Desde los primeros compases de esta nueva temporada de Los Bridgerton, queda claro que el servicio doméstico va a tener mucha importancia, casi a la altura de la aristocracia que hasta el momento había protagonizado las intrigas de la serie basada en las novelas de Julia Quinn.
Y es que la apertura del capítulo inaugural de la cuarta temporada comienza desde la trastienda de la casa Bridgerton, mientras que los cocineros, las doncellas y demás cargos dentro de la mansión, preparan una fiesta de máscaras.
A partir de ese momento, volverán a aparecer los rostros conocidos (al menos los que se mantienen): la matriarca, Lady Violet (Ruth Gemmell), las nuevas parejas formadas por Penelope Featherington/ Lady Whistledown (Nicola Coughlan) y Colin (Luke Newton) y Francesca (Hannah Dodd) y Lord John Stirling (Victor Alli) que marcharon a Escocia junto a la siempre rebelde Eloise (Claudia Jessie).
El libertino se enamora
Sin embargo, el galán de la temporada, ya se sabía que iba a ser Benedict Bridgerton (Luke Thompson), el artista y bala perdida de la familia, el libertino y sin ninguna intención de enamorarse. Sin embargo, en la fiesta de disfraces, conocerá a una misteriosa joven de la que se obsesionará aunque, como en La Cenicienta, desaparezca a las 12 de la noche.
Y es que la joven, Sophie Baek (Yerin Ha) tiene una historia muy similar a la del cuento de hadas: fue hija ilegitima de un noble que se casó y, su madrastra, Lady Penwood (Katie Leung), la obligó a ser su criada para ella y sus hijas, humillándola de forma permanente durante años hasta que la desterró de su casa familiar definitivamente.

Y es que, más allá con los paralelismos con la famosa fábula del zapato de cristal (aquí es un guante), la verdadera aportación de esta temporada radica en el tratamiento de las clases sociales y la mirada sobre quienes habitan “los pisos bajos” de las grandes mansiones.
La showrunner Jess Brownell ha optado por mostrar la vida cotidiana del personal doméstico: sus preocupaciones, su trabajo invisible y la precariedad asociada a su existencia, lo que recuerda, por tono y enfoque, a series como Arriba y abajo o Downton Abbey.
La clase trabajadora, protagonista
Este giro temático permite también observar cómo el amor desafía las fronteras sociales, aunque los prejuicios y la presión del entorno hacen particularmente difícil el desarrollo de romances entre personajes de distintos estratos.
La figura de Sophie, que lucha por encontrar un espacio propio en una sociedad que la ignora por su origen ilegítimo y por su condición de sirvienta, se presenta como el gran contrapunto a las rígidas costumbres de la aristocracia, mientras Benedict trata de conciliar su deseo de libertad con las expectativas familiares.

Además del eje central de la relación entre Benedict y Sophie (de nuevo se ha conseguido que exista una química de alto voltaje), estos primeros capítulos también ponen el acento en una serie de cuestiones: el ‘redescubrimiento’ sexual en la madurez de Lady Bridgerton junto a Lord Marcus Anderson (Daniel Francis), la búsqueda del placer por parte de la pacata Francesca junto a su esposo y la relación de amistad entre la reina Charlotte (Golda Rosheuvel) y Lady Danbury (Adjoa Andoh), marcada tanto el sentimiento de dependencia y el cariño incondicional.
Como suele ocurrir, las parejas que protagonizaron las anteriores temporadas se encuentran en paradero desconocido, a excepción de Penelope y Colin, aunque su trama quede al margen más allá del papel de Lady Whistledown y un pequeño homenaje a aquel icónico momento de sexo en el carruaje.
Una serie que ha sabido reinventarse
Todo lo demás, lo hemos visto ya. No impresiona el despliegue visual, ni las fiestas, de la ornamentación ni la escenografía opulenta. Pero, estos primeros capítulos de la cuarta temporada precisamente intentan alejarse en parte de todo eso, poniendo énfasis, como hemos dicho, en cuestiones como la guerra de doncellas que se desata cuando queda claro el trato que sufren las empleadas. Hay un episodio de casi violación de una de ellas que también resulta importante a la hora de reflejar las condiciones de desprotección en las que se hallaban las mujeres en situaciones de vulnerabilidad.

Lo tenía difícil esta T4 para estar a la altura de las anteriores pero, afortunadamente ha sabido reinventarse y volver a trasladar el espíritu juguetón y picante que constituye su esencia para componer un planteamiento diferente sin perder de vista su esencia de culebrón entre lo sublime y lo ridículo.
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