
Un club de barrio junto a las vías, el rumor de la estación de Villa del Parque al fondo y una mujer empujando una carpeta con un proyecto bajo el brazo. Así comenzó, en el verano de 1979, el taller de arte que marcaría la vida de varias generaciones en el Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (GEVP).
Cristina ‘Tina’ Tintpilver no encontró talleres de arte en su infancia. Por eso, cuando pudo, decidió fundar uno en el club que era casi una extensión de su casa. El nombre lo eligieron los propios chicos: votaron por un dibujo de una tortuga pintando frente a un caballete. Así nació La Tortuga Pintora.
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Al principio, el taller no tenía espacio fijo: trabajaban donde se podía, con un armario rodando de un lado a otro del club. En los primeros años, la asistencia superaba los treinta chicos por clase. Las listas guardadas por Cristina lo prueban.

Experimentación, trabajos grupales, modelado en arcilla, murales eran cosas de todos los días. No importaban las manchas en el piso ni el tamaño de las obras. Con el tiempo, el taller consiguió un lugar estable.
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—¿Cuál fue la idea inicial del taller?
—Yo hice una planificación diferente a la que estaba en práctica en la escuela. Priorizaba la experimentación y el trabajo directo con materiales que, en general, en la escuela no usan. Porque no tienen tiempo ni el lugar adecuado, salvo en escuelas privadas de más poderío económico.
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—¿Qué tipo de actividades proponían?
—En el club le di el acento a los trabajos grupales, a los trabajos en el piso, a las obras de gran tamaño y al modelado en arcilla, que es una cosa que les encanta a los chicos.
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—¿Qué han hecho a lo largo de todos estos años?
—A lo largo de los cuarenta y seis años que tiene el taller, pintamos murales en distintas oportunidades. Algunos ya no están. Hicimos uno con la familia, pegado en una pared, todo con baldosas, abstracto. Los murales antiguos fueron desapareciendo a medida que el club crecía y se remodelaba.
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La transmisión del legado: de madre a hija
Melina Saredo, la menor de los tres hijos de Cristina, gateaba entre pinceles y papel desde antes de saber leer. Con el tiempo, siguió el camino de su madre: estudió arte, se formó en escultura y arte electrónico. En los últimos años, Melina asumió un papel central trabajando junto a su madre para sostener el proyecto familiar y comunitario que atraviesa ya varias generaciones.
—¿Qué importancia tienen los murales para el taller?
—Uno de los murales que nombró Tina, el de las baldosas, tiene un trasfondo importante: el vínculo con las familias. Durante el año hacemos encuentros en los que participan todos, no solo los chicos. En esas ocasiones realizamos obras colaborativas. Por ejemplo, el mural de las baldosas quedó expuesto dentro del club. A veces camino por ahí y los chicos que participaron me dicen: «Sigue estando mi baldosa».
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—Melina, ¿cómo fue tu ingreso al taller y cómo es trabajar con tu mamá?
—Gateando por debajo de la mesa, crecí en el taller —ríe—. Para mí, el club es el lugar de mi infancia. Mi mamá me influyó mucho en la carrera que seguí. Hice un secundario artístico, después la facultad y una maestría en arte electrónico. Hace más de veinte años que estoy en el taller.
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Herencia familiar y cultura de club
El vínculo con el club es anterior a cualquier mural. Allí, en los bailes de carnaval de los años 40, se conocieron los padres de Cristina. Su madre—María del Carmen—jugó al tenis mientras su padre, Alberto, se ocupaba de la prensa y la propaganda. Cristina y sus hijos crecieron entre deportes: natación, tenis, vóley, básquet. El GEVP funcionó como un segundo hogar. Cuando ella se convirtió en madre, buscó unir la pasión heredada por el arte con la vida cotidiana del club.

—¿Tina, me podés contar ese momento en que empezó la relación con el club?
—Mi papá era parte del club. Se conocieron acá, en la década del 40. Él estaba en la parte de prensa y propaganda, hacía escenografías para los carnavales famosos donde GEVP competía con Comunicaciones en los bailes. Era una época distinta: en las fotos se veían doscientas personas bailando música popular, no como ahora con lo electrónico. Venían bandas muy importantes.
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—¿A qué se dedicaba tu papá?
—Mi papá era dibujante técnico. Como no había suficiente trabajo de eso, se reconvirtió a la publicidad y la gráfica. Fue mi primer maestro; pintaba paisajes, aunque nunca quería mostrarlos. Hizo su vida como dibujante publicitario, cuando los avisos en los diarios eran todo. Mi mamá también pintó, pero en un momento dejó porque mi papá la criticaba y le decía que las cosas no estaban muy bien, entonces dejó de pintar —ríe—. Cuando eran jóvenes pintaban los dos, pero nunca estuvieron en un taller profesional. Hace un tiempo, con Melina, hicimos una exposición en Devoto en homenaje a él y pusimos también su obra.

—¿Cómo era el recorrido de tu familia en el club además de lo cultural?
—Fueron socios vitalicios del club. Mi papá fue nadador, jugador de pelota paleta; mi mamá jugaba muy bien al tenis.
—¿Y vos?
—Hice todo lo que tenía que hacer: de jovencita competí en natación, después jugué al tenis, más tarde fui jugadora de cestoball y vóley en primera división y estuve en la selección de Capital Federal.
—¿Cómo está conformada tu familia hoy?
—Tengo tres hijos. Mariel es la mayor, Adrián el del medio y Melina la menor. Todos vinieron al club. Ahora, la mayor es veterana en cestoball, mis nietas hacen gimnasia rítmica y cestoball, los hijos de Adrián juegan básquet en otro club porque viven lejos, pero los sábados igual vienen al taller.

El desafío de persistir en la era de las pantallas
Hoy, el taller enfrenta otros obstáculos. Los chicos prefieren el celular a la arcilla, y es difícil reunir a adolescentes en torno a un caballete. Aun así, cada semana, un grupo se desconecta para pintar, modelar y conversar cara a cara, sin pantallas de por medio.

Las ayudantes, antes alumnas, ahora preparan materiales y acompañan a los más pequeños. La nieta de Cristina cumple ese rol los miércoles. El uso de materiales reciclables y la premisa de que “nada está mal, todo puede rehacerse” sostienen la filosofía del taller, que defiende el valor de lo hecho a mano frente a una cultura de consumo rápido y objetos desechables.
—¿Qué distingue al taller en cuanto a los materiales que utilizan?
—Siempre fue uno de nuestros fundamentos: usamos materiales reciclables. Les mostramos a los chicos que con cualquier cajita, envase o papel pueden hacer un títere, un muñeco, un paisaje. No necesitan ir a comprar nada.

—¿Cómo muestran los resultados de esas creaciones?
—Tenemos una cartelera donde vamos poniendo todo lo que hacen los chicos. El taller siempre se orientó a mostrar esos procesos y resultados, aunque a veces dudo si los padres lo valoran, porque vivimos en una sociedad de consumo muy elitista respecto de los productos, donde todo es fabricado y perfecto, y si se rompe, se tira.
—¿Hay una razón pedagógica detrás de esa elección?
—Sí, la fundamentación es psicopedagógica. Hay una relación entre la mano y el cerebro. Cuando escribís, cuando experimentás con materiales, se genera una conexión que no existe apretando solo un botón. Por eso muchos chicos hoy no saben leer cursiva ni dominan la escritura: no tienen entrenada la mano. El arte permite entrenar esa conexión. En nuestro taller no existe el “está mal”. Si algo no salió como esperaban, lo pueden rehacer, y va a salir diferente. Aquí no se tira nada.

Una comunidad que trasciende generaciones
El club ha cambiado: ya no es tan sencillo mantener espacios culturales. Pero en cada rincón del GEVP alguien recuerda haber pintado en La tortuga Pintora. Las profesoras de hoy aparecen en viejas fotos, pincel en mano, con cinco años.
Cristina sigue mirando el club como el lugar donde todo empezó. Melina sostiene el taller como un refugio frente al vértigo tecnológico y la ansiedad de las pantallas. Allí, cada miércoles, una nena de nueve años le enseña a una de cuatro a modelar arcilla. La charla fluye, la mano se entrena, y el legado continúa.

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