Rafael Marco, el misionero que reescribió el destino de 120 niños invidentes en Níger

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Sofía Buetas Faro

Zaragoza, 19 may (EFE).- Los niños invidentes en Níger son considerados malditos, origen de todas las enfermedades y malas cosechas. A algunos los sacrifican, a otros los utilizan como mendigos y a muchos de ellos los ignoran durante toda su vida por su condición. Rafael Marco, misionero de la Sociedad de Misiones Africana, ha abierto los ojos a 120 niños nigerinos cuyo destino estaba ya escrito.

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Marco (Sádaba, Zaragoza, 1944) impulsó la apertura de dos escuelas inclusivas para que niños y jóvenes de Níger puedan formarse en orientación y braille. Estas enseñanzas, valiosas en sí, han provocado que decenas de familias integren y acepten a sus hijos con su condición.

El misionero ha organizado una exposición de arte africano en el centro Joaquín Roncal, en Zaragoza, para mostrar el trabajo que está llevando a cabo en ambos centros. Junto con esculturas de bronce, tapices, fotografías de misiones y charlas, Rafael pone a disposición de la ciudadanía, hasta el próximo día 30, el trabajo que ha realizado durante 40 años.

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Rafael Marco llegó a Gaya (Níger) en 2019 en una misión. Después de visitar algunas escuelas, los encontró: cinco niños invidentes al fondo de una clase “inclusiva” en la que se les ignoraba y olvidaba. “La escuela estaba prevista para los niños ciegos pero ninguno de los maestros tenía la mínima intención, ni conocimiento, de ocuparse de ellos”, explica el cura.

Algunos de ellos eran invidentes de nacimiento, otros a consecuencia de la oncocercosis, una enfermedad que se transmite por la picadura de una mosca que habita en zonas fluviales y que puede derivar en ceguera. Estos niños, da igual el motivo, estaban malditos por ser ciegos.

Cuando Rafael llegó a la escuela, Hamida, una de las niñas ciegas, le recitó una poesía: “Buenos días, Níger, mi bello país. No te veo con mis ojos, pero te veo con mi corazón. Quiero aprender a contar, a leer, a escribir, quiero estudiar y esa será mi luz. Con mis compañeras trabajaremos para que seas más bello”.

“Aquello me impactó, me conmovió y a partir de ahí es cuando empezamos todo eso”, relata en una conversación con EFE.

El misionero les proveyó de alimentos en un país sumido en la pobreza y fue entonces cuando corrió la voz y aquel pequeño proyecto concebido para cinco alumnos terminó transformándose en un hogar donde decenas de jóvenes pudieron instalarse y aprender a orientarse, a utilizar bastones y a comprender el braille.

Niños que antes pasaban las horas encerrados o atados a una silla mientras sus familias salían a trabajar al campo perdieron el miedo. Empezaron a moverse “con una autonomía y un desparpajo increíble”, explica Rafael, y dejaron de necesitar la asistencia continua de sus padres.

“Eso es una felicidad para los críos; ya con el bastón saben dónde tienen que ir”, relata el misionero. Junto a la movilidad, los alumnos aprendieron en la escuela el braille. Allí consiguieron llevar la única máquina de escritura para ciegos que existe en todo Níger.

Y cuando el proyecto ya estaba asentado, a Rafael le mandaron a otra misión a 150 kilómetros, concretamente a Dosso, una ciudad con casi 100.000 habitantes. Visitaron otra escuela “inclusiva” dirigida a niños invidentes en la que había 38 inscritos. Solo cinco o seis la frecuentaban.

Siguieron la misma dinámica: preparaban comidas para seis niños, pero el boca a boca provocó que las aulas se llenaran. Los dos centros han llevado a una evolución en el país, “primero los padres, que al principio se deshacían de los hijos encantados, ni siquiera venían a buscarlos”, explica Rafael, y después, una sociedad entera que espera que poco a poco avance.

Para dar continuidad al proyecto, el misionero, junto a sus sobrinos, ha creado una Fundación llamada Áfrika Annura, “la luz de África”. A través de ella buscan dar visibilidad a los problemas en este país, seguir con el trabajo en ambas escuelas y poner en marcha una clínica dirigida a las personas invidentes para que puedan llevar un control oftalmológico.

“Hemos constatado que muchas oenegés, con la mejor buena voluntad, han estado un año, dos años o tres años realizando proyectos”, que, sin embargo, no tenían continuidad, explica.

La Fundación Áfrika Annura pone en marcha un proyecto que funciona de forma local, con trabajadores nigerinos y con vistas a futuro. “Queremos que esto continúe hasta que sea reconocido, hasta que sea algo nacional, y con gente motivada”, cuenta con ilusión Rafael. EFE

(Foto)

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