Esta mañana, la costa este de Estados Unidos registró un inusual sismo de 4,8 de magnitud que sacudió a ciudades como Nueva York, Nueva Jersey, Filadelfia y Connecticut, aunque sin dejar daños o víctimas. El fenómeno, sin embargo, fue uno de los más intensos en la historia de la región y sorprendió a los habitantes, que rara vez experimentan episodios de esta naturaleza.
Según datos del Centro Nacional de Información Sísmica, en la región noreste sólo han habido unos 2.000 sismos desde 1700, con sólo 13 de ellos considerados “peligrosos”.
Si bien de momento no se ha podido determinar con exactitud cuál fue la razón detrás del de esta mañana, expertos han sugerido algunas posibles causas.

Los sismos se producen tras una liberación de presión, que ocurre en forma de ondas sísmicas, ante fallas o fracturas de la corteza terrestre. Éstas, a su vez, derivan del deslizamiento de la corteza exterior del planeta -o placas tectónicas- que están en constante movimiento y que, en ocasiones, pueden tensarse y sufrir fricción, dando lugar a la liberación de energía, o sismos. Es por ello que este tipo de fenómenos no tiene estacionalidad ni momento para ocurrir.
En el caso de la costa este, el Dr. Antonios Marsellos, profesor asociado del Departamento de Geología, Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Universidad de Hofstra, explicó que Nueva York está asentada sobre una placa “perezosa” aunque en su cercanía se encuentran la importante Falla de Ramapo -que nace en los Montes Apalaches- y otras cinco menores bajo la isla de Manhattan que vuelven al área más propensa a estos episodios.

Asimismo, a estas condiciones preexistentes deben sumarse situaciones propias de la cotidianidad, como los períodos de sequía o las intensas lluvias, que afectan este escenario. Por ejemplo, las inundaciones producen una suba en el nivel del agua que puede generar deslizamientos que “lubrican” las fallas. Inclusive, el aumento del nivel del mar del que tanto se alerta en Nueva York también incrementa la presión sobre las plataformas y la costa, aumentando la frecuencia de los sismos.
No obstante, estos cambios no han generado gran preocupación en los investigadores, que entienden esta etapa como una más dentro de los constantes cambios que atraviesa el planeta Tierra a diario.

“Yo no me preocuparía demasiado. La costa este ha sido geológicamente estable durante millones de años. Hace cientos de años, la tierra que acabaría convirtiéndose en Nueva York era un lugar donde los continentes chocaban entre sí y grandes terremotos sacudían el suelo debajo”, comenzó explicando el Dr. Stephen Holler, profesor asociado de Física de la Universidad de Fordham.
Con el tiempo, las fallas en la zona se volvieron menos activas, liberando tensiones de aquella época de vez en cuando. Es por ello que “gran parte de lo que se siente ahora, estos pequeños terremotos, son el asentamiento de las tensiones de entonces…. las cosas tardan un tiempo en asentarse”, agregó el profesor de Estudios de la Tierra y el Medio Ambiente de la Universidad de Columbia.
Historial de sismos en Nueva York
Aunque los neoyorquinos se sorprendieron ante el temblor de esta mañana, el estado cuenta con un historial de sismos que data desde el 1700. El Observatorio Terrestre Lamont-Dohery, de la Universidad de Columbia, señaló que se registraron 18 de estos fenómenos desde 1737 en Nueva York y sus alrededores, con una magnitud de 2,4 o superior.
Uno de los más importantes fue el del 10 de agosto de 1884, que alcanzó una fuerza de 5,2 y se sintió desde Virginia hasta Maine, aunque sin dejar daños estructurales importantes.

“Se agrietaron muros en varios estados, entre ellos Connecticut, Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania. Muchas ciudades desde Hartford hasta West Chester informaron de ladrillos caídos y yeso agrietado”, declararon entonces vecinos.
Luego, el 5 de septiembre de 1944 le siguió otro, un poco más fuerte. Entonces, el sismo tuvo una magnitud de 5,8 y se sintió, principalmente, en Massena aunque también se extendió hasta Quebec, Toronto y Boston.
El 27 de octubre de 2001, Manhattan volvió a ser el epicentro de un sismo, aunque mucho menor, con una magnitud de apenas 2,6, que fue superado una década más tarde por otro de 5,8. Aquel 23 de agosto, los residentes de Washington D.C y Nueva York sintieron los efectos de este terremoto, originado en Virginia.
Más tarde, el 9 de septiembre de 2020, el Servicio Geológico Nacional confirmó otro de estos fenómenos en Nueva Jersey, que midió 3,1.
Por último, este año, Nueva York ya había experimentado otro temblor, el 2 de enero en Astoria, Queens, aunque entonces fue muy menor: 1,7 de magnitud.
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