Desde su primer encuentro en El desconocido (2015), el director Dani de la Torre y el guionista Alberto Marini han formado un tándem cada vez mejor engrasado a lo largo del tiempo, que ha ido dando sus frutos hasta desembocar en la excelencia.
No es que tengan una fórmula preestablecida, pero sus intereses son bastante específicos: hacer cine de acción de calidad y envergadura a través del que se destapan problemas sociales que afectan a la ciudadanía y que abarcan desde engranajes políticos de extrema complejidad a poner de manifiesto las miserias humanas en torno al poder y el dinero, al fin y al cabo, dos de los principales motores que mueven el mundo.
Después de crear juntos La Unidad, su primera serie conjunta, que se completó con la todavía más arriesgada La Unidad Kabul, el año pasado estrenaron, también en Movistar Plus+, otra ficción, Marbella, en este caso basada en un artículo escrito por los periodistas Nacho Carretero y Arturo Lezcano (también responsables de Fariña), que se encargó de destapar el funcionamiento de las mafias que operaban en la localidad de la Costa del Sol, convertida en un enclave fundamental del narcotráfico dentro de nuestro país.

La primera temporada nos mostraba a un abogado (un estupendo Hugo Silva) encargado de defender a las organizaciones delictivas. El protagonista, César Beltrán, hablaba a cámara y nos iba mostrando los entresijos de su negocio y cómo se establecía el intrincado ecosistema marbellí repleto de corrupción.
Los responsables consiguieron hacer una serie chispeante, canalla, inundada del lujo hortera de los nuevos ricos de la ciudad, todo contado desde el punto justo entre el rigor y el desmelene.
Un nuevo punto de vista, el de la justicia
Ahora, el tándem repite en una segunda temporada que, si bien enlaza con la anterior, tiene una idiosincrasia propia que la dota de una personalidad arrolladora.
En esta ocasión, el protagonismo se traslada a una mujer, Carmen Leal (siempre enorme y certera Natalia de Molina), fiscal antidrogas que se encuentra totalmente sola frente a una horda de delincuentes y de abogados que los defienden, entre ellos, César.
Ella será la encargada, en este caso, de romper la cuarta pared, y de contar al espectador todos los detalles de su trabajo, desde las trabas judiciales a las que se enfrenta a cómo buena parte del sistema se encuentra untado por el dinero de las mafias. Así, desde su mirada furiosa y responsable nos irá introduciendo en todo el ese perverso entramado del que, de alguna manera, todos somos cómplices.

Si en la primera temporada todo se contaba desde el punto de vista del canalla, del hombre que se beneficiaba de toda ese juego de intereses para enriquecerse monetariamente, en esta ocasión se explora el punto de vista de quienes luchan por hacer valer el Estado de Derecho en un entorno marcado por el auge del crimen organizado y las estructuras de protección legal que acompañan a estos grupos. En concreto, el de una mujer íntegra que se enfrentará incluso a su propia familia para defender el bien común.
Igual o mejor que las series internacionales
Marbella. Expediente Judicial tiene algo que no resulta habitual en las series de este género en nuestro país. Y no se trata que certificar que se pueden hacer grandes ficciones nacionales que se equiparen a las internacionales, de que haya escenas dirigidas de forma superdotada. Se trata de introducirse en el fango, de hablar de cosas incómodas que forman parte de nuestra sociedad de una manera tan didáctica como no solo entretenida, sino necesaria.
Es una serie que va de frente, que no se esconde, que es valiente y que escarba y se ensucia para que el espectador sea una parte activa del proceso, no un mero sujeto ajeno a la narración.

Y sí, todo lo que se cuenta, aunque parezca rocambolesco, está basado en hechos reales, incluido el episodio de las ‘narcolanchas’ que terminó en una tragedia, rodada como pocas veces se ha visto, de una manera tan cercana como cruda e impactante.
Marbella. Expediente Judicial es una serie modélica tanto en la forma como en el fondo, que se atreve y empuja con virulencia a destapar con responsabilidad y espíritu de denuncia la hipocresía de nuestro tiempo.
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