
En octubre de 2020 investigadores adjuntaron un dispositivo de seguimiento a un tiburón hembra de dos metros, con la intención de monitorizar su comportamiento hasta el parto. Sin embargo, 158 días después, una de las etiquetas flotó a la superficie cerca de Bermuda, mucho antes de lo previsto, encendiendo las alarmas del equipo de investigadores y revelando datos inquietantes sobre la depredación entre tiburones.
Según citó NBC News, la segunda etiqueta, diseñada para emitir una señal cuando la aleta del tiburón rompiera la superficie del mar, nunca lo hizo. Los datos de la etiqueta “pop-off” mostraron un comportamiento habitual en profundidad y temperatura durante unos cinco meses hasta que, de repente, la temperatura se disparó incluso a una profundidad de 600 metros, y se mantuvo elevada. Las anomalías en el patrón de buceo llevaron a la conclusión de que el tiburón había sido devorado.
La investigadora Brooke Anderson de la Universidad Estatal de Arizona comentó que fue evidente que el dispositivo había estado dentro del estómago de otro animal lo que supone la primera evidencia confirmada de que los tiburones porbeagle pueden ser depredados por tiburones más grandes, según el estudio publicado en Frontiers in Marine Science y reportado por NBC News.

El estudio barajó varias hipótesis sobre el posible depredador, descartando a mamíferos como las orcas debido a las temperaturas registradas. Los investigadores concluyeron que debió ser un tiburón endotérmico, capaz de elevar su temperatura corporal por encima del agua circundante. Entre los candidatos más probables, según Anderson, se encuentran el tiburón blanco y el tiburón mako de aleta corta.
La existencia de este tipo de depredación tiene implicaciones importantes para la conservación y gestión de los tiburones porbeagle, catalogados como vulnerables por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
La explotación excesiva de la especie desde la década de 1960 redujo su población en un 75-80% hacia 2001. Aunque las regulaciones pesqueras han permitido cierta recuperación, este proceso será lento debido a su longevidad y baja tasa reproductiva.
El equipo de investigadores, inicialmente interesado en rastrear a los tiburones porbeagle durante su embarazo para entender sus patrones de parto, encontró y marcó a 11 tiburones durante dos temporadas en el Atlántico. De estos, ocho estaban preñados.

Matt Davis, científico especialista en recursos marinos del Departamento de Recursos Marinos de Maine, quien no participó en el estudio, validó la conclusión del equipo, destacando que aún hay mucho por aprender sobre las interacciones depredador-presa en las profundidades intermedias del océano.
Para Anderson y su equipo, el incidente subraya la necesidad de más investigaciones y monitorización para entender mejor la frecuencia de estos eventos y su impacto en una especie ya de por sí en peligro. Según sus palabras, en un solo evento, la especie perdió no solo una hembra reproductora clave, sino también a todas sus crías en desarrollo, lo que podría tener repercusiones significativas en la viabilidad de la población.
El estudio publicado en la revista Frontiers in Marine Science, es la primera evidencia documentada de un tiburón porbeagle siendo devorado por otra criatura. Previamente, se creía que estos tiburones adultos no eran presa de otros depredadores.
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