La acampada de la Puerta del Sol cumple una semana y no ha dejado de crecer. El desahucio de Maricarmen, la vecina de 87 años que fue sacada en camilla por los antidisturbios, hizo que miles de personas tomaran la calle el sábado de la semana pasada para denunciar la crisis general de la vivienda: los alquileres desorbitados, los pisos turísticos y el acoso de los fondos buitre. Aquella misma noche montaron sus primeras tiendas en el ‘kilómetro cero’ y, ocho días después de su primer amanecer bajo el reloj de la Real Casa de Correos —cuyas campanas no dan tregua—, los habitantes de esta pequeña ciudad autogestionada no piensan moverse.
El sentimiento de indignación se ha extendido rápidamente a lo largo de todo el país, contagiando la protesta con acampadas en puntos como Barcelona, Valencia, Sevilla o Bilbao, y manifestaciones este fin de semana en más de 50 ciudades. La chispa que prendió Maricarmen —quien finalmente podrá regresar a su casa— se ha extendido a la problemática general de la vivienda, y los manifestantes buscan ahora abrazar otros pilares, como la defensa de la educación o la sanidad pública. Por ello, la consigna central que recorre las calles se encamina ya hacia una meta clara: la convocatoria de una huelga general.
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El centro neurálgico de Madrid alberga alrededor de 2.000 tiendas de campaña, grandes toldos preparados para la lluvia, puntos de reparto de comida, mesas informativas, talleres y asambleas diarias. Todo este engranaje no sería posible sin las personas que lo sostienen desde abajo: sus orígenes y profesiones son diferentes, pero todos están unidos por una misma causa. Y las historias son similares y muestran una precariedad en aumento: tener que vivir con tu madre pasados los 30, la imposibilidad de independizarse a pesar de contar con un empleo, hacer malabares para pagar una habitación o pelear por el futuro de los nietos. Estas son ocho de esas historias.
“Los precios son incompatibles con los salarios”
Pepe tiene 36 años, está desempleado y convive con su madre tras pasar por empleos precarios como carpintero o teleoperador. Lleva desde el lunes durmiendo en la plaza y defiende que la permanencia es innegociable: “Esto se sostiene por la autogestión y hay que resistir hasta que nos echen. Si el 15-M duró casi un mes, esto es el doble de importante”. Además, recuerda desde su experiencia que la burbuja inmobiliaria no es exclusiva de Madrid: “Los precios son incompatibles con los salarios en cualquier sitio. Esto no va de enfrentar territorios, sino de exigir mayor capacidad salarial y una rebaja drástica de los alquileres”.
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“El problema antes eran las hipotecas; ahora no puedes ni alquilar”
Quien ya vivió la experiencia de tomar la plaza hace 15 años es José, bibliotecario de 45 años, que ha vuelto a acampar en el ya bautizado como 26-S. Pese a que afortunadamente cuenta hoy con una vivienda en propiedad —“con mucha ayuda y mucho esfuerzo”, aclara—, tiene claro por qué duerme sobre el asfalto: “Hasta ahora no he podido tener un techo propio y me solidarizo totalmente con la gente que no puede. Este es un problema que nos perjudica a todos: toda la economía que la gente se gasta en vivienda no puede ir a otra cosa, la gente no puede emprender su vida”.
“Lo de independizarme ni me lo planteo”
Entre esa juventud imposibilitada para emprender su vida independiente se encuentran Irene (23 años) y Laura (24 años). Irene cursa Antropología, trabaja como técnica de sonido y monitora, pero vive con sus padres en Alcalá de Henares: “Lo de independizarme ni me lo planteo, no hay una alternativa factible ahora mismo”. Ambas atienden el punto de información de Abrir Brecha, organización anticapitalista, transfeminista y ecosocialista que cuenta con editorial propia y aprovecha la acampada para repartir flyers.
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En el caso de Laura, no ha podido pernoctar en la plaza porque entra a trabajar cada día a las seis de la mañana en una ONG contra la violencia de género, pero acude todas las tardes a hacer turnos de hasta siete horas para relevar a sus compañeros y que puedan ir a casa a ducharse o descansar. Una rutina que se suma al reto de resistir el mal tiempo y las temperaturas de la plaza: “Esta plaza es prácticamente arquitectura hostil pura y dura: no hay ningún refugio, ni un arbolito”.
“Ni con tapones se duerme bien, pero se compensa”
El problema de conciliar la rutina laboral o académica con la acampada se repite en casi cada tienda. Andrea (24 años), artista y graduada en Bellas Artes, vive con su padre e intenta salir adelante haciendo encargos de cuadros: “Echas currículum a cualquier sitio, no te llaman, y acabas luchando por puestos en los que no quieres estar para acabar volviendo a casa de tus padres”. Andrea compagina sus proyectos con la lona y relata entre risas las dificultades del descanso: “El suelo está durísimo, las campanas suenan cada 15 minutos y hay gente gritando de madrugada; ni con tapones duermes bien, pero se compensa”.
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La amenaza de la expulsión
Para muchos de estos jóvenes, la única alternativa a la casa familiar es pagar alquileres abusivos para compartir piso con desconocidos —o en el mejor de los casos con amigos—. Jairo (26 años), estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones, llegó desde Argentina con cinco años y lleva dos décadas residiendo en La Latina junto a su madre y sus hermanos. Sin embargo, sufren la amenaza inminente de la expulsión: “Los hijos de la casera la están presionando para venderlo y ya han venido compradores para verlo, con nosotros dentro. Es muy invasivo”.
Jairo compagina sus estudios con la estancia en la acampada —viajando tres horas diarias entre la universidad y Sol—, donde denuncia la transformación de su entorno: “Llevo 20 años en La Latina y duele ver cómo nos echan para vendérselo todo al turismo, las terrazas y los fondos inmobiliarios”. Aun sabiendo las dificultades de conciliar una ingeniería con la acampada, el estudiante afirma su intención de quedarse: “Por mí me gustaría quedarme indefinidamente”.
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“La Puerta del Sol está más madrileña que nunca”
Junto a él se moviliza su amiga Ariel (25 años), quien acampa desde el segundo día tras el desahucio que sufrió su familia en Vicálvaro hace cuatro años y su posterior traslado a Arganda del Rey. “Empiezo a trabajar en octubre, pero con el sueldo no me dará para vivir sola”, lamenta sobre la imposibilidad de independizarse, aunque pone en valor la transformación de la plaza: “La Puerta del Sol está más madrileña que nunca. La está usando su gente como un punto de encuentro entre familias, en vez de ser solo una hilera de turistas”.
“Tengo cinco nietos y ninguno tiene piso en propiedad”
En la otra cara de la moneda se encuentra Bernardo, quien a sus 80 años ha dejado a un lado sus rutinas para sumarse a la lucha. A pesar de contar con una finca y un chalet en propiedad, lleva tres días pernoctando en Sol, preocupado por el futuro de los suyos: “Tengo cinco nietos y ninguno tiene piso en propiedad, algunos rozan ya los 40 años. Esto es un desastre, no hay quien compre nada ni ahorre para dar una entrada”.
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Bernardo acusa a la clase política de llegar tarde a los problemas sociales: “Prometen todo y no cumplen nada, acuden cuando la tormenta ya ha pasado. Por eso la gente se ha hartado, y la que se va a armar va a ser todavía más gorda, no solo en Madrid”.
Con movilizaciones creciendo por todo el país, el fantasma de una huelga general en el horizonte y la sombra de un posible adelanto electoral tras la caída de los decretos de vivienda, la marea ciudadana concentrada en Sol afirma que la calle ya no piensa dar un paso atrás.
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