Una urna, dos colores y un siglo de exclusiones: así era el antiguo ritual que inspiró a Lorca y da nombre a ‘La bola negra’ de Los Javis

La película que llega a los cines esta semana rescata este viejo ritual que se practicaba en casinos y otros clubes y sociedades exclusivas

Tráiler de 'La bola negra', una película dramática dirigida por Javier Ambrossi y Javier Calvo.
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Este viernes 25 de septiembre llega a los cines españoles La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi —conocidos artísticamente como Los Javis—, que ya ha conquistado Cannes, Toronto y buena parte de la crítica internacional. Más allá de su ambición formal y su reparto estelar, el título remite a una práctica concreta y reveladora: el sistema de votación con bolas blancas y negras que durante décadas sirvió para vetar en secreto a quienes no encajaban en los clubes de la alta sociedad, especialmente a los homosexuales.

En la Granada de los años 30, como en tantos otros lugares de España y del mundo, los casinos y círculos sociales funcionaban como puertas giratorias del poder y el prestigio. Para ingresar, no bastaba con tener dinero o apellido: había que ser aceptado por los socios. Y esa aceptación se decidía mediante un ritual aparentemente sofisticado: una votación secreta con bolas.

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El procedimiento era sencillo en apariencia, pero implacable en sus efectos. Cada socio disponía de una bola blanca y una negra. Al votar, introducía en una urna opaca —a veces una caja con tela, tubo interno o doble compartimento— la bola que reflejaba su decisión: blanca para aceptar, negra para rechazar. Todos podían ver quién se acercaba a votar, pero nadie podía saber qué color había depositado. Al final, se abría la caja y se contaban las bolas: el resultado era público; la responsabilidad individual, no. La regla solía ser draconiana: bastaba con una o muy pocas bolas negras para que el candidato quedara excluido, aunque la mayoría hubiera votado a favor. De este modo, un pequeño grupo —o incluso una sola persona— podía vetar a quien considerara indeseable por su origen, sus ideas, su oficio… o su orientación sexual.

Alberto Cortés da vida a Federico García Lorca en la película.
Alberto Cortés da vida a Federico García Lorca en la película.

Lorca, cuatro páginas y un símbolo

Federico García Lorca conoció de cerca este mecanismo. De hecho, lo convirtió en el arranque de una novela inacabada titulada La bola negra, de la que solo escribió cuatro páginas antes de ser fusilado en agosto de 1936. En ese fragmento inicial, un joven adinerado cuenta a su padre que ha intentado ingresar en el prestigioso Casino de Granada y ha sido rechazado. Cuando el padre pregunta por qué, la respuesta es rotunda: “Porque soy homosexual”.

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Esa escena, breve y demoledora, condensa una verdad incómoda: en la España de la Segunda República, la modernidad convivió con formas muy antiguas de exclusión. El casino, símbolo de progreso y sociabilidad burguesa, seguía siendo un espacio donde la homofobia podía ejercerse de forma elegante, discreta y colectiva. La “bola negra” no era solo un objeto: era la materialización de un veto social que no necesitaba nombres ni explicaciones.

Los Javis toman ese núcleo lorquiano y lo expanden en una epopeya que entrelaza tres historias en tres épocas distintas: 1932, 1937 y 2017. En la primera, un joven granadino (Milo Quifes) se enfrenta al rechazo del casino por los rumores sobre su homosexualidad. En la segunda, durante la Guerra Civil, Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau) —pareja de Lorca—, prisionero republicano, se encuentra con un soldado franquista (Guitarricadelafuente) de sexualidad reprimida en una adaptación de la obra teatral La piedra oscura, de Alberto Conejero. En la tercera, un dramaturgo contemporáneo (Carlos González) investiga el pasado de su abuelo y descubre las páginas perdidas de Lorca, mientras lidia con los silencios de su propia familia.

Milo Quifes da vida a Carlos, un joven de Granada que es sometido a la bola negra por el casino de la ciudad.
Milo Quifes da vida a Carlos, un joven de Granada que es sometido a la bola negra por el casino de la ciudad.

Del ostracismo a triunfar en Cannes

El resultado es una película que no solo habla de Lorca, sino de cómo su figura y su obra inacabada siguen interpelando a España un siglo después. “Queríamos hacer una película antibelicista y antifascista que fuera grande. Los gais no somos un nicho”, dijeron los directores tras el estreno en Cannes, donde obtuvieron el premio a la mejor dirección y una ovación de 20 minutos. Lo más inquietante del sistema de la bola negra no es su crudeza, sino su hipocresía. No se trataba de un voto abiertamente homófobo, sino de un mecanismo que permitía ejercer la discriminación sin asumir responsabilidad individual. Cualquiera podía decir, con las manos limpias, que él había votado blanco, mientras el resultado colectivo hablaba por sí solo.

Hoy, ese secretismo ya no funciona como antes. Las urnas de tela y las cajas con doble fondo han dado paso a otras formas de exclusión, a veces más sutiles, a veces más ruidosas. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿quiénes siguen fuera de los clubes, aunque ya no haya bolas que contar? La bola negra llega a los cines en un momento en que España debate su memoria histórica, su diversidad sexual y sus heridas no cerradas. Y lo hace recordando que, a veces, la historia no necesita grandes discursos: basta con una urna, dos colores y un silencio cómplice.

El título de la película, por tanto, no es solo una referencia literaria o histórica. Es una advertencia: la exclusión no desaparece; se transforma. En los años 30, bastaba con una bola negra para cerrar una puerta. Hoy, las puertas pueden cerrarse con algoritmos, con miradas, con silencios institucionales. Pero el mecanismo sigue siendo el mismo: decidir quién entra y quién no, sin dar explicaciones. La bola negra no es solo una película sobre Lorca o la Guerra Civil. Es una película sobre cómo España ha votado, una y otra vez, con bolas blancas y negras a lo largo de su historia reciente. Y sobre qué significa, un siglo después, seguir viviendo con esas urnas abiertas en la memoria.

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