A lo largo de la historia han sido muchas las mujeres que, durante su tiempo, fueron consideradas ‘locas’ y recluidas en sanatorios mentales porque no se amoldaban a los roles de género de su época y se consideraba que su actitud (o su pensamiento) resultaba inapropiado para el rol femenino que debían ejercer.
Célebre es el caso de Camille Claudel o de Leonora Carrington, también de Dora Maar, que fueron recluidas en manicomios y, mucho menos conocido, el de Marthe Bonnard, la amante, musa y posteriormente esposa de Pierre Bonnard, uno de los precursores de la pintura abstracta.
La película Bonnard, el pintor y su musa, de alguna manera intenta acercarse a esa corriente en la que se pone en valor a las mujeres detrás de los mitos masculinos, que fueron más allá de convertirse en sus referentes plásticos, sino que también representaron su soporte vital (mucho menos vistoso y anónimo), reconvirtiéndose en sus compañeras y aliadas y, en algunos casos, en su inevitable fuente de inspiración directa.
La verdadera historia de Marthe Bonnard

Para la historia oficial, Marthe (a la que en este ‘biopic’ encarna Cécile de France) fue una mujer perturbada y desequilibrada. O, al menos, es algo que se ha encargado de perpetuar el imaginario colectivo sin tener en cuenta en absoluto sus particularidades.
Marthe conoció a un joven Pierre cuando todavía no había ascendido en el ámbito de la pintura de su época, pero ya tenía sus privilegios de clase. Ella era de orígenes humildes, de clase trabajadora, muy alejada de los ambientes ‘snob’ de su pareja, por lo que tuvo que soportar toda una serie de humillaciones a lo largo de su relación, como certifica el noviazgo con una jovencísima discípula (interpretada por Stacy Marty) con la que llegó a comprometerse y que finalmente se suicidó.
Nos encontramos ante un filme histórico perfectamente detallado que nos acerca a la realidad elitista de la época, con las presencias destacas de, por ejemplo, Claude Monet, amigo de la pareja o de otras personalidades representativas de mediados del siglo XX, en un momento de eclosión de las vanguardias y otros métodos expresivos a través de las artes.
El director encargado de plasmar esta historia es Martin Provost, responsable de otros atípicos ‘biopics’ como Séraphine o Violette, sobre la relación entre esta mujer y Simone de Beauvoir. Se podría decir que el realizador es un especialista en abordar la cara B de los grandes artistas del pasado siglo para poner en valor aquellas figuras que han tenido relevancia solo en privado pero que han pasado desapercibidas en las esfera pública y, por lo tanto, histórica.
El cuidado del director a la hora de acercarse a estas figuras femeninas al margen de los cánones resulta encomiable. Así, se pone a la altura al supuesto gran maestro, en este caso interpretado por Vincent Macaigne, como a la de esa mujer fundamente para entender su obra, otorgándole la relevancia dentro de la historia del arte que merece.
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