El estreno de Tiburón en 1975 cambió para siempre la historia del cine. Fue la puerta de entrada para el concepto de blockbuster, que se afianzaría más tarde con La guerra de las galaxias, y sirvió para encumbrar a Steven Spielberg. Pero lo más importante es la huella que dejó para siempre en la gente con apenas unas notas de John Williams y la silueta de una aleta. Desde ese momento el séptimo arte supo que había encontrado en esos gigantescos peces de muchos dientes su gallina de los huevos de oro, y era solo cuestión de tiempo que lo explotasen.
A rebufo de Tiburón nacieron joyitas como Mako, el tiburón de la muerte y otras fuera de los Estados Unidos como la mexicana ¡Tintorera! de René Cardona Jr. o la italiana L’ultimo squalo de Enzo G. Castellari. Surgieron hasta películas derivadas de la Tiburón original en 3-D o con el mismísimo Michael Caine, aunque no tuvieran el ingenio de Spielberg ni el impacto de la original. Así nació todo un subgénero conocido como Sharksploitation que llega hasta nuestros días, con sagas de éxito como Megalodón y otros proyectos de serie B como Sharknado. Se han hecho hasta fusiones con Drácula, con drogas (Cocaine Shark), con marionetas o con payasos, así que queda ya poco terreno por explotar.
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Con todo esto en cuenta, el de un género que ya está más que pasado de rosca y que hace tiempo que no se toma demasiado en serio a sí mismo, llega ahora a los cines En mar abierto, un nuevo capítulo en el sharksploitation a cargo del hombre que precisamente revitalizó el género. Renny Harlin, su director, es el mismo hombre detrás de Deep Blue Sea, la película estrenada en 1999, con el género dando sus últimos coletazos, y que sirvió para hacer revivir la pasión por los tiburones que en el nuevo siglo daría paso a otros títulos como Open Water o Infierno azul del español Jaume Collet-Serra, mientras Netflix ya ha hecho lo propio con En las profundidades del Sena, que ya prepara su secuela, o Embestida, estrenada hace tan solo unos meses en la plataforma.

Nada más peligroso que la ignorancia humana
En mar abierto encajaría mejor entre estas últimas, pues cuenta la historia de la tripulación de un vuelo desde Los Angeles hasta Shanghai que sufre un colapso y, lejos de poder realizar en tierra un aterrizaje de emergencia, tiene que amerizar en medio del Pacífico, cerca de un arrecife coral que además divide el avión en varias partes. Lo peor de todo, más allá del susto y de la lejanía de ayuda humana, es que una manada de tiburones es quien acude a la llamada, alertados por el reguero de sangre que dejan los fallecidos del accidente y los que quedan en pie, quienes han de organizarse rápido antes de que caiga la noche o suba la marea y sean definitivamente presa de los escualos.
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Lo curioso de todo es que, el origen de este accidente, reside en un error humano, o más bien en un cúmulo de negligencias voluntarias que hacen que se desencadene todo, y que ponen el verdadero foco de la película en la parte emocional. Harlin se toma mucho tiempo en acercarse a sus personaje antes de que aparezca la primera aleta, desde el choque cultural que representa el equipo de eSports chino frente a los deportistas americanos, una anciana de camino a ver a su nieta o una recién formada familia con hijos de otros matrimonios que no terminan de entenderse.

Aaron Eckhart, capitán de emergencia
Pero de todos esos personajes quizá el que mejor resuma el espíritu de En mar abierto sea el de Aaron Eckhart, un copiloto que otrora pudo haber sido algo más y se ha tenido que “conformar” con trabajar para una aerolínea de bajo coste, en la que trabaja sin descanso bien para conseguir dinero o bien porque prefiere no enfrentarse al drama familiar que le aguarda en casa. El que diera vida a Harvey Dent/Dos Caras en El caballero oscuro de Christopher Nolan llevaba un tiempo fuera de juego más allá de la saga Objetivo: La Casa Blanca -en la que acompaña a Gerard Butler como el presidente de los Estados Unidos- pero con esta película ha vuelto a ponerse el mono de trabajo y cuaja una sólida actuación como héroe por accidente, un perdedor que obtiene una segunda oportunidad al igual que el personaje de Ben Kingsley.
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Esa historia, y cómo se va conjugando con la del resto de personajes, es quizá lo más interesante de una película que apuesta por la seriedad y el drama en las antípodas de la autoconsciencia y humor del género, una línea que roza en más de una ocasión pero que nunca termina de cruzar. Harlin diseña un ejercicio de supervivencia con gran orden y coordinación para que el espectador se sitúe en todo momento a pesar del mar abierto, pero no consigue transmitir el mismo peligro ni fuerza que en Deep Blue Sea, y la pantalla verde de los efectos digitales es a veces mayor incordio que unos tiburones de lo más salvajes pero atragantados de intensidad. Si la fiebre por la sharksploitation ha vuelto, habrá que buscar nuevas formas de recuperar la gloria que Spielberg o el propio Harlin conquistaron en su día.
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