
Nueva Orleans ya perdió la batalla contra el mar. Lo que resta por decidir es si sus 360.000 habitantes se van a tiempo o esperan a que el agua tome la decisión por ellos. Esa es la conclusión de un estudio publicado en mayo de 2026 en la revista Nature Sustainability, y es también la pregunta que desvela a Debra Campbell, presidenta de A Community Voice, organización comunitaria con unos 9.000 miembros en la ciudad.
“Nadie quiere irse de su casa”, dijo Campbell. Pero agregó algo que pocos funcionarios se atreven a decir en voz alta: “Puede llegar el momento en que no podamos volver. Este lugar estará bajo el agua y dejará de existir”.
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Lo que dice la ciencia sobre el futuro de la ciudad
El estudio de Nature Sustainability no deja margen para la ambigüedad: Nueva Orleans cruzó un “punto de no retorno” ante el cambio climático. El nivel del mar en el sur de Luisiana subirá entre 3 y 7 metros, las tres cuartas partes de los humedales costeros desaparecerán y la línea de costa retrocederá hasta 100 kilómetros tierra adentro.

La ciudad, que ya se asienta en una cuenca por debajo del nivel del mar, podría quedar rodeada por el Golfo de México antes de que termine este siglo. El 99% de la población vive hoy en zona de riesgo severo de inundación, la peor exposición de cualquier ciudad de Estados Unidos.
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Jesse Keenan, experto en adaptación climática de la Universidad de Tulane y coautor del estudio, no eligió palabras suaves: “En términos de paleoclima, Nueva Orleans ya está perdida; la pregunta es cuánto tiempo le queda”. Y fue más directo aún: “Nueva Orleans está en estado terminal”.
Los que se niegan a irse y los que ya se fueron
La tensión entre quedarse y marcharse tiene nombre y apellido en esta ciudad.
Steve Picou, músico y planificador ambiental, tomó la decisión hace tres años, cuando la prima de su seguro de hogar pasó de USD 900 a unos USD 9.000 anuales en el transcurso de dos décadas. Se mudó a Opelousas, a unos 210 kilómetros al noroeste, a 20 metros sobre el nivel del mar. “Somos una especie indicadora”, advirtió Picou. “Pronto, otras personas van a tener activos inmobiliarios varados y no tendrán adónde ir”.
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Campbell y su organización ya dieron un paso concreto: viajaron a explorar Vicksburg y Natchez, en Mississippi, como posibles destinos de refugio climático. En esas reuniones, autoridades y residentes de ambas ciudades recibieron bien la idea y discutieron la rehabilitación de viviendas vacías y el uso de instalaciones públicas como albergues temporales. “Les dije: ‘Vamos. Vamos en éxodo’”, relató Campbell. “‘No vamos a ser una carga; buscamos empleo, queremos que nuestros hijos vayan a la escuela’”.

Pero no todos comparten esa urgencia. Arthur Johnson, director ejecutivo del Centro para el Desarrollo Sostenible del Noveno Distrito Bajo, advierte sobre el riesgo de que el debate sobre la salida paralice la inversión local. “Si hablas de marcharte, puede ser una excusa para no impulsar el desarrollo económico”, señaló Johnson.
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El riesgo en números y la ausencia de un plan
Los datos de Cotality, empresa de inteligencia inmobiliaria, cuantifican lo que los investigadores describen: Nueva Orleans obtiene una puntuación de 100 sobre 100 en el índice de riesgo de catástrofes, el máximo de la escala. Eso la coloca unos 25 puntos por encima de Natchez y Vicksburg, y duplica el riesgo de ciudades del interior como Montgomery, en Alabama.
“Es la ciudad con el mayor riesgo de catástrofe del país”, confirmó Howard Botts, científico jefe de Cotality.

El problema es que no existe ninguna estrategia nacional en Estados Unidos para reubicar comunidades desplazadas por el clima. La administración Trump recortó los programas federales que ayudaban a comunidades a afrontar los efectos del calentamiento global. Y el gobernador republicano de Luisiana, Jeff Landry, canceló el proyecto de desvío de sedimentos del Misisipi, valorado en USD 3.000 millones, que habría permitido recuperar tierra costera.
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Para Torbjörn Törnqvist, investigador principal del estudio de Tulane, esa cancelación equivale a una “pena de muerte” para la ciudad. Törnqvist vive en Nueva Orleans y no planea irse. Eso no le impide ver con claridad lo que se avecina.
“El sentimiento general es que estamos aquí y queremos quedarnos. Lo entiendo: yo vivo aquí y no planeo irme”, dijo. “Pero necesitamos pensar de otra manera sobre la ciudad y la reubicación. Intentemos abrazarlo en lugar de negarlo”.
Qué pueden hacer los residentes ahora
Ante la falta de un plan estatal o federal, los residentes de Nueva Orleans pueden tomar decisiones propias para reducir su exposición al riesgo.
El primer paso es evaluar la situación de la propiedad con las herramientas de puntuación de Cotality. Las zonas al norte del lago Pontchartrain ofrecen menor exposición a inundaciones, al igual que ciudades del interior como Vicksburg y Natchez en Mississippi, u Opelousas en Luisiana.
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Organizaciones como A Community Voice ya construyen redes de apoyo para facilitar un posible desplazamiento colectivo. Además, el comportamiento de las primas del seguro de hogar funciona como señal temprana: cuando suben de forma sostenida, el mercado está enviando una advertencia que los propietarios no deberían ignorar.
Seguir los avances legislativos sobre planes de reubicación climática, tanto a nivel estatal como federal, también permite anticiparse a decisiones que afectarán el valor de los inmuebles y la disponibilidad de servicios.
El tiempo no es infinito, pero tampoco se agotó mañana. Se cree que el proceso de reubicación, si empieza ahora, puede ser ordenado. Si se pospone, será un caos.
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