
En la localidad cántabra de Omoño, la Galería Inferior del relieve geológico de La Garma aguarda un tesoro arqueológico con un valor incalculable. Y es que un derrumbe natural a finales del Pleistoceno (hacia el 14.500 a. C.) taponó el acceso a la cueva que había servido como refugio. Este colapso no solo impidió la entrada a la cavidad, sino que al parecer habría evitado la contaminación y la entrada de bacterias. Por lo que, desde su destrucción, su interior se habría congelado en el tiempo, dejando intacto su suelo paleolítico hasta que la cavidad fue descubierta por un vecino de la zona en 1995.
El extraordinario yacimiento, que cuenta con tres pisos fósiles de 800 m², le brindó el título de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2008. Su interior es impresionante; si recorres sus galerías, se pueden observar restos paleontológicos y paneles artísticos del Auriñaciense y Magdaleniense con representaciones de caballos, bisontes y manos en negativo. Sin embargo, la extrema fragilidad del espacio no permite la entrada turística.
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“Eran bastante poco ordenados y lo dejaban todo tirado”
A comienzos de los años noventa, el vecino José Luis Novoa y su perro Fox localizaron la entrada superior en La Garma A. Posteriormente, el 2 de noviembre de 1995, los arqueólogos accedieron a la Galería Inferior tras descender por dos simas. “Fue un descubrimiento que causó mucha sensación”, recuerda Pablo Arias, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria y codirector del proyecto junto a Roberto Ontañón. Y es que el sitio conserva un tapiz de 800 metros cuadrados de suelos magdalenienses “tal y como los dejaron sus últimos ocupantes hace unos 16.800 años”, como declara la Universidad de Cantabria.
Gracias a ello, “podemos observar en ellos la actividad de un grupo de cazadores y recolectores de la última glaciación que eran bastante poco ordenados y lo dejaban todo tirado, para fortuna de los arqueólogos”. Ahora, los profesionales se encuentran en medio de una compleja estrategia de conservación. “¿Cómo hemos podido estudiar esos contextos conservándolos al mismo tiempo? A ese reto nos hemos tratado de enfrentar aplicando desde el principio nuevas tecnologías y desarrollando un sistema completo de técnicas no invasivas…”, asegura.
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En sus palabras, han intentado “hacer una tortilla sin romper los huevos”. Concretamente, el equipo ha implementado herramientas digitales de última generación “para la captura, edición y análisis de datos, respetando la fragilidad del yacimiento con una mínima intervención humana”, como subraya Carlos García Noriega, investigador posdoctoral del IIIPC. Este es un trabajo que comenzó en 2011 como incide otro de sus investigadores, Jorge Vallejo, quien explica que buscan “la eliminación del papel en la arqueología”. Al parecer, “acompañados de la red wifi GarmaNet y la creación de una base de datos relacional, podemos vincular la excavación y el laboratorio, generando un flujo de datos a tiempo real”, afirma.
Nueve falanges de león de las cavernas
Actualmente, el equipo de arqueólogos trabaja en su interior para conocer la vida que tuvo el yacimiento “único”. Concretamente, como detallan García-Noriega y Pablo Arias junto a otros compañeros en el proyecto publicado en la revista Advances in Archaeological Practice, los avances metodológicos se fundamentan en un software de código abierto como QGIS, bases de datos espaciales PostgreSQL y fotogrametría de 200 micras de resolución. Gracias a esto, los investigadores documentaron más de 4.600 restos arqueológicos en una vivienda del Paleolítico Superior (Estructura I-A) y un recinto anexo (Estructura I-C).
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Las labores aplican un protocolo estricto con calzado esterilizado, pasarelas de aluminio acolchadas y sesiones de cuatro horas tres días a la semana. Aunque continúan recabando actualmente todos los datos que pueden estudiarse dentro de la cueva, en 2016 Pablo Arias y otros arqueólogos publicaron un estudio en la revista PLOS ONE sobre los primeros hallazgos singulares de la cueva que permitieron reconstruir costumbres rituales.
La vivienda tiene nueve falanges de león de las cavernas. Las marcas de corte revelan un patrón de desollado especializado orientado a mantener las garras adheridas a la piel. Los científicos concluyen que la piel del felino se utilizó con fines ceremoniales en el Magdaleniense Medio (hace unos 14.800 años). Como señalan los autores en sus conclusiones, estos restos aportan pruebas para considerar “el papel de la caza como un factor a tener en cuenta en la extinción del león de las cavernas en Eurasia”.
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