Jacobo Rodríguez Pereira, el innovador maestro de sordos que cautivó a Luis XV de Francia

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Carlos González de Rivera

Mérida, 17 ene (EFE).- Jacobo Rodríguez Pereira, un comerciante judeoconverso nacido en Berlanga (Badajoz) en 1715, acabó convirtiéndose en el primer maestro oralista de sordos de Francia con su innovador método de enseñanza y su fama llegó hasta el rey Luis XV, del que fue intérprete de español y portugués.

Junto a varios de sus alumnos también hizo demostraciones ante los reyes de Polonia, Dinamarca y Suecia, ya que era como un "milagro" que un sordo hablara en aquella época, según el psicólogo Juan M. Pérez Agudo.

Pérez Agudo divulga en un libro publicado por la Editora Regional de Extremadura el periplo vital de este hombre, que cambió varias veces de nombre, y su labor pedagógica.

En una entrevista con EFE, lo define como el "el pionero olvidado", ya que, a pesar de haber estudiado pedagogía e historia de la logopedia, el autor no había oído hablar de él y lo descubrió al leer el libro 'Sordomudez', de Perelló y Tortosa, cuando trabajaba con niños sordos.

El personaje le cautivó y le ha dedicado su tesis doctoral, varios artículos y años de investigación.

Los padres de Jacobo, lusos descendientes de sefardies españoles, decidieron abandonar Portugal con destino a Italia, donde los judíos eran mejor tratados.

Sin embargo, al fondear su barco en Cádiz fueron detenidos por la Inquisición y, por falta de espacio en Sevilla, acabaron en la cárcel de Llerena (Badajoz), cerca de Berlanga.

Aunque en Portugal se han intentado "apropiar de él" y en Peniche tiene un monumento, no nació allí, ya que está acreditado que fue en la localidad de Berlanga.

Lo pone en su epitafio -está enterrado en el cementerio judío de París, cuya fundación promovió- y varios documentos permiten seguirle la pista con distintos nombres.

Fue registrado en Berlanga como Francisco Antonio López Enríquez, según consta en el libro de bautismos de la parroquia, y confirma la fotografía de la partida de bautismo que hay en un museo de Braganza (Portugal).

Uno de los cambios de nombre de este hombre, que tenía una hermana sorda, se produjo en 1741, tras instalarse en Burdeos, donde dejó atrás el cristiano Francisco Antonio y pasó a llamarse Jacob (Jacobo) y al Rodríguez que ya usaba añadió el Pereira de su madre.

En otra ocasión también afrancesó su segundo apellido, al cambiar la 'a' por la 'e'.

Tras residir en Berlanga, Llerena, Sevilla y Cádiz, fue en Burdeos, ciudad que conocía por los negocios familiares, donde ya vivió como judío, aprendió hebreo, se circuncidó y empezó a trabajar de maestro de sordos.

Aunque se considera que la pedagogía científica arranca en el XIX, el autor defiende que el método de Jacobo ya era "científico" un siglo antes, porque leyó todo los libros de la época sobre el tema, experimentó con sus alumnos e introdujo novedades en la enseñanza en función de los resultados.

Jacobo, que trabajaba de forma individualizada con sus alumnos, les enseñaba a colocar los órganos para articular el fonema haciéndoles tocar la garganta de su maestro y también usaban espejos para verse, lo que era muy novedoso para la época, según el autor del libro.

Su "método fisiológico" llegó a tal "grado de perfección", subraya, que sus pupilos pronunciaban el francés con el acento español de su maestro.

Al ser tachado de "estafador", llevó sus demostraciones a la Academia de Ciencias de París, que avaló su trabajo.

"Desconocido" en España y "silenciado" en Francia tras su muerte, el autor achaca esto último a que coincidió en el tiempo con el abate Charles-Michel de l'Épée, que usaba el lenguaje de signos y que "en Francia es como el Dios de los sordos", ya que se trataba de un cura cristiano frente a un judío.

Como sus trabajos han sido destruidos o se han perdido, sus enseñanzas han trascendido a través de autores como Édouard Séguin, y también influyó en otros no directamente relacionados con la educación de sordos, como su amigo el filósofo Jean-Jacques Rousseau.

Fue representante del pueblo judío en París y un defensor de sus derechos.

Su religión le impidió entrar en la Academia de las Ciencias de París, pero los académicos franceses lo promovieron para la homóloga Real Sociedad de Londres, de la que fue miembro. EFE

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