecnología en el sistema, ésta puede ser un simple apoyo, un elemento accesorio, o bien una infraestructura que respalda el servicio en su conjunto. En este caso, es parte fundamental de la oferta, una plataforma que permite la activación de nuevas soluciones, nuevos procesos y nuevos equilibrios entre los actores involucrados.
— Según las previsiones de la OCDE en el 2100, las personas de 65 años y más representarán el 32,5 % de la población de la Unión Europea. Y la proporción de personas de más de 80 será de 15,3 %. ¿Se están pensando respuestas para esta futura realidad?
— El sistema de servicios residenciales actual ya no logra absorber el impacto de una tasa de dependencia de la tercera edad, que crece exponencialmente. Se buscan y experimentan hoy en día soluciones para promover el envejecimiento en el propio hogar “ageing in place”, es decir, la oportunidad de envejecer en entornos comunitarios, familiares y accesibles y, al mismo tiempo, garantizar la sostenibilidad económica de los sistemas de cuidados a largo plazo. Las residencias entonces se transforman en “clínicas especializadas” en el cuidado a largo plazo de personas en situaciones críticas de no autosuficiencia socio-sanitaria, mientras para todo el resto de la población anciana existen otros proyectos.

— ¿Cuáles por ejemplo?
— Son varios. Por ejemplo, la Enfermería Vecinal que se basa en la organización de la atención domiciliaria mediante pequeños equipos de enfermería autogestionados, con sede en un área definida, un vecindario o una comunidad local. Los enfermeros brindan atención integral, es decir sanitaria y social, directamente en el domicilio de la persona, con un enfoque holístico y centrado en la relación, a menudo con la ayuda de soluciones digitales. Otro modelo son las Residencias de transición: son soluciones temporales, entre el hogar y la atención residencial permanente, que ofrecen alojamiento con servicios como de un hotel y asistencia social y sanitaria básica por períodos limitados, por ejemplo después de una hospitalización, para rehabilitación, o también para sollievo, o sea para un respiro, del cuidador. El objetivo es que la persona recupere la autosuficiencia, evitar hospitalizaciones innecesarias o retrasar el ingreso definitivo a una residencia.
— Imagino que también se estará promoviendo el cohousing…
— Así es, vida comunitaria con servicios integrados: esto se sitúa entre la vida independiente y las residencias tradicionales. Las personas mayores viven en apartamentos privados dentro de complejos con espacios comunes y servicios como alimentación, actividades sociales, iluminación, etc., pero también cuidados más intensivos. Estas instalaciones buscan combinar independencia, seguridad y vida en comunidad, con servicios que se adaptan a las necesidades cambiantes.
— ¿Hay otras alternativas?
— Está el proyecto de modelos de vivienda diseñados para personas con demencia que reproducen el entorno de un pequeño barrio o pueblo, seguro pero no medicalizado. En general, estos modelos se basan en el principio de la vida cotidiana como terapia. El objetivo es mejorar la calidad de vida, la independencia residual y la sociabilidad de quienes residen allí, reduciendo al mismo tiempo el uso de medicamentos y el aislamiento.

— ¿La tecnología puede también contribuir a la permanencia en el hogar?
— Sí, las tecnologías pueden transformar el hogar en un entorno “inteligente”, que fomenta la autonomía diaria con una asistencia “silenciosa” que activa las intervenciones solo en caso de anomalías, aumentando así la percepción de seguridad, reduciendo los riesgos domésticos y permitiendo que las personas permanezcan más tiempo en casa. Dispositivos portátiles, sensores biométricos, asistentes de voz inteligentes, robots y plataformas de monitorización remota que recopilan datos clínicos y de comportamiento. Esto permitirá la creación de algoritmos predictivos para poder identificar señales de riesgo, reduciendo las hospitalizaciones evitables y promoviendo el envejecimiento en el propio hogar. Es un cambio de paradigma: de intervenciones reactivas a modelos preventivos y personalizados. A esto hay que agregar las soluciones de comunicación digital como videollamadas, plataformas de interacción social, centros de día virtuales, que crean un puente relacional para contrarrestar el aislamiento y la soledad. Claro que estas soluciones no sustituyen las relaciones humanas, pero las pueden potenciar, manteniendo a las personas conectadas con sus familias, con los cuidadores y con la comunidad, promoviendo el bienestar psicológico y el sentido de pertenencia.
— ¿Todo esto es promovido desde el sector público?
— En realidad, la mayor parte de estos procesos de innovación están surgiendo ampliamente en condiciones desfavorables, sin una reglamentación u orientación política que los facilite. Pero es necesario que haya marcos regulatorios que, además de sus funciones de protección y control, sean capaces de reconocer, apoyar y posibilitar estas experimentaciones.
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