
Burgos, una de las ciudades más emblemáticas de Castilla y León, atesora un legado histórico, cultural y gastronómico que la convierte en un destino de gran interés. Su imponente catedral gótica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, domina el casco antiguo, donde conviven plazas medievales, iglesias centenarias y restos de su muralla. Pero más allá de eso, la ciudad se encuentra dominada por su castillo, una fortaleza con una larga historia que ha sido testigo de innumerables acontecimientos.
De hecho, a ella se le atribuye la fundación de Burgos hace más de mil años, lo que la convierte en uno de los monumentos más importantes de la localidad. Así, incrustada en el cerro de San Miguel y a escasos minutos a pie de la catedral, el castillo de Burgos es una parada obligatoria para conocer los orígenes y la historia de la región. Pero no solo eso, pues desde su situación privilegiada se pueden contemplar las mejores vistas de la ciudad.
El origen de Burgos
Los orígenes del castillo de Burgos y de la ciudad se remontan al año 884, cuando el conde Diego Rodríguez Porcelos manda construir un sistema defensivo en el cerro de San Miguel. Alrededor de esta construcción se establecieron los primeros pobladores durante la Reconquista, sirviendo como puesto de vigilancia para los territorios cristianos. Posteriormente, con la frontera desplazada al sur y la población asentándose en la ladera, pasó a manos de los monarcas castellanos.

Fue utilizado como prisión para nobles y escenario de encuentros diplomáticos, de hecho, Alfonso VI de León estuvo encarcelado aquí tras su derrota en la Batalla de Golpejera en 1072. Igualmente, el castillo experimentó importantes transformaciones bajo el reinado de Alfonso VIII y fue embellecido por Enrique IV. Durante la guerra entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja, la fortaleza apoyó a Juana, resistiendo un asedio de ocho meses hasta rendirse en 1476.
Posteriormente, Fernando el Católico lo convirtió en fuerte de artillería. En el siglo XIX, Napoleón lo mandó reconstruir como guarnición militar durante la Guerra de la Independencia. Tras el asedio de 1812, las tropas francesas lo volaron en 1813, destruyéndolo casi por completo y dañando las vidrieras de la Catedral de Burgos. A partir de entonces, solo se utilizó ocasionalmente en las guerras carlistas, pero Su reconstrucción parcial permitió su apertura al público como centro de interpretación en 2003.
De fortaleza a centro de interpretación
El acceso a la fortaleza se realizaba a través de dos puertas estratégicas. Una de ellas, situada en el lienzo oeste de la muralla, conectaba el castillo con la ciudad a través del barrio de San Sadornil, hoy San Pedro. La otra, en el extremo sur y con un camino empinado desde San Esteban, fue construida en tiempos de Enrique IV, aunque desapareció tras la explosión de 1813.
El interior del castillo estaba protegido por una muralla gruesa con torres almenadas de planta circular y rectangular. En lugar de una torre del homenaje, la fortaleza contaba con el Palacio de Alfonso X, un edificio porticado con decoración mudéjar, cuyos restos aún se pueden apreciar en el Arco de Santa María. Bajo la superficie del castillo se esconde una red de galerías y un pozo de 63 metros de profundidad, diseñado para garantizar el suministro de agua durante los asedios.
Estas estructuras subterráneas fueron clave en la Guerra de Sucesión entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja, cuando se excavaron túneles para cortar el suministro o colocar trampas mortales. Junto a la entrada principal del castillo se alzaba la iglesia de Nuestra Señora de la Blanca, patrona de la ciudad. Destruida en 1813, su imagen se conserva en San Pedro de la Fuente y cada mayo se celebra una romería en su honor. Hoy, el castillo es un centro de interpretación que permite a los visitantes recorrer su historia y admirar la ciudad desde su mirador privilegiado.
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