
Tras dos semanas en cartelera, La Odisea sigue llenando las salas de cine de todo el mundo. La nueva película de Christopher Nolan ha recaudado hasta la fecha unos 640 millones de dólares, lo que la convierte en clara candidata a ser una de las películas más taquilleras del año. Las razones de su éxito son varias: un clásico de la literatura de telón de fondo, un reparto lleno de estrellas, un director consagrado... y un buen puñado de escenas que los espectadores tardarán en olvidar.
Sin entrar en spoilers, diremos que La Odisea tiene varias secuencias capaces de que, incluso quienes han leído el texto original de Homero, sientan que es la primera vez que ven a Ulises sobrevivir en el Mediterráneo, o que asisten a los últimos días de la guerra de Troya. Precisamente en este conflicto bélico se da una de las imágenes más icónicas de la película de Nolan. La imagen del famoso caballo de madera, encabritado y semienterrado en la arena, se ha transformado en un nuevo hito visual del cine contemporáneo. Incluso se han hecho cubos de palomitas con su forma.
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A pesar de que Christopher Nolan comenzó a trabajar en esta producción hace apenas dos años, lo cierto es que esta escena estaba en la mente del director desde hacía mucho más tiempo. Concretamente, dos décadas antes ya se había planteado la mejor manera de mostrar en imágenes el caballo de Troya. La razón la desvelaría el guionista David S. Goyer, quien trabajó con el director británico en su trilogía de Batman. Lo cierto es que, tras el éxito de Memento e Insomnia, Nolan apuntaba a dar el salto a una película de alto presupuesto. La primera candidata no fue la del hombre murciélago, sino Troya (2004). Sin embargo, finalmente el elegido sería Wolfgang Petersen, director de títulos como La historia interminable o El submarino.
Una apuesta por el realismo
La decisión de que Christopher Nolan dirigiera Troya ya estaba prácticamente tomada, y solo un cambio inesperado en Warner Bros precipitó los acontecimientos. En aquellos años, la productora ya estaba trabajando en Batman vs. Superman, proyecto que finalmente decidieron cancelar, por lo que se decidió que Petersen, quien estaba al mando, fuera el director de Troya, puesto que era este cineasta alemán quien había trabajado inicialmente en la adaptación de La Ilíada. Como compensación, a Nolan le dieron la oportunidad de dirigir Batman Begins.
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En cualquier caso, Nolan ya había dedicado una gran cantidad de tiempo a pensar en algunos pasajes claves del relato épico. “Pensé mucho en el caballo de Troya y en cómo representarlo para que pareciera creíble”, según declaró en una entrevista con el diario The Independent. Esa duda estaría presente en su mente durante años, y quién sabe si, finalmente, sería lo que hizo decidirse al cineasta por La Odisea al poco tiempo de recoger su Oscar por Oppenheimer. Cuando tuvo la oportunidad de adaptar el clásico de Homero, Nolan recuperó aquella antigua obsesión y desafió la tradición visual con un caballo medio hundido en la playa, con una postura desafiante y su presencia casi antinatural.

La fuerza que transmite la imagen se debe a que la mayoría de elementos de esa escena están realizados artesanalmente, como es costumbre en un director que siempre ha preferido lo real en vez de lo digital. La decisión de apostar por construcciones físicas refuerza el compromiso del cineasta con una puesta en escena que privilegia la autenticidad y la experiencia sensorial directa. Lo mismo ocurre con otros pasajes, como el cíclope Polifemo, que en realidad es una marioneta de grandes dimensiones, o Caribdis, un gigante remolino generado inicialmente con motos acuáticas que no se ven en la pantalla, y que luego los efectos especiales se encargaron de magnificar.
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La Odisea mantiene la prioridad por el espectáculo tangible porque, de hecho, es una película que reduce bastante la parte sobre los dioses de la historia original para centrarla en un relato sobre el ser humano. Podemos empatizar con lo que vive Odiseo durante todos los años en los que intenta volver a su casa, del mismo modo que, desde las murallas de Troya, podemos quedarnos impresionados por ese caballo de madera que, tres mil años después, se aparece ante nosotros más real que nunca.
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