
Cuando le preguntamos a Laura Ramos qué es lo más importante para ella cuando escribe una historia real, responde que “todos los posibles puntos laterales”. Fue por eso que, cuando se dio cuenta de que la mujer española encargada de cuidar a su hermano y a ella cuando eran pequeños había sido, en realidad, una de las espías más condecoradas de la Unión Soviética (URSS), y tras recolectar todo el reguero de (escasos) documentos oficiales sobre esta mujer, decidió que esa no era la mejor forma de encontrar la verdad en “la búsqueda de un fantasma”.
Cambió entonces el método. Aplicó esa lateralidad que tanto le interesa para recuperar “todo lo que los historiadores suelen desechar”. “Los rumores, los chismes, los llantos, las confesiones”, enumera, pues afirma que es esto lo que, paradójicamente, “forma la historia”. De este modo, partiendo de lo riguroso, pero también abierta a todos esos rumores que se saben pero nunca se pudieron ni se podrán confirmar, presenta Mi niñera de la KGB (Lumen) como el resultado de toda su investigación.
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A medio camino entre una historia de espías, una memoria familiar y una crónica histórica, Ramos depura el estilo que la ha convertido en una de las grandes rúbricas del periodismo argentino para contarnos la historia de África de las Heras (1909-1988), agente secreto de los servicios soviéticos desde 1937. Paracaidista en la Segunda Guerra Mundial, implicada en el asesinato de Trotsky y otras tantas muertes, incluyendo la de su propio marido, fue también niñera de la familia Ramos mientras montaba una red de espionaje en Montevideo (Uruguay). Sin embargo, las revelaciones con las que la autora salpica su texto nos dicen que, en realidad, hubo mucho más que eso.

Una asesina y una heroína al mismo tiempo
Al poco de empezar la entrevista, Ramos se disculpa por seguir llamando María Luisa a África de las Heras. “Para mí es ella, es como si vos tu mamá te tuviera que empezar a decir Juan Carlos González: no te puede cambiar el nombre”. Todo comenzó en 2018, cuando alguien le susurró a su hermano: “La modista que los cuidaba a ustedes era una agente soviética”. Habían pasado más de cincuenta años desde que esa amiga de su madre los recogía del colegio y les traía “pastas de la Mallorquina”, y para Laura Ramos, descubrir la verdad conllevó varias “subidas y bajadas” emocionales que le hicieron dudar a la hora de escribir el libro que se traía entre manos.
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Y es que muchas de las informaciones que figuran en Mi niñera de la KGB no habían sido recogidas por la historiografía hasta ahora. Fue Laura Ramos quien, con ayuda de pruebas y “chismes de baja estofa”, acabó recomponiendo el retrato múltiple de una mujer a la que conocía de cerca. “Fue un horror saber que había participado en el asesinato de Trotsky (a manos del catalán Ramón Mercader, quien también aparece en el libro). Por cómo lo habían exiliado, era un héroe romántico para todos, un héroe expulsado y un profeta desterrado. Saber que ella había participado... No lo quería escribir en parte por eso”.
Sin embargo, junto a estos descubrimientos, surgieron otros que mostraron que no solo había sido una asesina. “Se había tirado en paracaídas sobre las tropas nazis, había liberado a españoles que huían a Francia, se metió en la sede de la Gestapo en París disfrazada de mujer en la limpieza para encontrar documentos con nombres de españoles que pensaban ejecutar”. Todas estas hazañas, a veces confirmadas y otras no (“el lector elige qué creer”, apunta la autora) fueron las que le permitieron reconciliarse con una mujer que, también, “era una heroína”.
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La muerte de un bebé que pudo cambiarlo todo
A través de todas las capas que Ramos construye alrededor de África de las Heras, se deduce que estas no son sino el reflejo individual de los múltiples niveles que tiene también la historia del mundo. “Es algo construido no solo por la visión que tienes, sino también por casualidades y coyunturas personales”. La autora cita a Borges para recordar que, precisamente por el hecho de que “en cada hombre estamos todos”, “todos los sentimientos que puede tener una persona están en todos”. “Y qué complejos, perversos y también tal vez tiernos podemos llegar a ser”, se asombra.
María Luisa, María de la Sierra (otro de sus nombres falsos), Irena Viktronova, Patria... Todos los nombres que llevó consigo llevan consigo buena parte de los principales acontecimientos que sacudieron medio siglo XX, pero también misterios personales que le llevaron meses de investigación, como ese hijo, Julián, que decía haber perdido a los doce años. “Me pasé meses buscando en Rusia, pensando que habría sido mandado allí, pero descubrí que Julián no existía. Descubrí un certificado de nacimiento de un niño muerto a los seis meses de edad por meningitis”.
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Puede que el fallecimiento del bebé por esta enfermedad, cuyos síntomas producen un sufrimiento “inenarrable”, fuera lo que provocó el colapso de una mujer que abandonó toda su vida en Ceuta (su ciudad natal) para iniciar otra completamente distinta. Años más tarde, se reencontraría con su madre y su hermana en París, pero las despidió con un duro mensaje: “Rompo con ustedes, no las puedo ver más. No es que no quiera, sino que no puedo. Mi nueva vida me pide esto y es lo que siempree deseé. Soy feliz, pero tengo que dejar de ver a todas las personas que conocí hasta ahora”.

Varias preguntas sin respuesta
Del mismo modo que cuesta reconstruir la vida de alguien que se empeñó en borrar cualquier rastro de ella, cuesta también saber exactamente por qué África de las Heras hizo lo que hizo. Lo que se deduce del libro de Ramos, no obstante, es que en todo momento pareció acompañarla un gusto por la falsificación. “Ese también es otro tema del libro”, apunta la escritora, que reserva un capítulo de su crónica para contar cómo, en realidad, no fue la única que se benefició de todas aquellas falsedades que envolvieron su etapa como niñera. “Regaló muchas de sus propiedades a precios irrisorios”, pone como ejemplo.
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Estas y otras cuestiones son las que dejan en el aire un por qué que quizá no se resuelva nunca. Por eso mismo, terminamos la entrevista preguntándole a Ramos qué preguntas le haría a su antigua niñera si la volviera a tener delante. En seguida, acude a su cabeza el tema del asesinato de Trotsky. Cuál fue su implicación exacta, dejando a un lado sus labores de espionaje, y la razón por la que, incluso después de cometerse el crimen, fue la española más condecorada de la URSS, incluso por encima de Ramón Mercader.

“También le preguntaría cuánto había de verdad en su afecto por nosotros”, termina la autora. “A todos nosotros, no solo a mi hermano y a mí, sino a todo el grupo de amigos que la rodeaba. Cuánto había de ella en María Luisa, la modista; cuánto había de la verdadera, si es que había una verdadera”. A veces, reconoce, piensa que África de las Heras era sus propias máscaras, una “adicta a la falsificación”. “Entonces, puede que fuera simplemente lo que le pedía cada identidad en cada misión”. Paradójicamente, descubrir la verdad podría haber conducido a que el libro nunca se hubiera escrito, y que esta mujer, resueltos los misterios, jamás se hubiera convertido en historia.
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