He aquí una pequeña joya que merece la pena descubrir por su imaginación, su discurso y su delicadeza. Se trata de la última película del director Gabriel Mascaro, una propuesta que desafía los convencionalismos del cine alrededor de la vejez, situando su relato en un Brasil ‘distópico’ donde los mayores son apartados de la vida productiva y recluidos en colonias geriátricas. La cinta, que ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín, se presentó en la pasada edición de la Seminci, donde fue recibida como una fábula poética y combativa sobre el edadismo.
La protagonista, Tereza, interpretada por la veterana actriz Denise Weinberg, es una mujer de setenta y siete años que, tras ser obligada a abandonar su trabajo en una fábrica de carne de caimán, se enfrenta a un futuro de tutela forzosa y aislamiento.
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En este Brasil del futuro, los ancianos son celebrados públicamente como “patrimonio nacional vivo”, pero esa aparente veneración esconde una realidad opresiva: pierden su autonomía, quedan bajo la custodia de sus hijos y no pueden realizar ni las compras más sencillas sin la autorización familiar. Si desobedecen, son trasladados en furgonetas conocidas como “Wrinkle Wagons” a la llamada “Colonia”, un lugar presentado como un retiro idílico pero que en realidad funciona como un vertedero social para quienes ya no se consideran útiles.

En este contexto, Tereza decide rebelarse y cumplir su sueño de volar en avión, lo que la lleva a embarcarse en un viaje clandestino por el Amazonas. Para ello, contará con la ayuda de Cadu, un barquero taciturno interpretado por Rodrigo Santoro (el mítico Xerxes de la película 300), y más adelante se unirá a Roberta, apodada la Monja, una mujer de su misma edad que sobrevive vendiendo biblias digitales y que representa la libertad conquistada a un alto precio.
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El recorrido de Tereza se convertirá así en una road movie fluvial, salpicada de elementos de realismo mágico, como el encuentro con el “caracol de baba azul”, cuya secreción permite ver el destino propio, y escenas tan singulares como una pelea de peces filmada en primer plano.
El propio Gabriel Mascaro explicó durante su paso por la Seminci que su intención era alejarse de los relatos habituales sobre la vejez, centrados en la muerte o la nostalgia, y explorar la ‘resignificación’ vital desde una perspectiva de resistencia y transgresión.
Mascaro ha citado como influencias tanto películas que abordan el aislamiento de los mayores, como Amor de Michael Haneke o Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu, como otras que exploran encuentros fortuitos y transformadores, caso de Antes del amanecer de Richard Linklater, pero subrayó su deseo de desplazar estos referentes hacia un cuerpo anciano como acto de resistencia.
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El Amazonas, escenario central de la película, no es solo un telón de fondo, sino un espacio cargado de simbolismo y poder mágico. Mascaro, que ha impartido clases en comunidades indígenas de la región, destacó la importancia de la selva y su imaginario en la construcción de la historia: “Quería adentrarme en este encanto del interior de la selva y los poderes mágicos que están en la fauna y la flora, en ríos sinuosos en los que te pierdes, pero donde también puedes encontrarte y el imaginario del Amazonas ya estaba en mi cabeza”, explicó.
Una película llena de magia
A lo largo de El sendero azul, Mascaro despliega un constante juego entre lo real y lo fantástico, alternando momentos de crítica social con secuencias de comedia, musical y realismo mágico. El director ha reconocido que una de sus principales influencias ha sido Una historia verdadera de David Lynch, especialmente en la idea del viaje como motor narrativo. Además, ha señalado que busca provocar a los actores con situaciones inesperadas durante el rodaje, rompiendo la estrategia de control habitual en el cine de ficción para dar cabida a lo imprevisto.
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La música desempeña un papel fundamental en la película, combinando géneros aparentemente inconexos para crear una experiencia lúdica y ‘contraintuitiva’. “La música parte de una mezcla de géneros aparentemente imposibles de conectar y fue el primer acto juguetón; como si hubiera una orquesta en la sala de cine que se comunica en todo momento con el espectador y jugase de forma contraintuitiva con lo que se está viendo”, ha detallado el director.

La crítica internacional ha subrayado la capacidad de la película para evitar los tópicos condescendientes que suelen acompañar a las historias de emancipación en la vejez. La interpretación de Denise Weinberg ha sido especialmente elogiada por su autenticidad y determinación, mientras que Miriam Socarrás, en el papel de Roberta, aporta un contrapunto vibrante y libre. Rodrigo Santoro, por su parte, encarna a un personaje vulnerable que revela sus heridas en una secuencia onírica marcada por el uso del caracol de baba azul.
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La ambientación de la película, obra de la diseñadora Dayse Barreto, contribuye a crear una visión plausible y crítica de un futuro autoritario, donde la propaganda y la vigilancia sustituyen a la tecnología ostentosa. El director de fotografía Guillermo Garza ha capturado paisajes fluviales de gran belleza, mientras que la banda sonora de Memo Guerra aporta texturas jazzísticas y ritmos poco convencionales que refuerzan el tono excéntrico del filme.
Reflexión sobre la vejez
Uno de los ejes centrales de El sendero azul es la reflexión sobre el valor de la productividad en la sociedad contemporánea y el destino de quienes quedan fuera de ese sistema. Mascaro ha manifestado su interés por explorar “el dilema que vive una sociedad que cree en la productividad como motor principal del mundo” y por imaginar nuevas formas de representación femenina en la vejez, alejadas de las expectativas tradicionales.
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