
La villa de Camprodon, situada entre el Pirineo Oriental y el mar Mediterráneo, se ha consolidado como uno de los pueblos más emblemáticos y bellos de Cataluña. El apodo de ‘la pequeña Suiza’ catalana se ha mantenido desde el siglo XIX, reflejando tanto su atractivo para las clases acomodadas durante sus retiros vacacionales como el carácter alpino de su entorno. El valle de Camprodon, en la confluencia de las comarcas de la Garrocha y el Ripollés, exhibe un paisaje inconfundible, en el que sobresale la arquitectura tradicional y la riqueza de su patrimonio románico.
Edificaciones como el puente Nuevo, que cruza el río Ter y data del siglo XII, se han erigido en símbolos reconocibles de la localidad. No obstante, es el monasterio benedictino de Sant Pere, construido en el siglo X, el ejemplo más representativo de la arquitectura románica del municipio, al que se suma un claustro de especial interés.
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Además, la iglesia de Santa María, un templo parroquial gótico del siglo XIV, destaca por sus proporciones y su impacto en el paisaje urbano, ilustrando la influencia del gótico en la arquitectura religiosa catalana. Entre otros monumentos notables, figuran la ermita de Sant Antoni, edificada en 1700 y ubicada en la cota más alta de Camprodon —a 1.345 metros—, la capilla de San Bartomeu del Sitjar y el Castillo de Creixenturri, todos ellos exponentes del románico local.

El desarrollo urbanístico del pueblo también ha dejado una huella singular con las casas colgadas sobre el río Ter. Estas viviendas, de fachadas policromas y tejados rojos, muestran la fisonomía característica de la construcción tradicional catalana y reflejan la pujanza comercial que Camprodon adquirió durante la Edad Media.
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La cultura pastelera y su proyección
Más allá de su relevancia histórica y arquitectónica, Camprodon se ha consolidado como un referente de la tradición pastelera gracias a la familia Birba. Su andadura comenzó en la localidad poco después de la adopción de la peseta en España, con un pequeño ultramarinos en pleno corazón del Pirineo Oriental.

Ya entonces, el municipio gozaba de popularidad entre los veraneantes barceloneses, circunstancia que contribuyó al auge inicial del negocio y a la venta de centenares de bizcochos y productos de confitería. Sin embargo, tras el verano, la escasez de demanda durante el invierno planteaba serios desafíos a la continuidad de la empresa.
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Fue en 1893 cuando la familia Birba ideó una solución para prolongar la vida del negocio durante todo el año. Optaron por elaborar galletas —más duraderas que los bizcochos y de distribución más sencilla—, decisión que transformó por completo el rumbo del establecimiento. El éxito de estas galletas fue inmediato, convirtiéndose en el producto estrella y en el auténtico símbolo de la firma.
La consolidación de la marca
Con el tiempo, uno de los descendientes, Llorenç Birba Cordomí, alcanzó una posición destacada como maestro pastelero. Inicialmente, el obrador en el que se fabricaban estas galletas se encontraba en el sótano de la vivienda familiar, aunque este emplazamiento resultó pronto insuficiente ante el crecimiento de la demanda.
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La profesionalización de la empresa se materializó en 1929 con la construcción de la primera fábrica Birba en la avenida Maristany de Camprodon. Ese mismo año, la firma obtuvo el Gran Premio de la Exposición Internacional de Barcelona, lo que supuso un respaldo definitivo a su consolidación.
A partir de este momento, Birba evolucionó desde los orígenes de un simple ultramarinos para convertirse en sinónimo de calidad y tradición repostera, primero en Cataluña y más tarde en toda España. Aunque la oferta de productos se ha ampliado en la actualidad, la mayoría de las variedades que se comercializan ya se producían a finales del siglo XIX.
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