
Margarita Andrey, considerada la actriz más longeva del cine español, ha fallecido tras haber cumplido los 100 años el pasado mes de septiembre. Su trayectoria, marcada por una veintena de películas y una presencia destacada en las décadas de los cuarenta y cincuenta, quedó interrumpida en 1956, año en que se retiró definitivamente de la interpretación. Su vida y carrera reflejan tanto el esplendor de una época como las limitaciones impuestas por el entorno social de entonces.
La noticia de la muerte de Andrey pone fin a una existencia longeva, caracterizada por una temprana y fulgurante popularidad. Nacida en Madrid en 1926, de padres suizos, fue una figura recurrente en el cine español durante poco más de una década. En ese tiempo, protagonizó títulos emblemáticos como Historias de la radio y Aeropuerto, donde compartió pantalla con Fernando Fernán Gómez y Paco Rabal, consolidándose como un rostro conocido de la gran pantalla. La primera aparición de Andrey frente a las cámaras data de 1944, en un cortometraje documental sobre el parque de El Retiro. Poco después, inició su carrera profesional en El sobrino de don Búfalo Bill (1945), dirigida por Ramón Barreiro. Su talento y presencia no pasaron desapercibidos para Enrique Gómez, quien la eligió como protagonista en Viento de siglos y la dirigió en otras ocho ocasiones, convirtiéndola en su actriz predilecta.
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En la década de los cincuenta, el público quedó cautivado por la personalidad y fotogenia de Andrey. Entre sus papeles más recordados figuran la sofisticada dama de Aeropuerto (Luis Lucia, 1953), donde su personaje encandilaba a Fernando Fernán Gómez, y la locutora ingenua de Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955), en la que su voz fue doblada para el personaje que se enamora del rol interpretado por Paco Rabal. Otros títulos destacados de su filmografía incluyen El padre Pitillo, La lupa y Zalacaín el aventurero. Durante su etapa de mayor éxito, Andrey fue considerada uno de los rostros más bellos del cine nacional. Su singular belleza de origen suizo, junto con su elegancia y dulzura, la distinguieron en la España de la posguerra. Los espectadores la identificaban por su sonrisa angelical y sus ademanes refinados, aunque nunca llegó a aparecer en una película en color.

De origen suizo y parecido hollywoodiense
Margarita Andrey Monnard nació en Madrid en 1926 en el seno de una familia acomodada. Sus padres, de origen suizo, influyeron notablemente en su formación y en sus costumbres. La actriz relató que su infancia estuvo marcada por la Guerra Civil Española, periodo durante el cual vivió en San Ildefonso y posteriormente en Burgos, antes de regresar a Madrid para continuar sus estudios. Intentó completar el bachillerato y una carrera de Comercio, pero su interés por el arte la llevó finalmente al cine. Desde pequeña, Andrey fue socia del Club Suizo de Madrid y mantuvo un vínculo estrecho con el país de sus padres, viajando allí siempre que era posible. Practicaba gimnasia y natación a diario y sentía afición por la lectura, los viajes y el cine internacional, admirando a figuras como Gary Cooper e Ingrid Bergman.
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En 1955, cuando gozaba de plena popularidad y sus películas eran proyectadas en todo el país, Margarita Andrey anunció su boda y su intención de abandonar la actuación. Esta decisión estuvo motivada, según se informó, por la influencia de los valores familiares de su entorno, incompatibles con la profesión de actriz. El retiro se materializó tras el rodaje de Nunca es demasiado tarde (Julio Coll, 1956), y una última propuesta que no llegó a concretarse. Durante más de siete décadas, Andrey permaneció en el anonimato, centrada en su familia y alejada de los focos. Contrajo matrimonio, tuvo dos hijos y llevó una vida privada, lejos del ambiente cinematográfico. Su drástica retirada y la fragilidad de la memoria colectiva explican que hoy sea recordada principalmente por su longevidad y por el testimonio que sus películas aún ofrecen.
Dotada de una personalidad amable, educada y discreta, Andrey fue comparada en su época con la actriz estadounidense Loretta Young. Su sentido del humor y su trato afable la hacían destacar en los círculos que frecuentaba. Crítica implacable de su propio trabajo, aspiraba a ser en la pantalla una figura dulce y valiente, según declaró en entrevistas de la época. Pese a su retiro temprano y la distancia mantenida del cine, Margarita Andrey deja una huella imborrable para quienes valoran la historia del cine español. Su figura, asociada a una etapa dorada de la cinematografía nacional, sigue viva en las películas que protagonizó y en el recuerdo de quienes la admiraron.
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