Esta película del año 1967 trata del encuentro entre un viejo antisemita y petainista -es decir, favorable a la colaboración con los alemanes- y un niño judío durante el último año de la Segunda Guerra Mundial, en el sudeste de Francia.
Como contó el director del film, él mismo era ese niño judío -Claude Berri es el nombre artístico de Claude Langmann- a quien sus padres envían al campo para alejarlo de los peligros a los que los exponía su comportamiento rebelde en una París ocupada.

Fue el primer largometraje de Berri y su consagración como director. La película ganó varios premios en el Festival de Berlin aquel año. Filmada en blanco y negro, El Viejo y el Niño es un alegato contra el anisemitismo pero sin discursos edificantes. No son necesarios, porque la historia expone por sí misma el absurdo de esos prejuicios.
El niño de la ficción se llama Claude, como el de la historia real, y tiene 8 años. Sus padres no logran disciplinarlo ni hacerle entender que sus travesuras los ponen en peligro, al llamar la atención tanto en la escuela como en la calle. Una amiga les ofrece entonces enviarlo al campo a casa de unos conocidos de sus padres, una pareja de viejos granjeros que viven cerca de Grenoble.

Instruido por su padre en el sentido de que no debe revelar nunca que es judío -le enseñan el Padrenuestro y algunas cosas más-, Claude se divierte provocando al viejo para que suelte todos los clichés sobre los judíos -avaros, sucios, torcidos, etc.- y se divierte secretamente a costa del granjero.
Pero en la convivencia, surge un cariño muy profundo entre el viejo y el niño. Un afecto que, haciendo abstracción de las circunstancias, es un clásico de los vínculos humanos.

Los abuelos solían -y suelen aún- ser mucho más compinches de los nietos que los propios padres. Solían consentirlos como no habían hecho con sus hijos. Esto ha cambiado un poco porque la laxitud de los padres de hoy hace que a veces sean los abuelos los que ponen límites. No era así en los tiempos que describe la película.
Pero además, los niños tienen el poder de movilizar en los viejos energías que ya creían perdidas. Acá vemos al granjero, magistralmente interpretado por Michel Simon, que casi vive una nueva infancia gracias a la presencia del chico, con el que no se cansa de jugar a lo largo de los días.

Los únicos momentos de incomodidad para el pequeño son durante el baño, por miedo a que descubran que está circuncidado -para evitarlo finge un pudor desmesurado que divierte al viejo-, o, por el mismo motivo, cuando el viejo le propone jugar a ver quién orina más lejos…
El hombre se prenda totalmente del chico. Una de las escenas más conmovedoras ocurre cuando Claude (interpretado por Alain Cohen) vuelve de la escuela con la cabeza rapada porque la maestra le había encontrado piojos. El chico lo vive como una humillación y llorando corre a refugiarse en los brazos del viejo que enseguida le pone un sombrero y declara: “Desde hoy no vas más a la escuela”. ¿Qué niño no desea escuchar esa frase de su abuelo? Es la puerta abierta al paraíso. A partir de ahí, se multiplican los juegos y las complicidades entre ellos.

Actoralmente, el viejo y el niño no se sacan ventajas: ambos están fantásticos en su rol.
En el film, en un papel secundario, como el padre atormentado que debe separarse de su hijo por su bien, está el gran Charles Denner (Zeta, Le Voyou, traducida como El Canalla o Simón el Bribón, entre tantos otros), que en esos pocos minutos muestra su calidad actoral.

Pese al sentimentalismo del tema, no hay golpes bajos ni cursilerías. En el fondo, es la historia universal del cariño irreemplazable de los niños por sus abuelos, sean éstos verdaderos o circunstancialmente adoptados: es el vínculo tan especial que se establece entre las generaciones a ambos extremos de la vida.
Cuando recordaba ese tiempo de su infancia, Claude Berri se mostraba indulgente con aquel hombre que lo recibió en su casa, que era, decía, una buena persona, algo pueril; con una benevolencia surgida seguramente del cariño, Berri lo describía como un hombre intoxicado por la propaganda antisemita, y aseguraba que para él esos meses pasados en el campo fueron umas extraordinarias vacaciones, durante las cuales se habìa divertido mucho. “Mi juego favorito era hacerlo hablar de los judíos, me divertía, en vez de tomarlo como algo dramático me divertí con la situación”, decía.
En buena medida, su película es un homenaje a ese recuerdo y a ese abuelo temporario que le hablaba mal de los judíos mientras lo colmaba de atenciones y cariño.
Durante la ocupación, muchos niños judíos fueron ocultados en casas de familias cristianas -con frecuencia residentes en el campo- aunque en la mayor parte de los casos a sabiendas de los involucrados.
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