Paqui Sánchez
Melilla, 10 jun (EFE).- Este miércoles es el centenario de la muerte del genial arquitecto Antoni Gaudí. La efeméride coincide con el Día Mundial del Modernismo, un movimiento cuya cuna está en Cataluña y que a principios del siglo pasado dio el salto a África para situar en Melilla el segundo patrimonio más rico de toda España, solo superado por Barcelona.
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Son más de 750 los edificios modernistas que tiene Melilla, muchos de ellos concentrados en el centro, conformando un Triángulo de Oro que distingue el modernismo en la ciudad, sorprende a quienes la visitan y le procura un atractivo turístico con “un futuro prometedor”.
Así lo defiende en una entrevista con EFE Antonio Bravo, cronista oficial de Melilla y uno de los mayores expertos del modernismo local. Suyos son la mayoría de libros y artículos que se han publicado en esta materia, estudios que comenzaron en los 80, cuando los melillenses ni siquiera eran conscientes del tesoro que tenían en sus calles.
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Tanto es así, que algunos incluso terminaban llamando a la Policía al ver a un hombre, Bravo, fotografiando sus casas, intentando captar la esencia de esas fachadas de un modernismo ornamental al que en Melilla no se le daba importancia. Hoy la cosa ha cambiado porque “hay un reconocimiento” que empieza a trascender las fronteras.
Ahora es habitual ver a turistas contemplando los edificios, sus esgrafiados, molduras y forjas, buscando sus nombres tríptico en mano o acompañados de guías que les van explicando cómo el modernismo llegó a Melilla en 1909 de la mano de Enrique Nieto, que no fue discípulo de Antoni Gaudí, como todo el mundo piensa, sino de Lluís Domènech i Montaner, considerado uno de los padres del modernismo catalán.
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Nieto, como tantos arquitectos de la Escuela de Barcelona, optó por emigrar de Cataluña, quizá por la saturación del mercado o para exportar su estilo a otros lugares. Y en Melilla, ciudad en expansión a principios del siglo XX y con una colonia catalana muy importante, fue donde el arquitecto rompió, literalmente, los moldes de una arquitectura eminentemente militar.
“La llegada de Enrique Nieto hace que todo se revolucione”, explica el cronista oficial al señalar cómo el arquitecto catalán trajo las curvas y ondulaciones a una ciudad dominada por los edificios clásicos muy rectos, y creó cierta escuela entre los ingenieros militares, algunos de los cuales, como Emilio Alzugaray, se convirtieron en destacados autores modernistas.
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Pero, aunque Nieto fue el artífice del movimiento en Melilla, la llegada de otros y la competencia entre ellos le hizo mejorar. “Creo que es lo que hizo que su obra tenga la calidad que tiene”, reflexiona Antonio Bravo, que no solo concede los méritos del auge modernista a los arquitectos.
A su juicio, también la ciudad hizo su parte, con “una sociedad sin complejos, bastante libre, capaz de adaptarse a la modernidad frente a otras más conservadoras donde el estilo no cala tanto”. A ello se unió su actividad comercial, que hizo que toda una clase social quisiera invertir en la construcción de edificios modernistas.
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Así es como se fue creando el Ensanche Modernista, que se diferencia de otros lugares por la intensidad y el humanismo.
Intenso, porque mientras en otros puntos hay edificios modernistas de gran calidad pero aislados, en Melilla están todos juntos, ocupando prácticamente todo el centro. Y humano, porque como sostenía el catedrático Antonio Bonet, uno de los grandes historiadores del arte en España, lo importante de Melilla es su escala humana, con edificios no excesivamente altos, lo que permite visualizarlos en sus calles abiertas.
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Más de medio millar de edificios relevantes forman un conjunto histórico declarado Bien de Interés Cultural (BIC) que lo protege de forma colectiva, lo que plantea riesgos que preocupan a expertos como Bravo, que lo considera “un problema muy complejo” al ser la arquitectura “un elemento artístico funcional”, es decir, viviendas que necesitan un mantenimiento y una transformación al compás de la evolución social.
A su juicio, la responsabilidad no debe recaer únicamente en el propietario con sus intereses privados, sino que la administración debe ayudar. De ahí el nuevo catálogo completo impulsado por la Ciudad Autónoma, además de sus ayudas a la rehabilitación, a las que ha destinado 9 millones de euros en esta legislatura, y que son clave para que las joyas modernistas de Melilla luzcan en todo su esplendor.
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“No es amor de madre, los melillenses nos podemos sentir muy orgullosos de tener una ciudad que no es en absoluto algo común, sino especialmente singular”, apunta Bravo. Todo por su patrimonio de arquitectura modernista “de altísimo nivel” que, a la vez, sigue siendo tan desconocido aunque eso, poco a poco, vaya cambiando. EFE
(Foto) (Vídeo)
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