Carlos del Barco
Sevilla, 30 jun (EFE).- Recién casado, José Ramón Esnaola hizo escala en su viaje de novios en Utrera, donde vivían unos parientes de su mujer y, cuando llegó, la canícula se le vino literalmente encima y juró y perjuró que no volvería por esos lares más que para jugar contra el Sevilla o el Betis. Pero lo hizo para fichar y erigirse en el mejor de los porteros de la historia verdiblanca, un mito de los de verdad que este martes cumple 80 años y que está para jugar.
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El fútbol era otra cosa, sin pausas de hidratación. Jugar en el norte era hacerlo en barrizales que desdibujaban las áreas, las hacían desaparecer, y ahí, antes de llegar al Betis, José Ramón Esnaola Larburu (Andoain, Guipúzcoa, 30 de junio de 1946) se hizo portero de los de antes, con gorra y con unos guantes rudimentarios que nada tenían que ver con los que había usado por primera vez el soviético Lev Yashin, la Araña Negra, a quien llegó a conocer en el Villamarín.
'Gorriti', apodo que le pusieron en Sevilla por uno de sus compañeros en la Real Sociedad, se inició en el filial realista, debutó con el primer equipo en 1965 cuando el conjunto del desaparecido Atocha estaba en Segunda y, tres años más tarde, se frustró su fichaje por el Atlético de Madrid porque los médicos del club colchonero dijeron detectar secuelas de una antigua lesión que se había producido contra el Betis: estaba para él.
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Siguió en la Real de Gorriti, Marco Antonio Boronat, Ormaechea y Araquistáin; fue indiscutible en los doscientos partidos que jugó y, en los años en los que era un portero bajito por sus 1.76 y se era viejo con 30, Esnaola ya era un veterano con 27 que veía que venía apretando la feraz cosecha de porteros donostiarras Pello Artola y el fallecido Javier Urruticoechea.
Era el verano de 1973 y, ante la perspectiva de tres o cuatro años en San Sebastián o un contrato grande para rubricar su carrera, se entrevistó con el gran José María de la Concha, secretario técnico del Betis, y ficho por el equipo del Villamarín a cambio de doce millones de pesetas, la cantidad más alta pagada nunca hasta entonces por el club bético.
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Llegó Esnaola a las antiguas oficinas del Betis, en la calle Conde de Barajas, al lado del Gran Poder, y se acordaría de lo que le dijo a su mujer en Utrera y tuvo presente de que llegaba a un equipo que entonces estaba en Segunda y con el que debutó en competición oficial el 1 de septiembre de 1973 en Linares.
Se estaba formando el gran Betis de los setenta, con Julio Cardeñosa, Javier López, Sebastián Alabanda, Antonio Biosca y Benítez, el mago de Jerez, entre otros muchos, pero antes se tuvo que ir el técnico húngaro Ferenc Szusza al ser reclamado por las autoridades comunistas de su país y llegar a Heliópolis Rafael Iriondo, otro vasco inmortal.
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José Ramón Esnaola está en el Olimpo bético por méritos propios, en silencio, discretamente con su gorrita, puesta o dejada al lado del poste, pero su noche, su gran noche, fue la del 25 de junio de 1977, cuando el Betis ganó la I Copa del Rey ante el Athlétic de Bilbao de Koldo Aguirre en una tanda de penaltis en la que paró tres y marcó el que tiró: el duelo con José Ángel Iríbar lo ganó el donostiarra para los restos.
Jugó en el Betis hasta 1985, doce temporadas ininterrumpidas y 460 partidos oficiales en cinco competiciones: 378 en la Liga, 64 en la Copa del Rey, 6 en la extinta Recopa de Europa, 8 en la Copa de la Liga y 4 en la Copa de la UEFA.
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El 9 de agosto de 1983 recibió el homenaje del Benito Villamarín en un partido entre los dos equipos de su vida, fue entrenador del Betis en épocas de vacas flacas, en las temporadas 1990-1991 y 1992-1993; fue también segundo entrenador y durante muchos años formador de jóvenes en el filial , y desde 2002 hasta 2013 impartió magisterio como técnico de porteros hasta que se jubiló.
Nunca hizo ruido, nunca se le oyó una voz más alta que otra y siempre dejó la misma estela de discreción pese a su trascendencia en la historia futbolística del Betis, tanta como que, junto a Julio Cardeñosa, maceraron a fuego lento al mejor inquilino que jamás tuvo la banda izquierda del Villamarín, Rafael Gordillo: nadie sacó con más precisión y mimo, a bote pronto, al hueco por donde ya corría el 'Vendaval'. EFE
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