Silver nostalgia: una forma intimista de comunicación y un género literario desaparecen con las cartas de papel

Los sub 50, criados en la instantaneidad del email y el whatsapp, ignoran los bemoles de aquellos intercambios: escribir, ir al correo, pagar la estampilla, y luego esperar ansiosamente al cartero, por días, a veces semanas. Atesorar esos mensajes, releerlos… Con ellos desaparece todo un mundo, junto con una categoría de libros

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¿Cómo transmitir a quiénes no la practicaron lo que significaba la comunicación epistolar con papel y sobre? No había otras maneras de mantener el contacto con amigos o familiares a distancia. El teléfono, cuando existía, era un lujo. Una carta de un país a otro demoraba una semana promedio, de modo que ese era el ritmo de la comunicación. Siempre que los corresponsales fueran dados a escribir, lo que con frecuencia no era el caso. La técnica transforma inevitablemente las costumbres. ¿Sustituye el e-mail a las cartas? ¿Desaparecerá por completo el género epistolar?

“Las cartas-cartas eran maravillosas pero lentas -respondió la escritora Ana María Shua, a la consulta de Infobae-, otro tipo de comunicación. Por lo general, traían información con unos quince días de retraso. No todas las cartas eran piezas literarias, ni siquiera sentimentales. Hay quien escribía cartas sinceras, intensas, colmadas de pensamientos y sentimientos mientras que otros se limitaban a hablar del clima y de los paisajes que los rodeaban”.

Este ritmo de comunicación tenía sus consecuencias en el vínculo, sostiene Shua: “Las cartas terminaban por hartar. En los primeros años de distancia eran frecuentes y ansiadas, de a poco se iban espaciando y uno terminaba por resignarse a la ausencia y ya no se escribían más”.

El 7 de enero quedó
El 7 de enero quedó establecido como Día del Sello Postal tras décadas de reformas postales que culminaron en la creación de redes internacionales y en la valorización cultural de las estampillas. (Freepik)

Con la lejanía, se perdía la cotidianeidad y muchos detalles del día a día, simples, pero que hacían a la vida misma, se dejaban de lado en la comunicación escrita. La virtualidad ha acortado las distancias, hemos ganado en eso.

“Como el mensaje de texto permite una comunicación constante, sin tiempos ociosos, sin huecos, -dice al respecto Ana María Shua-, es natural que haya reemplazado a las cartas y se parezca mucho más a una charla menor. Los mensajes son breves y al pie. Acercan a la gente como el correo postal nunca lo logró, pero fallan en la transmisión de mensajes meditados y profundos. No importa donde viva nuestro interlocutor, con el mensaje lo tenemos al lado y podemos pasarnos una receta de dulce de quinotos, un comentario sobre la situación política o el chisme de la vecina de al lado, pasando por mensajes de pasión y declaraciones amorosas”.

“Desde ya el Whatsapp es el enemigo de lo epistolar. -dice la escritora y editora Sonia Budassi-. Las cartas configuran un género que valora el tiempo, la espera, la reflexión de lo que va a decirse o, incluso en el arrebato emocional, impulsivo, imprime su sello de lo perdurable: te tiré tal veneno irracional, te compartí esta preocupación estética, mi drama existencial, sea lo que sea, sabiendo que es un recurso que va a permanecer. No es así con audios o mensajes instantáneos, tenemos cierta conciencia de lo efímero.”

Una escena de otros tiempos.
Una escena de otros tiempos. Un cartero entregando correspondencia

De todas formas, tampoco se trata de idealizar absolutamente aquel correo de antes: como señala Shua, el whatsapp permite olvidar la distancia. Por otra parte, en los tiempos del papel, mucha gente no tenía propensión a escribir o lo hacía muy esporádicamente. Mi madre sufría porque la mayor de sus hermanas, instalada en Italia poco después de casarse, se limitaba a un “Salutti a tutti” en una tarjeta en Navidad y alguna otra fecha especial y nada más…

“Admito que es difícil no caer en la melancolía con esta consigna, -nos dice Budassi, cuyo último libro de ficción, Animales de compañía, ganó el Primer Premio de Letras del Fondo Nacional de las Artes- ¿Serían posibles, hoy, los intercambios como los del libro maravilloso Cartas del Verano de 1926 entre Marina Tsvetaeva, Rainer Maria Rilke y Boris Pasternak?”

Y agrega: “En cuanto archivo personal y familiar, más allá de lo literario, da pavura las historias que deben perderse por Whatsapp que antes, por su sedimentación en el papel, daban cuenta de una cotidianeidad que puede ser reliquia de las rutinas de una época. Hace un tiempo encontré cartas de mis abuelos y también de mi madre. Más allá de lo coyuntural, o por eso mismo, son piezas arqueológicas de un lenguaje, de un modo, de elementos históricos y afectivos que permanecen. Algunos mutaron o se perdieron, los que dan cuenta de preocupaciones alrededor del amor, del dinero, del trabajo, de los fracasos, de los miedos y ansiedades que, hoy, quizá, pierden peso o miden igual entre mensajes de promociones de almuerzos al mediodía y avisos de que se están por vencer las expensas“.

Viejas cartas guardadas, que el
Viejas cartas guardadas, que el tiempo ha ido amarilleando. Las cartas personales se escribían casi siempre a mano

Es cierto que la carta tenía una jerarquía especial. Escribíamos hasta en vacaciones para no perder el contacto con el mejor amigo o la mejor amiga, a quien pronto reencontraríamos en la escuela pero el correo ayudaba a que no se cortase el hilo de las confidencias. Para quienes vivieron la experiencia del alejamiento forzoso, como en los 70, por el exilio o la cárcel, la correspondencia fue vital, el sostén afectivo y emocional ineludible. En aquellos tiempos viajar era mucho más caro que en el presente. Con el abaratamiento de los viajes y la instantaneidad de los mensajes, hoy cuesta imaginar lo que implicaba una separación de años sin perspectiva de encontrarse pronto. Alejamientos que solo las cartas venían a paliar.

“La carta es una conversación por escrito con un ausente -nos dice el lingüista Pedro Luis Barcia, ex presidente de las Academias de Letras y Educación-. Supera el espacio y el tiempo. Ella da pie a la expresión de todos los estados de ánimo y toda la gama de nuestros sentimientos. Es una forma de escribir como hablamos. Séneca dice que las cartas son como si se oyera al mismo ausente”.

“Pertenezco a esa generación que escribía cartas -responde a la consigna Federico Jeanmaire, autor de una novela, La Patria, inspirada en las cartas que él mismo les había mandado a sus padres desde España. “Unas cartas de una ingenuidad y de una ternura que me encantaba releer -dice-. Yo fui un gran escritor de cartas. Me fui muy joven durante la dictadura a vivir a España. También escribí muchas cartas de amor, porque después me enamoré de un holandés, entonces hasta que nos fuimos a vivir juntos, tardamos unos meses, nos escribíamos todos los días cartas que demoraban una semana o diez días. Cuando llegaba la carta de vuelta, ya había habido cuatro o cinco cartas en el medio. Pero yo creo que todo empezó a cambiar con el correo electrónico”.

A mano, con tachones y
A mano, con tachones y correcciones y la firma la pie, en una carta de fines de los 80, cuando faltaba poco tiempo para que declinase la costumbre de escribirlas

Con la carta de papel desaparece todo un mundo que los sub 50 difícilmente pueden imaginar. La primera víctima, obviamente, fue la filatelia, ya golpeada por la máquina que reemplazaba la estampilla por un sello sin atractivo. Coleccionar estampillas era una afición en la que casi todos incursionábamos en la infancia y casi siempre abandonábamos en la adolescencia. Para quitar la estampilla se sumergía el sobre en el agua. El vapor era otra técnica posible. Que también servía, dicho sea de paso, para abrir un sobre sin que luego se notara.

Pero la correspondencia era inviolable, según la ley. Desde ya que, así como con los teléfonos, las autoridades -servicios de inteligencia y otros- eran muy proclives a ejercer una vigilancia sobre las cartas de “personas de interés”, con un mayor grado de sistematicidad según se tratara de democracia o dictadura. Pero existía en general un respeto al principio de privacidad de una carta. Nadie abría una que no le estuviese destinada.

Las cartas locales se escribían en papel común. Las internacionales en papel vía aérea, es decir, semitransparente, para aligerar el costo de envío, que dependía del peso del sobre.

La filatelia, un hobby que
La filatelia, un hobby que quedará irremediablemente en el pasado (iStock)

“Durante diez años le escribí cartas a mi viejo, de ese tiempo, ocho años y medio los pasó en prisión”, dice Martín Guevara, hijo del hermano menor del Che, Juan Martín Guevara. Él estaba en Cuba con su madre, y su padre, preso en Argentina. “De niño, después de adolescente, luego joven, le iba contando las cosas, incluso algunas que no le decía a mi mamá. Hablaba con una persona hipotética, porque mi padre estaba lejos. Lo recordaba mirando sus fotos. Sabía que estaba preso y pensaba que lo iban a matar en cualquier momento. Las cartas tenían que pasar la censura de la cárcel. Era un quilombo. Primero salir de Cuba en un correo cubano, eso ya era complicado... Fue una relación epistolar muy fuerte y muy importante para mí, a pesar de las limitaciones”.

“También escribía cartas de amor, no necesariamente a otro país. Estábamos, por ejemplo, en diferentes barrios y nos dejábamos cartas, porque en la carta se incluían pétalos, un dibujo, se ponían cosas lindas en la carta. O útiles. Mi madre a veces me mandaba plata”, agrega.

Cree que, “con la instantaneidad actual, se ha ganado algo en la comunicación inmediata, pero se ha perdido muchísimo” porque “escribíamos mucho más sobre asuntos del alma, del espíritu o uno jugaba a hacer sus pinitos literarios, sus artificios”. “Las cartas se escribían a mano, lo que incluía los tachones. La firma abajo, los ‘te quiero’, los no sé qué. Todo eso sí se perdió”, agrega.

Una carta enviada desde la
Una carta enviada desde la cárcel de Villa Devoto, con el sello "CENSURADA"

Preso político y luego expulsado a España, José Luis Acosta también fue un gran “escribidor” de cartas: “Las que escribí son mayormente de mi exilio de 1977 a 1984. Fueron un medio de comunicación eficaz e imprescindible. Escribí en esos años muchas cartas, a mi padre, a mi madre y a mis hermanas. A familiares y a amigos que se encontraban lejos. En ellas describía mi vida en ese momento y en otras mi estado de ánimo. Por su extensión, podían ser casi como hacer una visita imaginaria. Recibir una carta era vivir un momento único, expectante, de alegría, de ansiedad, de zozobra. Los tiempos de espera de respuesta a una carta, serían hoy inimaginables e insoportables.”

En Madrid, Acosta alquilaba una casilla en el correo; solución interesante cuando uno se mudaba mucho. La carta podía ser devuelta con el angustiante sello “domicilio desconocido”. La casilla de correos era la solución. Allí quedaba guardada la correspondencia y uno la retiraba cuando quería. También existía la “posta restante”. Si la persona iba a estar de paso en una ciudad, podía hacerse enviar correspondencia de esta forma: “Juan Pérez- Madrid - Posta restante”. La carta quedaba en el correo y uno la retiraba al llegar.

“Con la desaparición de las cartas -dice José Luis Acosta-, probablemente también muchas palabras o fórmulas de cortesía caigan en desuso: a ver si escribís/en, atentamente, sin más que decir, en la próxima, cuando recibas ésta, espero que ésta los encuentre bien, siempre en mi recuerdo, etc… También cayó en desuso la posdata, ese agregado necesario, aclaratorio, de complicidad, que hoy es suplantada por un nuevo mensaje”,

Ciertamente, la posdata o postscriptum permitía agregar sin perder elegancia.

El aerograma era un sobre
El aerograma era un sobre prepago en forma de hoja sobre el cual se escribía la carta y luego se plegaba en tres y quedaba listo para enviar

Quienes tienen la escritura por oficio, se adaptan a todos los soportes y no se dejan intimidar por la virtualidad: “La carta suponía materialidad, tangibilidad, y también la intimidad, hoy alejada en la velocidad de las relaciones humanas -dice la poeta y profesora de literatura Liliana Ponce-. Pero en lo personal, reivindico el uso y el valor del mail, que podemos redactar con cuidado, conservar y, en un remedo de la carta, imprimir”.

Entre los factores que han impulsado este cambio en las formas de comunicarse, Ponce enumera: “Uno es el tiempo necesario que debemos invertir para redactar una carta con cierta corrección y vocabulario adecuado, y corregirla, si es necesario; la computadora elimina esta dificultad. Y tiempo necesario también, para esperar la respuesta. El correo electrónico comprime ese tiempo, lo hace ínfimo. También está el aspecto económico: un mail es gratuito una vez que nos suscribimos a un servicio de internet, lo que lo convierte, además, en algo más democrático. Hoy, para muchos casos, se dio otro paso más en inmediatez y simplicidad, con el uso del WhatsApp”.

Un puñado de cartas deslizadas
Un puñado de cartas deslizadas por el buzón en la puerta de una casa (Freepik)

Sonia Budassi también valora el correo electrónico: “El mail es la fortaleza, la resistencia, el último bastión de lo epistolar. Lo que habilita, además, la práctica del tachar como en las cartas de antaño, del corregir para mejorar una expresión, una frase que nos explique mejor, de manera más bella, más precisa. De todos modos, ningún mecanismo, como en este caso, el mail, o las cartas, implica un certificado de calidad: Las Cartas Cheever, publicadas por Penguin Random House hace unos años, son bastante flojas, mientras los Diarios reeditados en ese mismo año son de lo mejor de la literatura de autoficción”.

Oscar Dinova es docente, escritor y traductor. Las cartas “marcaron a fuego”, dice, una etapa de su vida, la del exilio. “Descartada la vía telefónica -por sus costos y la precariedad técnica de entonces, pensemos que todavía no existía el discado directo-, fue el correo el que unió nuestras vidas, entre París y Mercedes, provincia de Buenos Aires. Ocho años, entre 1977 y 1985, de sobres que iban y venían: nuestro primer hijo, los estudios de historia retomados, mi compañera de la vida y su rubia hija, los amigos y la guerra de Malvinas. Todo en largas misivas, con fotos, recortes de diarios, flores secas y poemas. La letra prolija y suave de mi madre está ahí, para siempre. Desde el exilio, la llegada de las cartas era algo absolutamente extraordinario. Todas las emociones estaban contenidas en esos breves gramos de relatos que surcaban kilómetros para traer noticias. Otras tecnologías anunciaron el retiro de las cartas. ¿Pero, en 70 años, que quedarán de los actuales emails y whatsapps enviados al otro lado del mundo? ¿Tendrán el color amarillento de estas cartas que envejecen sin perder belleza?”

Carta de Mercedes a París
Carta de Mercedes a París en plena guerra de Malvinas

Cuando mayormente se vivía en casas, puerta a la calle, se veía llegar al cartero. “Emocionaba verlo apearse de la bicicleta y hurgar en su portafolio… -recuerda Dinova-. Y si no se detenía en nuestro domicilio era la síntesis misma de la desazón. ¿Quizás mañana? Las cartas estaban ahí para todo, el amor, la lejanía con la Patria, una explicación que en persona no podíamos dar, o simplemente un pequeño e invalorable acto de afecto. Resguardaban los sentimientos que cambiaban de domicilio para dormir décadas en la cómoda del destinatario. Sueños de la memoria familiar y personal. Nada de lo que vino después puede parecerse”.

Hace 30 años, Ana María Shua escribió una nota sobre el email como reemplazo de la comunicación epistolar. Se titulaba “La escritura contraataca”. Ahora dice: “Desde entonces, el e-mail ha perdido la batalla contra los mensajes de texto y el whatsapp. Hoy se lo usa sobre todo para temas de trabajo en los que es importante que quede asentado lo que se escribe, incluso por razones legales. Lo que reemplaza al correo, en realidad, son los mensajes de texto. Hay excepciones, por supuesto. Yo mantuve una maravillosa correspondencia por email con Angélica Gorodischer, por ejemplo, que algún día, con el permiso de su familia, me gustaría publicar. Pero admito que Angélica usaba el email como si fuera papel de avión, sus textos eran larguísimos y me costaba mantenerme a su nivel.”.

El cartero con sus característicos
El cartero con sus característicos portafolios de cuero

En aquella nota de hace 30 años, ella escribió: “Híbrido entre la llamada telefónica y la carta, el correo electrónico (...) revive un arte que se creía perdido: el de la literatura epistolar. [...] ¿Hay antecedentes de este tipo de comunicación? La escritora inglesa Virgina Woolf recuerda a su madre, fatigada después de un largo día de trabajo doméstico, contestando todas las tardes su correspondencia. En parte, se trataba de cartas. Pero el grueso de esa correspondencia eran las esquelas. Y eso es el correo electrónico. Un intercambio de esquelas, que era posible en el Londres victoriano, cuando el correo pasaba hasta seis veces por día. Se invitaba a tomar el té por la mañana y al mediodía ya se recibían las confirmaciones o las excusas”.

Esta referencia de Shua remite a algo que los argentinos no conocimos: un correo tan eficiente que permitía invitar a amigos a cenar por carta y recibir la respuesta en uno o dos días como máximo por la misma vía sin necesidad de usar el teléfono. En Argentina, el correo se extinguió sin llegar a ese nivel de eficiencia. Es nostalgia de algo que no conocimos. Mi madre, que mantenía correspondencia regular con muchos familiares y amigos, se extrañó una vez de no ver pasar al cartero por un par de semanas. Eran los años 90. Fue a la oficina de correos más cercana donde le entregaron una pila de cartas acumuladas porque el hombre estaba de licencia…

Otra costumbre en desuso: la
Otra costumbre en desuso: la tarjeta postal que se podía incluso enviar sin sobre, hoy sustituida por la foto digital que se manda "en vivo" por whatsapp

Shua señala también que el mail puede acercar a las personas mucho más de lo que cabría esperar: “Vaya a saber por qué -escribía en la nota citada-, el correo electrónico, en lugar de provocar una comunicación más fría, racional y distante, acerca a las personas estimulando un estilo muy informal, emocional, próximo. Profesores de universidades norteamericanas con los que mantenía una correspondencia esporádica y formal, después de un par de mensajes a través del e-mail se han vuelto francamente confianzudos. Tienden a contarme episodios de su infancia y comentar sus problemas familiares. Por supuesto, a mí me pasa lo mismo. Es casi como conocerse personalmente sin el peso de la presencia física, de mente a mente, de sensibilidad a sensibilidad, sin edad, sin color, solo lenguaje...y lenguaje escrito. Los interlocutores tienen la posibilidad, pero también la obligación de aprender a seducirse mutuamente a través de su forma de escribir”.

También en los tiempos del papel existía la amistad por correspondencia. Se publicaban avisos en revistas o diarios para cartearse con gente de otras ciudades o países. Pero es verdad que las vías de comunicación que ha abierto Internet han impulsado mucho más los vínculos de amistad e incluso amorosos.

Entre otros motivos (paisajes, animales,
Entre otros motivos (paisajes, animales, plantas, edificios emblemáticos), las estampillas rendían homenaje a protagonistas de la historia de cada país. De José de San Martín existen innumerables series de estampillas. Hubo una especial en 1950 cuando se conmemoró el centenario de su muerte

El fin de un género

“Las cartas, la epístola, eran un género literario por excelencia -dice Martín Guevara-. Por un lado, la carta enseñaba a la gente a escribir. Aprendían porque se tomaban un tiempo para hacerla, se pulía el estilo, o al menos se lo intentaba. Eran lindas las cartas porque la gente ponía un poquito de cuidado. Había cartas de militancia, de activismo. Las cartas de Marx a Engels son una maravilla. Las cartas de amor de personajes de todo el mundo, que son preciosas. Las cartas de los lectores de diarios y revistas. Los diarios personales eran una forma de carta”.

Liliana Ponce admite que hay un impacto en el género epistolar pero quizás éste también podría adaptarse: “Ciertamente una novela como Las relaciones peligrosas de Pierre de Laclos, o encontrarnos con el registro de extraordinarias misivas reales como las Cartas a Milena, de Kafka, parece impensable. Pero ¿por qué no una historia ficcional tejida con el formato de mensajes en las redes? Pienso en una que leí recientemente: Urbanización X, de la poeta y narradora española Marta López Luaces, en la que los personajes, mediante mensajes y respuestas, van desarrollando la trama en un marco distópico.”

La publicación de la correspondencia
La publicación de la correspondencia entre hombres destacados constituye un género en el que se cruzan la literatura, el ensayo y la historia

“Efectivamente sin la carta desaparece un género literario convalidado que había entrado en la historia de la literatura -dice Pedro Luis Barcia-. Desde Séneca hasta el siglo XX”.

Mama Antula es la primera mujer escritora de nuestra literatura e ingresa en esta posición con sus cartas a los jesuitas”, agrega Barcia, en referencia a la hoy santa María Antonia de Paz y Figueroa (1730-1799), la laica que mantuvo viva la memoria de la Compañía de Jesús durante los años del destierro de la orden a través de las cartas que escribió a los ignacianos diseminados por el mundo.

“El género lo manejaron luego Victoria Ocampo, Delfina Bunge de Gálvez -sigue diciendo Barcia- pero no es exclusivamente femenino aunque al parecer las mujeres han tenido mayor viabilidad en la carta. La carta modula una forma de comunicación peculiar ajena a otros géneros: la confidencialidad, la oralidad se mantienen en una conversación a distancia. Cicerón dice: ‘Una carta no se ruboriza’. Correspondería al género de literatura intimista junto con los diarios íntimos. Lord Chesterfield y John Keats son modelos en lengua inglesa. Las Cartas provinciales de Pascal son un ejemplo de la epístola como vía supletoria del ensayo”.

La correspondencia de Victoria Ocampo
La correspondencia de Victoria Ocampo con Albert Camus. También se ha pubicado su intercambio epistolar con Viginia Woolf y con José Ortega

Justamente, ¿qué será de los historiadores sin las cartas? Éstas permiten asomarse al pensamiento pero sobre todo a la personalidad de tantos protagonistas de los acontecimientos que modelaron el mundo. El Nuevo Testamento de la Biblia, el corpus en el que se asienta la doctrina cristiana, está formado esencialmente de cartas, las célebres epístolas que Pablo y otros discípulos enviaban a las primeras comunidades cristianas. La correspondencia entre líderes políticos o pensadores constituye una fuente muy interesante y con frecuencia más auténtica que otros documentos. Pensemos en la desesperante parquedad de nuestro San Martín. Si no fuera por las confidencias en algunas cartas a sus amigos más cercanos -Tomás Guido en primer lugar- poco y nada sabríamos de su pensamiento.

“Si se perdió algo o no… sí, yo creo que se perdió el género -sostiene Federico Jeanmaire-. Hay grandes libros epistolares, incluso algunos de ficción también muy buenos. Pero además esos epistolarios entre dos filósofos… Recuerdo muchos. Estuve leyendo hace poco uno de Adorno con una amiga. Son magníficos, y eso creo que sí, ya se perdió. No existe más. Queda añorar, como tantas otras cosas. La vida cambia y nos vamos poniendo viejos, como dice la canción. Aparecen nuevas formas. Pero eso cambió y mucho”.

Las cartas con las que
Las cartas con las que Lord Chesterfield educaba a distancia a su hijo y que constituyen un clásico del género epistolar

En el primer envío de su newsletter desde Infobae, “Fui, vi y escribí”, Hinde Pomeraniec explicó muy bien de qué se trataba: “Este espacio -decía- tiene aspiración de continuidad en su deseo de hacerte compañía a la manera de una carta amiga como las que esperábamos y recibíamos con entusiasmo cuando internet era un sueño ajeno. Esas cartas que tenían en cuenta al interlocutor y mostraban interés por el otro y también por el intercambio. Lo sabemos: tomarse el tiempo de pensar, escribir, enviar un mensaje, esperar la respuesta calculando el tiempo que llevará ese proceso, todo esto se terminó, se está terminando. La comunicación instantánea acabó con esas rutinas…”

“Nada de todo esto puedo prometer restaurar”, agregó, para reivindicar sin embargo el newsletter como una “forma de correspondencia”.

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