
Entre los grandes misterios sin aparente explicación de la historia del cine, el arrollador éxito en taquilla de Five Nights at Freddy’s merece un capítulo aparte. Vale que era la primera adaptación cinematográfica de una popular saga de videojuegos, pero pocos esperaban que aquella pequeña película terminase siendo una de las más taquilleras de 2023, la más vista de terror y el mejor estreno en toda la historia de Blumhouse, la productora de terror que cuenta con títulos como Déjame salir, Black Phone o las últimas entregas de Halloween, a la que precisamente superó.
Nadie entendió cómo una película sobre animales animatrónicos, dirigida por una cineasta semidesconocida y con Josh Hutcherson —un actor casi desaparecido en Hollywood desde el final de Los juegos del hambre— como protagonista pudiese atraer a tanta gente a las salas. ¿Eran los sustos? No había demasiados. ¿Era el gore? En absoluto. ¿El terror intrínseco de los muñecos? Un gran trabajo de la Jim Henson Creature Shop, sin duda, pero quizá no el único motivo. Sea como fuere, la película tenía algo, tangible o intangible, que había hecho a la película triunfar en salas, un logro nada desdeñable hoy día, pero de difícil explicación. Aunque está en la labor del crítico y periodista indagar en ese misterio.
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Mucha más explicación ha tenido la llegada de su secuela, Five Nights at Freddy’s 2, debido al éxito de la primera y la sed de Blumhouse después de la moderada recepción con títulos como La cita o Black Phone 2 este año, o sobre todo La piscina e Imaginary en 2024. Y, a la espera de ver cómo funciona en taquilla, lo cierto es que la película ya ha cumplido con su primera promesa: subsanar los errores de la primera entrega. A pesar de su éxito, algunas voces negativas surgieron con la película original tachándola de no ser fiel al material que adaptaba, de haber traicionado el espíritu del videojuego creado por Scott Cawthon, a pesar de que este se hubiese encargado del guion junto a la directora Emma Tammi.

Más sustos, más lore, menos cine
Esta secuela arranca en gran medida donde se quedó la anterior, aunque integra dos nuevas tramas —de la forma más ortopédica posible— para que no se sienta como un refrito. La primera es un prólogo en el que conocemos la trágica historia de una de las víctimas de William Afton, el hombre que interpretaba Matthew Lilard y que se dedicaba a secuestrar y torturar niños a través de muñecos animatrónicos controlados por él. Si en la primera entrega todo aducía a un componente puramente científico, aquí se nos cuenta que hay de por medio una maldición por la cual hay un quinto muñeco, Marionette, que no solo controla al resto —a saber, Foxy, Bonnie, Chica y Freddy— sino que también puede poseer a sus víctimas.
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La otra es la aparición de Mckenna Grace, quien encarna a una intrépida reportera de sucesos paranormales —de algo sabe la actriz después de participar en la continuación más reciente de Cazafantasmas— al estilo de la Gale Weathers de Scream, pero quien pronto se diluye al entrar en contacto con la otra trama. Lo hace, eso sí, en una de las mejores secuencias de la película, en el restaurante original de Freddy Fazbear, y en la que se gestionan mejor los sustos que ningún otro momento.
Teniendo en cuenta estos dos añadidos, la secuela busca plegarse en gran medida a las demandas de los fans y darles algo más del videojuego original, a través de guiños, memes e incluso una escena que parece directamente sacada del juego. Pero lo hace a costa de perder fuelle narrativo, ya que su guion brilla por absurdo e inconexo, presentando escenas que no es que superen cualquier suspensión de incredulidad, sino que directamente se contradicen las unas con las otras. A ello hay que sumar la más que impostada trama romántica entre Josh Hutcherson y Elizabeth Lail, que parece han dejado para desarrollar más adelante con la tercera entrega.
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Un final abierto a reconducir la situación
Lo peor y lo mejor que se puede decir a la vez de Five Nights at Freddy’s es que su condición de película puente deja la puerta abierta a la mejora, igual que con esta entrega han pulido algunos de los fallos de la primera. Es evidente que la presión por estar a la altura de la primera ha jugado en su contra y que Emma Tammi y Cawthon no han querido decepcionar a su público más fiel, pero por el camino se han despreocupado de cuidar otra serie de detalles que distinguen una película mediocre.
En mano de ellos, y de los propios espectadores —quien a juzgar por los hechos dirimirán el éxito de esta secuela— está que la saga continúe en la línea del terror de otras películas de la casa Blumhouse —ahí están las estupendas películas de Jordan Peele o M. Night Shyamalan— o que se conforme con los guiños y los memes al videojuego para contentar a un público que, sea joven o más adulto, merece un entretenimiento a la altura.
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