“Honestamente, pienso que el deseo de morir no existe, no lo creo, para nada lo creo. Pienso que existe el deseo de no sufrir”, dijo el escritor francés Michel Houellebecq, durante su participación en una mesa redonda organizada por el diario Le Figaro.
Admitió que, en momentos de desesperación, puede asaltarnos la idea, pero “es justamente lo que habría que evitar”. Se refería al deber de una sociedad de cuidar a las personas en especial en los momentos de debilidad, como ya lo había expresado en varias ocasiones. No admite renuncia a ese deber.
“Es por eso que creo que la eutanasia es una regresión de la civilización”.
Evidentemente para el autor de Sumisión, la legalización de la muerte provocada es un caso de “grave urgencia moral” y por eso rompió el silencio para expresar su opinión.
Previo al debate, se había proyectado un documental sobre la atención a los enfermos terminales y al respecto Houellebecq dijo: “El mensaje de los cuidados paliativos es ‘no, usted nunca es una carga, tú nunca eres una carga”. Previamente había cuestionado que se haya inculcado la idea de que no debemos ser una carga, y de que si nos enfermamos somos nada más que eso: una carga. Eso se confunde con un deseo de morir.

Houellebecq, a quien algunos llaman “el profeta de la decadencia de Occidente” porque en sus novelas trata de las temáticas más polémicas de la actualidad, incluso con una perspectiva futurista, anticipando a dónde llevarán algunas de ellas, publicó una recopilación de lo que llama sus “intervenciones”. Es decir, sus tomas de posición sobre todos los asuntos álgidos de la cultura y la sociedad.
Cuando publicó el segundo tomo, escribió: “Estas son mis últimas intervenciones. No prometo en absoluto dejar de pensar, pero sí al menos dejar de comunicar mis pensamientos y opiniones al público, excepto en casos de grave urgencia moral: por ejemplo, si se legalizase la eutanasia”.
Es lo que se debate desde hace un tiempo, por iniciativa presidencial. “Cuando una sociedad, una civilización, un país, llega a legalizar la eutanasia, pierde a mis ojos todo derecho al respeto”.
Ya en anteriores intervenciones, había planteado que era “un deber ocuparse de esos enfermos, asegurarles las mejores condiciones de vida posibles”. Aclaraba que no lo decía por convicción religiosa, sino “por razones morales evidentes”.
Insitía en su concepto de que nadie desea morir: “Por lo general, se prefiere una vida disminuida a no tener vida en absoluto; porque quedan pequeñas alegrías. ¿No es la vida, de todos modos, casi por definición, un proceso de disminución?”
Por otra parte, recordaba que existen métodos cada vez más adelantados para aliviar el dolor físico.
En la mesa redonda convocada por le Figaro, se declaró admirador de las personas que acompañan a enfermos terminales: “Son mejores que yo, yo me identifico más con el acompañado…”, admitió.

Se conmovió hasta las lágrimas cuando evocó el tramo del documental en el que las mujeres muestran su deseo de estar arregladas y maquilladas hasta el último minuto de sus vidas.
En el debate participaba también Claire Fourcade, médica y presidente de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y Cuidados Paliativos (SFAP) una médica, que subrayó que impresiona ver en esos lugares “la potencia de la vida”, y agregó: “La vida está presente hasta el final”.
Coincidió con Houellebecq en que los médicos no deben dar pronósticos acerca de cuánto le queda de vida a cada paciente porque en esto inciden mucho los recursos anímicos, psicológicos y espirituales de cada persona para sobrevivir. Admitió que los pacientes y sus familias reclaman esos pronósticos porque es una forma de sentir que controlan lo incontrolable. Pero aventurar pronósticos es desconocer la naturaleza humana, que siempre puede sorprender, aseguró.
En esta misma sección, entrevistamos en septiembre del año pasado a Nora Kviatkovski, religiosa ignaciana a la que le habían diagnosticado un cáncer terminal y pronosticado pocas semanas de vida. Cuando los médicos vieron la garra de esa mujer, su temple, decidieron esforzarse más y buscar soluciones -siempre paliativas- más importantes: operaciones, prótesis... Nora vivió dos años desde su diagnóstico de muerte inminente. Dos años plenos: viajó a los países donde había vivido y misionado para reencontrarse con sus amigos, siguió dando los ejercicios espirituales de la orden ignaciana; hasta el último día dio testimonio de su alegría de vivir y su gratitud a Dios.

Pero, como señaló Houellebecq, el mensaje al enfermo grave o terminal, por parte de quienes promueven la legalización de la eutanasia, es que son una carga, para la sociedad y, sobre todo, para sus familias. Es una extorsión afectiva. Sos una carga pecuniaria y moral para los tuyos, sacrificate por ellos.
Houellebecq también recordó que ya existe desde 2016 una ley que consagra el derecho a no sufrir y el derecho a rechazar tratamientos (encarnizamiento terapéutico). En Argentina también.
Y hay más: existe la posibilidad de una sedación profunda y continua cuando ya no funcionan los paliativos. No son remedios para aliviar el dolor, sino drogas para anestesiar. Pueden tener por consecuencia acelerar el final, pero no se suministran con ese objetivo, aclaró la doctora Fourcade, sino para evitar el sufrimiento. Pero el enfermo sabe que el médico sigue ahí, la familia sigue ahí.
Un par de días antes de la muerte de Nora, me llamó un amigo en común para avisarme que ella entraba en esa sedación profunda porque ya las drogas no aliviaban su dolor. Se despidió de todos sus seres queridos.
La doctora Fourcade señaló que muchos enfermos llegan con un gran temor al sufrimiento físico. En cuanto se les explica e incluso se les demuestra que los paliativos funcionan, desaparece ese miedo y con él el deseo de la muerte provocada.
El 19 de enero pasado, en el marco del debate parlamentario de la legalización de la eutanasia, Michel Houellebecq firmó junto con Laurent Frémont, profesor asociado en la Universidad de SciencesPo (París) y Emmanuel Hirsch, autor de “Eutanasia, ¿el último acto?” y profesor emérito de ética médica en la Universidad Paris-Saclay, una tribuna de opinión en la que decían que “el derecho a morir nunca permanece como un simple derecho individual”, sino que, “por la fuerza normativa de la ley, tiende inevitablemente a convertirse en un deber de morir”. Más claro: “Lo que al principio se presenta como una posibilidad termina convirtiéndose en una expectativa implícita, luego en una presión difusa”.

Es lo mismo que pasó con la legalizacion del aborto en nuestro país. De hecho ya se lo practicaba al amparo del protocolo de la Corte. Al convertirlo en ley, actualmente se lo fomenta, se lo promueve, empezando por la escuela a través del caballo de Troya de la ESI.
“Del derecho a morir al deber de desaparecer”, seguía diciendo la tribuna de Houellebecq, Frémont e Hirsch. “Un enfoque así aísla a los individuos precisamente en el momento en el que más necesitarían estar rodeados. Instala una amenaza silenciosa, difícilmente medible, pero muy real. Esta amenaza pesa, ante todo, sobre las vidas ya fragilizadas por la soledad, el malestar psíquico, la discapacidad, la gran vejez, el desgaste del cuerpo y, a veces, del deseo de vivir”, advertían. Llamaban así la atención sobre el peligro de descarte de determinadas personas, “en una sociedad obsesionada con la autonomía, el rendimiento y el autocontrol”.
La muerte se vuelve “una opción socialmente aceptable, e incluso socialmente alentada”.
También señalaban que “la solicitud de morir rara vez nace solo del dolor físico, sino más a menudo del sentimiento de haberse convertido en una carga, de ser inútil, costoso, molesto”, y “del sentimiento de abandono”.
Legalizar la muerte provocada, decían, equivale “a dar una respuesta técnica a un fracaso moral”.
Finalmente, denunciaban “el gran silencio ético”, que rodea a esta cuestión, silencio injustificable “cuando se está tomando una decisión que compromete por largo tiempo la idea que la sociedad tiene de la vida humana y de los límites que aún acepta imponerse”. Este silencio, decían, “expresa una forma de renuncia intelectual y moral”.
“Cuando una democracia renuncia a debatir con lucidez lo que se permite hacer a los más frágiles, debilita su propio fundamento ético”, agregaban. Y recordaban que, “ciertas líneas, una vez cruzadas, nunca pueden volver a dibujarse” y “la prohibición de matar es una de ellas”.
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