Un libro recuerda la odisea para salvar las obras del Prado de la Guerra Civil

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Madrid, 17 sep (EFE).- Cuando se cumplen 90 años del inicio del viaje de las grandes obras de arte del Museo del Prado, El Escorial o el Palacio de Liria para ponerlas a salvo de la Guerra Civil, el libro ‘El viaje del Tesoro Artístico’ recuerda la odisea, el desbarajuste, la suerte y el trabajo minucioso de cientos de personas que supuso el traslado.

El libro se basa en los diarios personales de Manuel de Arpe, restaurador del Museo del Prado y única persona que acompaña al tesoro a lo largo de los tres años que duró la epopeya, desde otoño de 1936 hasta otoño de 1939, que llevó las obras primero a Valencia, de ahí a Cataluña, Ginebra y finalmente de regreso a Madrid.

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Fueron más de 3.000 kilómetros en camiones y trenes cargados con 1.868 cajas de más de 140 toneladas de peso para cuyo traslado fueron necesarios 72 camiones y 22 vagones de trenes que sufrieron toda clase de percances.

Rafael Seco de Arpe, nieto de Manuel de Arpe y custodio de su archivo personal, y el historiador de Arte Manuel Haro, autores del libro, han recordado este miércoles en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando algunas de las anécdotas más rocambolescas del viaje.

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Así, han recordado cómo la caja que protegía a ‘Las Meninas’ de Velázquez sobresalía del camión, “con la mala suerte de que iba justo encima del tubo de escape y la caja llegó quemada a Valencia”, no así el cuadro.

O cómo, a consecuencia de las lluvias en el trayecto a Valencia, al ‘Retrato del Conde Duque de Olivares’, “le cae agua a chorreones y se pasman los barnices quedando todo el cuadro con una capa de color ceniza”.

O cómo a ‘La carga de los mamelucos’ de Goya le cae encima un balcón que acababa de ser bombardeado causando grave daño a la tela, que queda rota en 18 pedazos.

A la hora de recomponer el cuadro, faltaban varios pedazos, que pudieron ser reparados gracias al lino de las enaguas de la mujer del mayordomo del Castillo de Peralada, en Girona, relata Seco de Arpe.

Son decenas de anécdotas, momentos de tensión, peligros y “desbarajustes” que no concluyen hasta 3 años más tarde, cuando en el 1939 los cuadros finalmente regresan a Madrid, muchos de ellos cubiertos solamente por una lona, como demuestra una película del No-Do comprada hace unos años por 5 euros en el Rastro de Madrid. EFE

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