
En diciembre de 1997, la vida de Luz Cuevas y Pedro Vera cambió para siempre cuando su hija recién nacida, Delimar Vera, desapareció en un misterioso incendio en su hogar en Filadelfia. A solo diez días de nacida, la pequeña fue declarada muerta, supuestamente consumida por las llamas. Sin embargo, lo que parecía una tragedia inimaginable se convirtió en una historia de secuestro y reencuentro que conmocionó al país, revelando oscuros secretos y dejando cicatrices emocionales profundas.
Luz Cuevas, devastada por la supuesta muerte de su hija, nunca creyó que Delimar realmente había fallecido en el incendio. Aunque el informe oficial afirmaba que no quedaban restos humanos en el lugar donde la bebé dormía, Cuevas se aferró a la intuición que solo una madre puede tener: su hija seguía viva.
Esa corazonada la acompañó durante seis largos años hasta que, en una fiesta de cumpleaños en Filadelfia, algo extraordinario ocurrió. Luz vio a una niña con una sonrisa y unos hoyuelos que le resultaban inconfundibles. Aquella niña no era otra que su propia hija, a quien reconoció de inmediato. Luz sabía que el destino le estaba hablando: había encontrado a Delimar.

La niña, sin embargo, ya no era Delimar Vera. Bajo la identidad de Aaliyah, había sido criada por Carolyn Correa, la mujer que la había secuestrado años atrás. Correa, una conocida lejana de la familia Vera, había robado a la bebé del hogar de sus padres y se la llevó a Nueva Jersey, donde la crió como su hija.
Ese día en la fiesta, Luz Cuevas se acercó a la niña con la excusa de quitarle algo del cabello y logró obtener una muestra de ADN que luego entregó a la policía, solicitando un análisis. Su intuición no falló: Delimar estaba viva, y había sido secuestrada.
El secuestro de Delimar y su eventual reencuentro con su madre se convirtieron rápidamente en noticia internacional, llenando titulares y culminando incluso en una película de Disney basada en su historia. Sin embargo, la realidad detrás de este evento fue mucho más oscura de lo que el público llegó a imaginar.
A los seis años, Delimar tuvo que reiniciar su vida completamente: nuevo nombre, nuevos padres, nuevos hermanos, un idioma diferente (ya que sus padres biológicos solo hablaban español, mientras que ella solo hablaba inglés) y una ciudad desconocida. “Odiaba el nombre Delimar al principio”, recuerda ahora la joven, que tiene 26 años. “No me acostumbraba. No sentía que fuera mi nombre”, contó al diario The Guardian.

El trauma de este cambio abrupto marcó profundamente a la pequeña, quien, en sus primeros años con Carolyn, vivió una vida que nunca entendió del todo. La relación con Correa fue extraña y difícil. Aunque a veces la mujer mostraba una personalidad carismática, también era cruel. Delimar recuerda vívidamente los castigos con un cinturón que le dejaban marcas en la piel, y la relación con el novio de Correa, un hombre perturbador y violento que más tarde murió de una sobredosis de heroína.
A pesar del reencuentro con su madre biológica, la transición no fue fácil. Delimar, ahora en un hogar lleno de amor pero también de estrictas reglas, luchó por adaptarse. La relación con Luz, una mujer fuerte que había perdido a su hija y luego la recuperó, fue complicada.
Aunque su madre se esforzó por darle todo lo que necesitaba, incluyendo su propio espacio en casa, las diferencias culturales y el trauma hicieron que la adolescencia de Delimar estuviera marcada por la ira y la confusión. “Era una persona muy enojada”, confiesa, recordando cómo, a medida que crecía, comenzó a procesar lo que le había sucedido. “No había apoyo psicológico, no había recursos. Nadie nos preguntó si estábamos bien”.

La lucha interna de Delimar la llevó a una espiral descendente en su adolescencia, experimentando depresión y, eventualmente, terminando en hogares de acogida. A los 15 años, celebró su cumpleaños en un hogar grupal sin recibir llamadas de sus padres, un recordatorio doloroso de lo lejos que su vida había llegado de la imagen de “final feliz” que la prensa había promovido.
Sin embargo, a los 20 años, algo cambió. Delimar encontró la fuerza para dejar atrás una relación abusiva y reconstruir su vida. Se mudó a su propio apartamento y comenzó a sanar. Poco después conoció a Isaiah, su esposo actual, quien la ayudó a reconectar con su familia. Hoy, Delimar lleva una vida tranquila en Filadelfia, donde trabaja desde casa y comparte su hogar con su esposo y su hijastro de 11 años.
El documental sobre su vida, que se estrenará pronto, ha sido una experiencia catártica para ella, permitiéndole reencontrarse con personas importantes de su pasado, como Antoinette, la “tía” que la cuidó durante sus años con Correa.
Aunque aún quedan preguntas sin respuesta sobre su secuestro, Delimar ha aprendido a aceptar el misterio que rodea su pasado. “He tenido que enfocarme en mi presente”, dice con serenidad. “Eso es lo único que me permite seguir adelante”.
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