Los Bridgerton. Esa serie que genera espanto, estupefacción y fascinación al mismo tiempo. Pocas ficciones pueden presumir de algo así, porque son nociones totalmente contradictorias. Pero es la base esencial del placer culpable, de ‘guilty pleasure’ del que no tenemos que justificarnos, porque nos proporciona cosas que ni siquiera sabíamos que necesitábamos consumir. Llamémosle morbo, o mejor dicho, culebrón bien confeccionado para ser deglutido con ansia.
La factoría de Shonda Rhimes, ‘showrunner’ responsable de éxitos como Anatomía de Grey, sabe cómo enganchar al espectador y atraparlo en su tela de araña. No es nada malo ser adicto a Los Bridgerton. Pero, lo realmente increíble, es que haya logrado mantener la categoría de ‘hype’ después de dos temporadas en las que, incluso, se han cambiado los protagonistas.
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He aquí su gran logro, su capacidad de convertirse en fenómeno global: lo que importan son los romances imposibles, las intrigas, los escándalos y, por supuesto, los cotilleos, como si fuera una extensión del extinto Sálvame en versión ‘telenovela’ de sobremesa perfectamente adornado con todos los valores de producción habidos y por haber, (factura de lujo), y con ese juego constante con la ‘posmodernidad’ en el que se mezclan las canciones pop, al estilo de Maria Antonieta de Sofia Coppola, con el más rancio arquetipo de la historia decimonónica.
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‘Shondaland’: Una fórmula que funciona

En la primera temporada, el tándem formado por El Duque (Regé-Jean Page) y Daphne (Phoebe Dynevor) resultó irresistible y nadie podía imaginar que esa historia, basada en las novelas románticas de Julia Quinn pudiera ir más allá.
Pero, lo consiguió. La segunda temporada replicaba la estructura original a través del hermano mayor de Daphney, Anthony, heredero de la casa Bridgerton (interpretado por Jonathan Bailey) que se vería atrapado en un incómodo triángulo amoroso entre las hermanastras Kate Sharma (Simone Ashley) y Edwina (Charithra Chandran). Y todo funcionó de maravilla, ante la sorpresa del personal.
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Y aquí, en su tercera temporada, es cuando llega el triple salto mortal. Por fin, el relato se articula en torno una de las bases constitutivas desde el principio de la serie, o lo que es lo mismo, la pluma afilada de Lady Whistledown que se encarga de destripar las intrigas de la corte de la reina Charlotte (Golda Rosheuvel) y toda la hipocresía de un sistema de castas que se empeña en emparentarse entre sí para alcanzar poder económico y reconocimiento social.
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Desde el principio, Lady Whistledown tenía todos nuestros afectos. Era capaz de quitar las máscaras y mostrar la verdad detrás de toda esa parafernalia de apariencias. Pero no es ‘spoiler’ decir que hace tiempo que sabemos la identidad de esta gacetillera en la sombra, que no es otra que Penelope Featherington (Nicola Coughlan), sobre la que el concepto de ‘gordofobia’ siempre ha planeado y se le ha humillado indiscriminadamente a lo largo de las dos anteriores temporada. Pero ahora es su momento.
El poder y las debilidades de Lady Whistledown
Es uno de los aspectos importantes de esta tercera temporada. Por fin una serie de éxito tiene como auténtica protagonista a una mujer cuyo cuerpo escapa a los cánones ‘heteronormativos’, que tiene personalidad, ingenio y, por supuesto belleza, aunque sea no convencional. Bendita Penélope.
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Ahora es la protagonista y eso requiere casi un reclinatorio. Pero, no nos engañemos, la cosa empieza mal, con titubeos. A esta tercera temporada le cuesta arrancar, sobre todo porque ya conocemos sus mecanismos. Y hay cosas muy rancias, como los numeritos de los celos: cuando un hombre en apariencia no tiene interés por una mujer y, si la ve coquetear con otro, de pronto siente un afán de posesión.
Eso es lo que le ocurrirá a Colin Bridgerton (Luke Newton, convertido en el galán para la ocasión) que, después de haberse curtido en numerosos viajes en el extranjero, llegará a Londres como un gallito en el corral y descubrirá que, en el fondo, siempre ha estado enamorado de Penelope.
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Da igual que esta premisa nos la creamos o no. El caso es que funciona. Y lo hace como siempre, a golpe de sinvergonzonería sin tapujos. Lo de este romance no tiene límites para el sonrojo y, sin embargo, no puedes parar de verlo. Quieres más.
En efecto, el verdadero ‘intrigulis’, está relacionado con la identidad de Lady Whistledown, que por el momento solo conoce su (antes) mejor amiga Eloise Bridgerton (Claudia Jessie) y que en esta temporada aparece como casi su antagonista, después de aliarse con Cressida Cowper (Jessica Madsen), que ya va por su tercer año sin encontrar marido.
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Al mismo tiempo, la reina Charlotte endurecerá sus medidas para encontrar a Lady Whistledown y la madre de los Bridgerton encontrará un interés amoroso en el recién llegado hermano de Lady Agatha Danbury (Adjoa Andoh). Un lío.
Entre lo ridículo y lo sublime, entre lo chabacano y el ansia
Pero, ¡oh, milagro! Lo que podría haber sido una insensatez repetitiva de fórmulas, sigue siendo un auténtico triunfo, quizás porque es pura ambrosía de materiales de escombro convertidos en lujuria de todo a cien.
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De nuevo, la tercera temporada de Los Bridgerton (al menos estos cuatro episodios que componen esta tanda: nota, esta periodista ha visto más y va a mejor), deja claro que sabe cómo bascular a la perfección lo ridículo con lo sublime, lo chabacano con lo sofisticado, la mugre con el perfume malsano audiovisual. Una delicia.
Además, continúa con su esencia de heroínas fuertes y decididas que, a pesar del amor, no quieren renunciar a sus sueños, a su identidad. Y al deseo, al deseo insatisfecho que por fin se convierte en sexualidad jubilosa. Y eso está siempre muy bien.
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