
Todas las temporadas aparecen nuevos rostros femeninos destinados a satisfacer las necesidades voraces de la industria de Hollywood, jóvenes promesas son elevadas a los altares de forma instantánea y, dependiendo de las circunstancias, logran sobrevivir dentro del sistema o desaparecen para siempre.
También encontramos a algunas supervivientes, mujeres que han desarrollado sus carreras de maneras diferentes y han logrado (o no) mantenerse a flote a lo largo de los años. Sin embargo, si hay tres nombres que han acaparado la atención durante esta temporada de premios son los de Demi Moore, Nicole Kidman y Pamela Anderson.
Las tres tienen en común que han superado los cincuenta años y también, que han protagonizado, respectivamente, las que probablemente sean las películas más arriesgadas de sus carreras por una razón muy concreta: en cada una de ellas, se reivindica su edad, sus cuerpos, se critica la cosificación y la dictadura de la belleza y se establece un paralelismo metacinematográfico sobre lo que ellas mismas significaron en su momento dentro del un stablishment que intentó reducirlas a un estereotipo.
Nicole Kidman: Rompiendo techos de cristal

Sin duda, la que ha sabido jugar mejor sus cartas a lo largo del tiempo ha sido Nicole Kidman. La actriz australiana de 57 años no ha tenido baches sustanciales dentro de su trayectoria, compaginando éxitos de taquilla con películas de autores de prestigio como Gus Van Sant, Jonathan Glazer, Lars Von Trier o Yorgos Lanthimos. Además, a través de su productora, ha impulsado los proyectos que quería sacar adelante, como es el caso de la serie Big Little Lies.
Sin embargo, en su última película, Babygirl, da un paso más allá a la hora de apostar por un papel que la sitúa en un terreno resbaladizo en el que la actriz se desnuda en todos los sentidos para interpretar a una mujer que ha alcanzado el éxito profesional pero que, en el terreno sexual se encuentra profundamente insatisfecha, lo que la llevará a mantener una relación de sumisión y dominación con un joven becario de la empresa que ella misma fundó.
Y, ahí, es donde se plantearán una serie de cuestiones de máxima relevancia en el momento en el que vivimos, como el consentimiento, la ruptura de los tabúes en torno al sexo y una profunda disección en torno al deseo femenino en forma de fantasías morbosas. Todo ello, a través de un dispositivo satírico que, a modo de provocación, intenta subvertir las reglas del thriller erótico que se puso de moda en los años noventa y que estaba siempre contado desde el punto de vista masculino. En este caso, la película la dirige una mujer, Halina Reijn y eso, se nota en la mirada, siempre respetuosa y que no cae en ningún momento en el fetichismo sensacionalista. La propia Kidman además, parece hacer un guiño a su papel en Eyes Wide Shut, cerrando así un curioso círculo ‘autorreferencial’.
Demi Moore: Rebelión corporal

Algo parecido también le ocurre a Demi Moore en La sustancia, otra película dirigida por una mujer, Coralie Fargeat que, en forma de fábula de terror, se encarga de analizar la presión social que sienten las mujeres cuando llegan a una determinada edad.
Para ello, compone un mecanismo de lo más original en el que, a través de una “sustancia”, el personaje puede transformarse en una mejor versión de ella misma, básicamente en alguien más joven.
En ese sentido, lo que hace Demi Moore en la película resulta de lo más kamikaze y de nuevo encontramos un sentido ‘autoconsciente’ ya que la actriz protagonizó buena parte de esas películas en las que se inspira Babygirl, como Una proposición indecente, Acoso o Striptesse, en las que su cuerpo era el máximo protagonista.
Con La sustancia, Moore, parece quitarse de encima un estigma, ‘empoderándose’ definitivamente y desmitificando incluso sus aportaciones al ‘star system’ de Hollywood a través de esta película independiente en la que termina por convertirse en un monstruo a causa por su obsesión con su físico.
Pamela Anderson: Redescubrirse ‘al natural’ a los 50

Por último, el caso de Pamela Anderson no deja de resultar de lo más paradigmático. Ella fue uno de esos juguetes rotos de esa época en la que la cultura del fitness y los implantes de pecho dominaban la estética del momento.
Era rubia, escultural y su papel principal en Los vigilantes de la playa consistía básicamente en lucir un pequeño bañador rojo mientras corría moviendo sus atributos. Fue fagocitada por su propio personaje y poco se ha sabido de ella hasta que Gia Coppola (sí, otra directora), nieta de Francis Ford Coppola la ha recuperado en The Last Showgirl en la que la intérprete encarna a una experimentada bailarina que lleva en la profesión más de treinta años y que será despedida de su espectáculo en la ciudad de Las Vegas.
De nuevo, encontramos un paralelismo entre persona y personaje, algo a lo que Anderson se entrega por completo, con una mezcla entre vulnerabilidad y resistencia propia de aquellas personas que han tocado fondo y han salido del pozo para contarlo.
Ahora, la actriz se ha liberado en contra las dictaduras de la imagen y se ha erigido como abanderada del ‘no-Makeup’, presentándose en las alfombras rojas con la cara lavada y sin ningún atisbo de cosmético en su piel.
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