‘El hijo de la novia’ 25 años después, o la forma más honesta de acompañar

La ficción de Juan José Campanella propone una mirada sobre el Alzheimer que no explica ni dramatiza, sino que muestra cómo el amor se adapta, simula y persiste

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El hijo de la novia
El hijo de la novia construye su relato entre el restaurante familiar y los vínculos que lo sostienen.

Veinticinco años después, El hijo de la novia sigue encontrando espectadores en el mismo punto sensible. Cuando el cine nos habita por el solo hecho de recordar una escena, una palabra, un gesto. Como si el cine mismo fabricara nuestros recuerdos y no solo fuera una fábrica de sueños sino de pasados colectivos.

El hijo de la novia sigue funcionando como esas películas que nos exceden. Fue un éxito de taquilla, con casi 1.700.000 espectadores y una recaudación cercana a los 8,5 millones de dólares. También marcó un punto de inflexión: consolidó a Ricardo Darín después de Nueve reinas y volvió a reunir en la pantalla a Héctor Alterio y Norma Aleandro, protagonistas de aquella alegría que había sido La historia oficial.

Se estrenó en agosto de 2001. En la Argentina regía la convertibilidad y el desempleo superaba el 15%. Fernando de la Rúa ocupaba la Casa Rosada y la crisis todavía no había llegado a su punto de ruptura. En el mundo, George W. Bush llevaba pocos meses como presidente de Estados Unidos, los ataques terroristas del 11 de septiembre aún no habían ocurrido y el siglo XXI daba sus primeros pasos. Las Torres Gemelas seguían en pie en Manhattan.

Campanella trabaja la emoción desde
Campanella trabaja la emoción desde lo coral, con escenas donde conviven varios conflictos.

Hoy, veinticinco años después, todo eso está dicho sobre esa película bisagra. Todo está escrito. Todo está digitalizado en fichas técnicas, reseñas, balances de industria y comparaciones cinéfilas. Pero lejos del periodismo que reúne datos, coteja argumentos y discute sobre la contemporaneidad, la técnica o el desarrollo narrativo, muy lejos de eso, cuando pienso en El hijo de la novia se me cruza una sola idea: si alguna vez me cruzo a Juan José Campanella, le doy un abrazo. Solo en el dolor se encuentra la hermandad con un extraño.

El cine no cura. El arte no cura. La música no cura. Pero el cine, el arte y la música acompañan. Ayudan a entender. Acercan, aunque sea por un rato, a una sensación de trascendencia humana. No solapan la desesperación, amortiguan el sentido de la cosas.

Rafael Belvedere es un hombre de cuarenta y tantos que vive corriendo. Heredó el restaurante de su padre y lo administra con una mezcla de obsesión y agotamiento. El trabajo lo desborda, su matrimonio quedó atrás y el vínculo con su hija es intermitente. Tampoco logra estar del todo presente con su nueva pareja.

Adrián Suar junto a Campanella,
Adrián Suar junto a Campanella, Ricardo Darín y Norma Aleandro en la entrega de los Oscar por El hijo de la novia 2002. (Foto Archivo GENTE)

En ese desorden cotidiano, hace tiempo que dejó de visitar a su madre, internada en una residencia y atravesada por el avance del Alzheimer. Cuando la enfermedad avanza y el tiempo empieza a achicarse, Rafael entiende que todavía queda algo por hacer: cumplir el viejo deseo de su madre de casarse por Iglesia con Nino, su padre. Es un acto de reparación, tardío e imperfecto, como casi todo en la vida adulta.

Vi El hijo de la novia en un cine de Rosario, pocos meses después de la muerte de mi viejo. Roberto había fallecido el 10 de marzo del 2001. Meses antes ya había atravesado una dolencia prolongada. Demencia senil, diagnosticaron algunos psiquiatras. Eran tiempos de otro siglo, cuando las enfermedades vinculadas a la salud mental todavía formaban parte de un tabú espeso, casi innombrable. Y las sensaciones de desbordes convivían en la intimidad, casi sin palabras.

Mi viejo era médico de pueblo, en Colón, provincia de Buenos Aires. Le decían “el doctor de los pobres”, porque atendía a todo el mundo sin importar si tenían obra social o dinero. Una postal que evidenciaba ese gesto era que en la puerta de su consultorio había más bicicletas que en el hospital municipal.

Tenía una capacidad de escucha enorme. De chico, sentado muchas veces en la camilla, yo era una especie de testigo casi invisible de aquellas consultas donde primero se filosofaba sobre la vida y recién después, mucho después, se hablaba de diagnósticos. Porque el diagnóstico, decía, muchas veces formaba parte del encuentro entre médico y paciente.

Solía repetir una frase: si uno ve a alguien renguear por la calle, lo más probable es que se acerque a ayudarlo, a preguntarle si necesita cruzar. Pero una persona que está atravesando una depresión no tiene marcas visibles. No hay forma de saber qué le pasa, salvo que exista empatía y una escucha permanente.

El hijo de la novia
El hijo de la novia propone una mirada sobre el tiempo, el cuidado y la permanencia.

Tenía veintiséis años y atravesaba los últimos días de un proceso de enfermedad largo, sin salida, que implicaba acompañar y ver cómo un padre, un ídolo, se iba apagando de a poco. Venía de una Navidad simulada —un brindis con ananá fizz sin alcohol, la medianoche adelantada a las siete— como si ese artificio fuera una forma posible de cuidado. Con dudas e interrogantes que todavía persistían, meses después llegué a ver El hijo de la novia.

Hay escenas que me acompañan hasta hoy. La película empieza en un baldío que se parece a nuestro propio baldío. Rafael y Juan Carlos tienen ocho años y levantan una choza de barro y pasto, como si ese pedazo de tierra fuera un mundo propio. Dura poco. Un grupo de chicos más grandes los empuja, se queda con la casa y deja una marca que no se olvida: un cigarrillo apagado en la mano. Los dos se van llorando.

Más tarde, Rafael vuelve disfrazado de El Zorro. La capa improvisada vuela con una épica desproporcionada para su tamaño. Hay una gomera, una emboscada torpe, una trampa que falla. Los persiguen, los alcanzan, vuelven los golpes. Hasta que aparece la madre. Norma se interpone, grita, ordena. Los chicos se van.

En la cocina, ya a salvo, hay leche chocolatada y polvorones. Rafael mira a su madre mientras come. Ella le sonríe. En esa mirada queda dicho algo que la película va a sostener hasta el final: la idea de refugio, de cuidado, de un amor que no necesita explicarse. Hay un brillo particular que solo lo encontramos cuando recordamos a nuestra propia madre.

La amistad de más de
La amistad de más de 40 años entre el director Juan José Campanella y el actor Eduardo Blanco es un pilar fundamental del cine y teatro argentino.

La confusión y las idas y vueltas de Rafael, el personaje de Darín, son también las de cualquiera que intenta acompañar sin saber cómo. No hay decisiones claras ni caminos rectos cuando la enfermedad avanza. Está la amistad de Juan Carlos, interpretado por Eduardo Blanco, como una presencia constante, sin explicaciones ni discursos. En ese recorrido, la película construye una empatía silenciosa, reconocible para quienes alguna vez tuvimos que estar sin entender del todo qué hacer.

Veinticinco años después, El hijo de la novia sigue vigente. No explica la enfermedad, no la convierte en moraleja ni en golpe bajo. Muestra la confusión, el cansancio, la torpeza de quien acompaña. Esa experiencia —estar, aun cuando no hay respuestas— sigue siendo reconocible.

También es la confirmación de un camino que Juan José Campanella empezaba a trazar con claridad: un cine apoyado en los vínculos, en los pequeños gestos, el barrio, en escenas que parecen de construcción simple. Un cine que nunca subraya y que, por eso mismo, parece fácil.

Esa idea encuentra su forma en la escena final en el restaurante. Todo sucede al mismo tiempo. Rafael se cruza con su ex, ahora en otra relación. Le pide a Juan Carlos que se siente cerca, como si pudiera ‘ir a cargosearla’. Su hija lo interpela con una pregunta tan ingenua como filosa. Las mesas se mezclan, las conversaciones se superponen, el ruido crece. Y en medio de ese caos, Rafael levanta la vista. Mira a Nati, su pareja. Y detrás de ella ve a Nino dándole de comer un pedazo de torta a Norma, con una paciencia tranquila, casi coreográfica.

Rafael lo dice en voz baja como si se hablara a sí mismo:

“Es como ver bailar a Fred Astaire. Parece tan fácil”.

Después viene la foto. Norma en el centro, rodeada. Primero se resiste. Después sonríe. El flash congela ese instante, como había congelado, muchos años antes, otra imagen familiar. El tiempo pasó, el mundo cambió, la enfermedad avanzó. Pero algo queda.

Veinticinco años después, parece tan fácil.

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