El cambio de estación también altera el apetito: ¿por qué el frío nos da hambre?

Cuando las temperaturas bajan, el organismo necesita mantener estable su calor interno

Una mujer tomando una sopa (Magnific)
Una mujer tomando una sopa (Magnific)
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Con la llegada del frío, no solo cambian las temperaturas y las horas de luz. También puede cambiar nuestra relación con la comida. Es habitual que durante los meses frío aumente el apetito y que, en cambio, con la llegada del calor muchas personas tengan menos ganas de comer. Aunque no ocurre de la misma manera en todo el mundo, detrás de esta diferencia hay una combinación de factores relacionados con la temperatura, la luz solar, las hormonas y nuestros propios hábitos.

Uno de los principales motivos está precisamente en el frío, explica el nutricionista José Miguel Osete Lobato. Cuando las temperaturas bajan, el organismo necesita mantener estable su temperatura interna y puede aumentar el gasto energético destinado a producir calor. Este proceso, conocido como termogénesis, hace que el cuerpo necesite energía y puede contribuir a que aparezca una mayor sensación de hambre. Por eso, en invierno pueden apetecernos alimentos más contundentes, calientes y energéticos, como sopas, potajes, guisos, legumbres o platos preparados al horno.

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El efecto contrario puede producirse durante el verano, matiza el especialista. Cuando hace calor, el organismo no necesita invertir tanta energía en mantenerse caliente y, además, comer grandes cantidades de alimentos puede resultar menos apetecible. Las comidas ligeras, las frutas, las verduras y los alimentos con un alto contenido en agua suelen convertirse en opciones más habituales.

La luz también desempeña un papel importante. Durante el invierno hay menos horas de luz solar y este cambio puede afectar a los ritmos biológicos y a determinadas hormonas relacionadas con el sueño, el estado de ánimo y el apetito. La menor exposición a la luz puede influir en los niveles de serotonina y en otros mecanismos que participan en la regulación del hambre. Esto puede ayudar a explicar por qué algunas personas sienten más deseos de consumir alimentos ricos en carbohidratos durante los meses fríos.

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Platos contundentes como los potajes suelen apetecer más en los meses fríos (Magnific)
Platos contundentes como los potajes suelen apetecer más en los meses fríos (Magnific)

El invierno altera nuestras rutinas

Además, el invierno modifica nuestras rutinas, ya que pasamos más tiempo en casa, realizamos en algunos casos menos actividad física al aire libre y es más frecuente recurrir a alimentos asociados al confort: un plato de pasta, un guiso o un postre pueden resultar especialmente atractivos cuando las temperaturas bajan. En este punto, no todo lo que interpretamos como hambre tiene necesariamente un origen fisiológico: el aburrimiento, el estrés o la búsqueda de bienestar también pueden influir en lo que comemos.

En verano, por el contrario, el calor puede reducir temporalmente el apetito. El organismo debe disipar el calor en lugar de conservarlo y las comidas copiosas pueden generar una sensación de pesadez. Según explica el nutricionista, también aumenta la importancia de la hidratación, por lo que frutas como la sandía o el melón y otros alimentos ricos en agua suelen tener mayor protagonismo.

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Eso no significa que en invierno haya que comer más de forma automática ni que en verano sea necesario reducir deliberadamente la cantidad de comida, puesto que las necesidades energéticas dependen de cada persona, de su actividad física, de su edad y de otros factores. Lo importante es prestar atención a las señales de hambre y saciedad y mantener una alimentación variada.

Durante los meses fríos, alimentos como las legumbres, los huevos, el pescado, los frutos secos, los cereales integrales, las frutas y las verduras pueden aportar energía y nutrientes dentro de una dieta equilibrada. En verano, las ensaladas, frutas, verduras, sopas frías y otros platos ligeros pueden resultar más apetecibles, sin que eso implique renunciar a una alimentación completa.

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