Apenas unos días después de su estreno, Frankenstein de Guillermo del Toro se ha convertido en la película número uno en Netflix, marcando un hito tanto para la plataforma como para el reconocido director mexicano. El largometraje no solo realiza una ambiciosa relectura del clásico de Mary Shelley, sino que también revela el peso de la identidad y la complicidad cultural entre del Toro y el protagonista, Oscar Isaac, quienes decidieron comunicarse exclusivamente en español durante todo el rodaje.
Desde los primeros momentos en el set, la decisión de hablar solo en español alteró la atmósfera habitual de una producción internacional. Oscar Isaac relataba a GQ que la comunicación íntima y orgánica con del Toro permitió crear un tono para la película alejado del solemne drama gótico: “Esta película es un melodrama mexicano emocional. Es una historia muy europea contada desde un punto de vista extremadamente latino”, afirmaba el actor. Este marco lingüístico y afectivo se hizo sentir en cada escena, impregnando la adaptación de una sensibilidad visceral y latinoamericana capaz de transformar el relato europeo en algo distinto, emocional y cercano.
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La gestación del filme ha sido, en sí misma, el cumplimiento de una búsqueda prolongada para Guillermo del Toro. Según el propio director, su fascinación por la figura del monstruo de Shelley nació en la infancia, cuando veía a la criatura como un “santo patrón”. Tras varios intentos fallidos por llevar la novela a la pantalla, del Toro apostó finalmente por una versión personal, desafiante de los moldes tradicionales. En su adaptación, la monstruosidad actúa como espejo trágico y tierno de la condición humana, emparentando las heridas personales con las de todo un continente huérfano, desarraigado y esperanzado.

Una oscuridad aliviada por las bromas
El proyecto arraiga también en una complicidad cultual. Tanto del Toro como Isaac comparten raíces latinas; el director confió en Isaac para el papel central tras una reunión en su casa que poco tuvo de formal. Como contó el propio actor, la oferta del papel surgió entre confidencias personales, platos de comida cubana y recuerdos familiares. Antes de despedirse, del Toro le entregó dos libros: la novela de Mary Shelley y el Tao Te Ching, manifestando una intención deliberada de fusionar la tradición europea del terror con una mirada sensible y espiritual.
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La apuesta se refleja en todo el diseño visual y dramático del filme. “No quería que Frankenstein fuera una pieza de museo sino un organismo vivo, lleno de energía moderna”, declaró del Toro según GQ. La fotografía satura los colores y los vestuarios dotan de singularidad a cada personaje, mientras el Victor Frankenstein de Isaac oscila entre el romanticismo desgarrado y la introspección. Jacob Elordi, en el papel de la criatura, alterna momentos de inocencia pura y tragedia mortal, construyendo una figura ambivalente, casi sagrada.
Para profundizar en esa apropiación cultural, del Toro bautizó a su Frankenstein con los nombres legales de Oscar Isaac, afirmando así la pertenencia latinoamericana del personaje. “No es casualidad que el nombre real de mi Víctor sea Óscar Isaac Hernández”, recordó el director. El propio Isaac reconoció que la cercanía emocional y el uso del español ayudaron a evitar el exceso de solemnidad: “Entre bromas y confidencias, la oscuridad del relato coexistía con una ligereza necesaria”, explicó el actor.
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Esta fusión de tradiciones, sentimientos y raíces define la originalidad de la versión de del Toro. El melodrama mexicano aflora en las pasiones desbordadas, el dolor heredado y los vínculos que luchan por persistir pese a la tragedia. La esfera espiritual y humana sobrevuela toda la narración, generando puentes inéditos entre la literatura inglesa y la identidad cultural latinoamericana. Hoy, con la película ya disponible globalmente a través de Netflix, espectadores de todo el mundo acceden a una reinterpretación del mito clásico en clave intensamente personal. Lejos de ofrecer un simple tributo, Guillermo del Toro y Oscar Isaac han tejido un relato universal contado en el registro sentimental de Latinoamérica, donde la monstruosidad no es solo horror, sino también refugio, herida y esperanza.
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