
¿Alguna vez te has parado a pensar en que cada una de las personas que se cruzan por la calle tienen una vida tan rica y compleja como la tuya? Todos los desconocidos con los que cruzas tu camino viven una experiencia única llena de pensamientos, emociones y momentos que nunca llegarás a conocer. Aunque, quizá lo que resulte más sobrecogedor, es que en esa amplia constelación de vidas, tu papel sea meramente secundario, cuando no inexistente.
Esta emoción aquí descrita, o mejor dicho, esta tristeza, no tiene nombre: ni nuestro diccionario ni el de ningún otro idioma posee una palabra para expresarla, aunque sea algo que, en algún momento, todos hemos sentido. Esto fue algo de lo que se dio cuenta muy pronto John Koenig, un joven escritor y creador de contenido que en cierto momento se dio cuenta de que, en sus poemas, muchas veces se encontraba en el viacrucis de tener que explicar algo para lo que no hay palabras. “Incluso el inglés, el idioma con más vocabulario, mostraba esas carencias”.
De esta situación, nacería el Diccionario de tristezas sin nombre, un famoso canal de YouTube (reconvertido ahora en libro por la editorial Capitán Swing) donde Koenig reúne algunas de las palabras que ha inventado para rellenar esas “lagunas lingüísticas”. Quizá, lo que más le impactó de este proyecto en el que ya lleva siete años fue descubrir que, en realidad, esos sentimientos a los que ahora da voz eran compartidos por muchas otras personas. Las mismas que ahora usan esos mismos términos como si siempre hubieran existido.

Sentirnos menos solos
“Siempre me han fascinado los idiomas”, nos cuenta John Koenig al inicio de la entrevista. “Crecí en Ginebra, Suiza, rodeado de muchísimos idiomas diferentes”. Desde niño, pues, el contacto con varias realidades lingüísticas (gente de su entorno hablaba en francés, en alemán e incluso en español) le llevó a descubrir palabras únicas, como el hispanismo duende (Encanto misterioso e inefable) o la palabra africana ubuntu (“yo soy porque nosotros somos”), de cada uno de esos idiomas que no existían en inglés, su lengua materna.
“Creo que eso ayudó a inspirar este libro, al toparme con palabras para las que no hay equivalentes”, reflexiona ahora. Sin embargo, habría que esperar unos cuantos años más hasta que surgiera el Diccionario de tristezas sin nombre, concretamente, hasta los años de universidad en los que este proyecto empezó casi “como una forma de reírse de uno mismo, de mis miedos irracionales y pensamientos aleatorios”.
La idea fue a más cuando Koenig empezó a recibir correos electrónicos de personas describiendo emociones para las que buscaban nombre, y que por primera vez en mucho tiempo le hicieron sentir que no estaba solo. En ese sentido, el autor de este singular diccionario reconoce que la mayor recompensa de estos siete años ha sido ver que su necesidad no era arbitraria: lo que no se dice no existe, algo que choca frontalmente con la condición humana. “Todos compartimos esa necesidad de legitimar emociones que no sabemos cómo expresar”.

Un ‘collage’ lingüístico
El proceso de construcción de una palabra tampoco es algo aleatorio. En primer lugar está la emoción a nombrar, que puede ser pensada por Koenig o recomendada por alguno de sus seguidores del canal de YouTube o de su página web. Después, realiza una búsqueda en webs como Wiktionary para asegurarse, por un lado, de que no exista ya un término que exprese el sentimiento, y por otro, de encontrar palabras similares que tomar como punto de partida. “Tomo palabras reales, las despedazo y recombino, un collage lingüístico”, define.
El resultado de este trabajo puede verse en las decenas y decenas de definiciones incluidas en el Diccionario. Desde laquesismo, el anhelo que sientes cuando ves una tormenta acercarse y esperas que sacuda tu vida, a anemoia, la punzada de nostalgia por tiempos que no hemos vivido cuando miramos fotos antiguas, pasando por dés vu, un déjà vu a la inversa en el que, mientras estás viviendo algo, tienes la certeza de que ese momento se convertirá en un recuerdo imborrable.
“Si sentimos algo que no encaja en tristeza, enojo o alegría, solemos enterrarlo”, lamenta Koenig. “Pero en cuanto le ponemos nombre, lo vemos con más claridad, como cuando aprendes el nombre de un pájaro y empiezas a verlo por todas partes. Eso es lo que hace el lenguaje”. Esta cuestión, para él, es muy relevante, dado que muchas veces corremos el riesgo de subestimar el poder de las palabras. “Creo que ser pasivo respecto a tu propio lenguaje es dejar que te programen la forma en que ves el mundo. La mayoría de nuestras palabras se inventaron hace 400 años y arrastran valores antiguos, a menudo de culturas coloniales y poco dadas a la vulnerabilidad”.

Las palabras que nos separan y nos unen
Al mismo tiempo, Koenig advierte de otro peligro totalmente contrario: el estado de “hiperdefinición” en el que vivimos hoy en día. “Con las redes sociales y la masificación mediática nada parece auténtico, y el lenguaje tiene mucho que ver en ello”, valora. “Muchas cosas que vemos hoy en día son abstractas, Hablamos de justicia, por ejemplo, o de otros conceptos que no vivimos, y es peligroso porque todo puede acabar siendo simbólico. Es como cuando apuntas una cámara a una pantalla y surgen patrones y remolinos: todo significa otra cosa... y nada es real”.
La diferencia entre esa hiperdefinición y el Diccionario de tristezas sin nombre tiene que ver no con el origen de las palabras, sino con su destino. Mientras los términos de la actualidad muchas veces nos dividen, los términos del libro de Koenig nos introduce en el mundo de las emociones y de lo instintivo, pero también de lo común. “Hay valor en ponerle nombre a tus emociones porque te ayuda a conocerte, pero si puedes compartirlo con otros es aún más poderoso”.
El mayor ejemplo de eso es la palabra que mencionábamos al principio, sonder. Al principio, Koenig la inventó para nombrar algo que sentía y no lograba identificar, pero con el tiempo, “se convirtió en una palabra real para mucha gente”, que la usaba sin saber quién o cuándo la había creado. “Al principio pensé: ‘Es mía’, pero luego me di cuenta de que así funcionan las palabras. Todas las inventó alguien y hoy somos nosotros quienes estamos aquí para divertirnos con ellas”.
Recuperar el verdadero significado de la tristeza
Al final de nuestra conversación con Koenig, le preguntamos por qué su diccionario es de tristezas. “La palabra tristeza en inglés (sadness) deriva de satis en latín, que está relacionada con una idea de plenitud frente al vacío”, argumenta. “Tendemos a valorar lo que sentimos como bueno o malo, pero es erróneo, creo que deberíamos entender lo que sentimos como el clima: nubes que flotan en nuestra mente y que no son necesariamente prescriptivas ni nos revelan una verdad, sino que son algo con lo que debemos compartir espacio y sentirnos cómodos”.
Por este mismo motivo, Koenig no rehúye todo este tipo de emociones que podrían pasar por intensidades innecesarias o por deprimentes crisis existenciales. “Creo que son sentimientos alegres porque... te sientes vivo, ¿sabes? Creo que también tiene que ver con el asombro, y por suerte tenemos el lenguaje para conseguir una conexión a partir de ello con otra persona”. Paradójicamente, cree que un hipotético Diccionario de alegrías resultaría “deprimente”. “Es como cuando alguien se te acerca y te dice que ha tenido un día perfecto, pero tú no (ríe). Creo que en la tristeza hay algo más intenso y real”.
En definitiva, el Diccionario de tristezas sin nombre se erige como un mapa poético de la experiencia humana. Cada término es una oportunidad para comprendernos mejor, pero también para entender hasta qué punto el lenguaje nos articula. De ahí que la cita con la que arranca el libro de Koenig resulte tan pertinente. Una frase del cómico y escritor Steven Wright: “Leí el diccionario. Me pareció un poema sobre todo”.
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