
Cada agosto, cientos de personas miran hacia el cielo en busca de destellos que cruzan la noche; no obstante pocos saben su nombre. Son las perseidas, una de las lluvias de meteoros más populares y espectaculares del calendario astronómico, que se manifiestan cada año, cerca del 12 de agosto. Este espectáculo anual es una oportunidad para conectar con el cielo y para explorar las historias que acompañan a sus protagonistas: la constelación de Perseo, los cometas y los relatos mitológicos que acompañan cada observación.
La constelación de Perseo, situada en el hemisferio norte, ocupa un papel especial en este fenómeno, ya que sus estrellas parecen formar una figura coherente. Entre ellas Mirfak es su astro más brillante, y se localiza a unos 590 años luz de distancia. Mientras Algol, una de las más famosas por su luminosidad variable, se encuentra a solo 90 años luz. A ellas se suman la Nebulosa California y varios cúmulos, conformando un conjunto diverso de fenómenos astronómicos.
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Pero, en realidad, cada una se encuentra a diferentes distancias y no guardan vínculo físico alguno más allá de su alineación visual. Esto es posible gracias a los conocimientos que ha aportado la astronomía moderna, con los que se sabe que el cielo no es permanente y constante, sino móvil y efímero, aunque esa transitoriedad lo convierte también en una fuente de asombro.
De las “lágrimas de San Lorenzo” al vínculo con Perseo

Desde el hemisferio norte, todos los años pueden observarse las perseidas con gran claridad y frecuencia: a veces se cuentan hasta 200 meteoros por hora, que cruzan el cielo a más de 50 kilómetros por segundo. Esto convierte a esta lluvia en uno de los momentos predilectos para aficionados y expertos de astronomía. Sin embargo, a pesar de que su estudio sistemático pertenece a tiempos relativamente recientes, pocos conocen que su origen se remonta a épocas muy antiguas.
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Y es que, ciertos documentos históricos señalan que el primer registro corresponde a la civilización china, alrededor del año 36 de nuestra era, según ha confirmado National Geographic. Además, a lo largo de los siglos siguieron diversas menciones, aunque los meteoros no eran identificados como un fenómeno regular y previsible. Por lo que, hubo que esperar hasta el siglo XIX para que el astrónomo belga Adolphe Quételet, interesado en la causalidad detrás de tantos episodios brillantes en agosto, se propusiera observarlos con rigor científico.
Así, en 1835, tras pasar el verano en el Observatorio de Bruselas, predijo que el fenómeno volvería a repetirse al año siguiente, alrededor del 10 de agosto. Su predicción se cumplió y marcó el inicio del estudio regular de este evento celeste. Desde entonces, en muchos países europeos, las perseidas son conocidas como “lágrimas de San Lorenzo”. Esta denominación proviene del calendario católico, que cada 10 de agosto recuerda la muerte de San Lorenzo, mártir ejecutado en una parrilla de hierro en el siglo III.
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De esta forma, la tradición cristiana dotó de un nombre simbólico a un fenómeno astronómico, relacionando los trazos incandescentes en el cielo con las supuestas lágrimas del santo. Asimismo, su punto de origen aparente se corresponde con el radiante de la constelación de Perseo. Una teoría que inspiró a los astrónomos del siglo XIX a nombrar a las constelaciones con referencias a la mitología griega. Por lo que, Perseo quedó asociado para siempre con esta lluvia estelar.
¿Por qué vemos la estela de polvo y roca todos los años en la misma fecha?

Según la leyenda, el rey de Argos, temeroso de un oráculo que le vaticinaba la muerte a manos de su nieto, encerró a su hija Dánae para impedirle tener descendencia. Zeus, encaprichado con Dánae, logró visitarla transformándose en una lluvia de oro, dando lugar al nacimiento de Perseo, futuro héroe y semidiós.
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No obstante, el misterio sobre el origen material de las perseidas se resolvió varias décadas después de Quételet. En 1862, los astrónomos Lewis Swift y Horace Parnell Tuttle establecieron que estos meteoros no provenían de Perseo, sino que eran restos del cometa Swift-Tuttle, que pasó cerca de la Tierra por última vez en 1992 y no volverá a repetirse hasta 2126. Este cuerpo de unos 26 kilómetros de diámetro deja un anillo de fragmentos sobre su rastro orbital que tarda 133 años en dar una vuelta al Sol.
No obstante, cada agosto, la Tierra atraviesa esa estela, lo que da lugar al fenómeno observado como la lluvia de perseidas. Aunque comúnmente se les denomina estrellas fugaces, en realidad se trata de partículas de polvo y roca que se incineran al rozar la atmósfera terrestre.
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Para aquellos que quieran observar este año este fenómeno deben dirigirse a las zonas más alejadas de la contaminación lumínica, como áreas rurales o alejadas de grandes ciudades. Además, aunque la actividad de la lluvia se extiende durante varias semanas, la noche de máxima intensidad en 2025 será el martes 12 de agosto, a partir de las 22 horas. Así, quienes dirijan la vista al radiante podrán distinguir no solo los meteoros, sino también las verdaderas estrellas y cúmulos de la constelación de Perseo, protagonistas de una historia donde se mezclan ciencia, mitología y asombro.
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