
Durante buena parte del siglo XX, el plomo estuvo presente en el combustible, en las pinturas de las casas y en las tuberías de agua. Para millones de personas, la exposición fue casi inevitable. Lo que pocos imaginaban es que ese metal pesado podía quedar almacenado en el cuerpo durante décadas y reaparecer en la vejez como un factor de riesgo para la demencia.
Un estudio reciente advierte que la exposición acumulada a lo largo de la vida podría estar detrás de una proporción significativa de los casos de deterioro cognitivo en Estados Unidos.
La investigación, realizada por especialistas de la University of Michigan School of Public Health y publicada en Alzheimer’s & Dementia, estima que casi el 18% de los nuevos diagnósticos anuales de demencia podrían estar vinculados con este metal tóxico. Eso equivale a aproximadamente 90.000 casos por año.
El dato más preocupante es que las personas con mayores niveles de plomo almacenado en los huesos presentan casi tres veces más riesgo de desarrollar Alzheimer y más del doble de probabilidad de sufrir demencia en general en comparación con quienes registran niveles bajos.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo, y el Alzheimer representa entre el 60% y el 70% de los casos. Se trata de una enfermedad progresiva que deteriora la memoria,el pensamientoyla capacidad para realizar actividades cotidianas.
Huesos como archivo biológico
A diferencia de lo que ocurre con la sangre —donde el plomo permanece apenas unas semanas— el metal puede almacenarse en los huesos durante décadas. Allí funciona como una especie de “archivo biológico” que refleja la exposición acumulada a lo largo de la vida.
El estudio siguió a adultos durante hasta 30 años utilizando datos de la cohorte nacional NHANES y registros médicos. Para estimar la cantidad de plomo acumulado en los huesos, los investigadores aplicaron modelos de aprendizaje automático, ya que esta medición no se realiza de forma rutinaria en controles clínicos.
Según explicó Sung Kyun Park, profesor de Epidemiología y uno de los autores principales, la diferencia es clave: mientras el plomo en sangre muestra exposiciones recientes, el almacenado en el tejido óseo permite evaluar el impacto a largo plazo.
Y ese impacto puede reaparecer con el envejecimiento.
Un riesgo que se reactiva con la edad
Con el paso del tiempo, el organismo pierde densidad ósea. Durante ese proceso natural, parte del plomo retenido puede liberarse nuevamente al torrente sanguíneo y llegar a órganos sensibles, incluido el cerebro.
Xin Wang, primer autor del trabajo, señaló que este mecanismo podría explicar por qué exposiciones ocurridas décadas atrás vuelven a tener consecuencias en la vejez. En otras palabras, el cuerpo puede liberar una carga tóxica acumulada en la infancia o juventud cuando ya existen otros factores de vulnerabilidad.

Los investigadores observaron que quienes se ubicaban en el cuartil más alto de concentración de plomo en huesos tenían 2,96 veces más riesgo de desarrollar Alzheimer y 2,15 veces más riesgo de demencia en general en comparación con el grupo con menor exposición.
La mayoría de los adultos incluidos en el estudio nació antes de 1980, cuando el uso de plomo era común en combustibles, pinturas domésticas y sistemas de cañerías. Durante décadas, millones de personas estuvieron expuestas sin conocer plenamente los riesgos a largo plazo.
Si bien las regulaciones redujeron drásticamente su presencia en productos de consumo, todavía existen fuentes residuales en viviendas antiguas, suelos contaminados y redes de agua potable. Ese legado ambiental puede seguir influyendo en la salud décadas después.
Prioridad actual: prevención y vigilancia
Los autores sostienen que, aunque la exposición pasada no puede revertirse, sí es posible evitar que nuevas generaciones acumulen este metal en el organismo. La eliminación de infraestructuras antiguas, el control del agua potable y la vigilancia ambiental continúan siendo medidas clave.

Por su parte, Kelly Bakulski, coautora del estudio, destacó que se trata de la primera investigación empírica que cuantifica el impacto acumulativo del plomo en la incidencia anual de demencia en Estados Unidos.
El mensaje es claro: el daño ambiental no siempre desaparece cuando se elimina la fuente. En el caso del plomo, puede permanecer silencioso durante años y reaparecer cuando el organismo envejece.
Comprender este mecanismo no solo ayuda a explicar parte del riesgo de deterioro cognitivo, sino que refuerza la importancia de las políticas de prevención. La salud cerebral también está ligada a decisiones ambientales tomadas décadas atrás.
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