Juan José Lahuerta
Madrid, 24 jun (EFE).- A veces el fútbol es un asunto de vueltas inesperadas. Mathías Olivera llegó a España como un joven defensa uruguayo con más ilusión que cartel. Años después, convertido en jugador del Nápoles y fijo para Marcelo Bielsa, podría encontrarse ante la misión más delicada de Uruguay en este Mundial: intentar contener a Lamine Yamal.
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Para ello tendría que producirse un movimiento previo. José María Giménez, recuperado ya de una lesión en un tobillo que alteró su preparación para el torneo, vuelve a estar disponible. Bielsa no ofrece pistas, pero la necesidad aprieta. Los empates frente a Arabia Saudí (1-1) y Cabo Verde (2-2) han dejado a Uruguay en una situación comprometida y el seleccionador necesita encontrar respuestas antes de enfrentarse a España.
La entrada de Giménez permitiría recomponer la defensa. Olivera abandonaría el centro de la zaga, donde ha cumplido con solvencia durante los dos primeros encuentros, para regresar al lateral izquierdo, el territorio que conoce de memoria tras varias temporadas recorriendo la banda del Nápoles.
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Y ahí aparecería Lamine Yamal. Porque si España tiene un nombre capaz de alterar cualquier plan, ese es el del extremo del Barcelona. Frente a su imaginación, su velocidad y su capacidad para desequilibrar, Uruguay podría presentar a uno de esos defensores que forman parte de la tradición futbolística del país.
Olivera representa el perfil clásico del jugador uruguayo: intenso, competitivo, poderoso en el juego aéreo y dispuesto a convertir cada duelo en una cuestión personal. Pero no siempre fue así.
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Para entender al futbolista que hoy es una pieza imprescindible para Bielsa hay que viajar a Getafe y escuchar a José Bordalás. Fue él quien recibió en 2017 a un joven procedente de Nacional y quien se encargó de moldear a un jugador que entonces estaba lejos de la versión actual.
La primera impresión, de hecho, fue cualquier cosa menos prometedora: "Pensaba que no era un futbolista porque vino con sobrepeso. Luego lo he hablado con él y nos reíamos. Yo creía que era un cantante de una orquesta porque vino de rojo y con sobrepeso. Y yo digo: 'Pero tiene barriga este chico'. Porque viene de otra Liga y no tenía la cultura de lo que es cuidarse, la alimentación y demás", recordó Bordalás en una entrevista a Relevo.
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La anécdota retrata el punto de partida. El resto fue trabajo. Aquel supuesto 'cantante de orquesta' se convirtió poco a poco en uno de los hombres de confianza de Bordalás. Aprendió a competir, a sufrir y a interpretar el oficio de defensor como se hace en los equipos del técnico alicantino: sin concesiones y con una atención obsesiva por cada detalle.
La transformación fue tan evidente que el Nápoles acabó pagando 18 millones de euros para incorporarlo al término de la temporada 2021/22.
"Con su voluntad y la ayuda de todos nosotros, hoy es un chico que está jugando en el Nápoles a un nivel altísimo. Me alegro muchísimo porque es un chaval que lo merece", apuntó Bordalás.
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Aquella etapa en el Getafe terminó de convertir a Olivera en el futbolista que es hoy. Ya estuvo en el Mundial de Catar 2022, aunque no disputó ningún minuto. Cuatro años después la situación es muy diferente.
Es una pieza estructural para Bielsa y, si el regreso de Giménez le devuelve al lateral izquierdo, podría encontrarse frente al desafío más exigente de todos: intentar que Lamine Yamal tenga una noche menos cómoda de lo habitual.
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Uruguay se juega buena parte de su futuro en el torneo. Y quizá también dependa de eso que los viejos entrenadores llaman un emparejamiento. El de un extremo que vive para desequilibrar contra un defensa que aprendió a sobrevivir convirtiendo cada duelo en una batalla. EFE
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