El estudio de los 2.000 calzoncillos que ha destapado el exceso de fertilizante en los jardines: unos científicos revelan cómo el suelo ‘devora’ la materia orgánica

Los investigadores han empleado un curioso método para que el público general pueda hacerse una primera idea del estado de un terreno

Una imagen de la ropa interior utilizada en el estudio. (Gabriela Brändle/Agroscope)
Una imagen de la ropa interior utilizada en el estudio. (Gabriela Brändle/Agroscope)
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Un equipo de la Universidad de Zúrich y del instituto público de investigación Agroscope enterró 2.000 calzoncillos de algodón en 1.000 puntos de Suiza para convertir la ropa interior en un termómetro de la vida del suelo. El hallazgo central: el estado de la prenda tras dos meses bajo tierra revela cuánta actividad biológica hay en ese terreno, aunque los propios autores aclaran que más descomposición no equivale automáticamente a mejor salud del suelo. El trabajo, realizado con 1.000 voluntarios, se combinó con el entierro de 12.000 bolsitas de té como método de contraste. Los resultados se han publicado en la revista Plants, People, Planet.

El experimento arrojó niveles de degradación muy distintos según el lugar de entierro. En los jardines privados, los calzoncillos quedaban casi consumidos al cabo de dos meses. En los céspedes, en cambio, la prenda apenas mostraba desgaste. El estudio, conocido como “Prueba por calzoncillos”, concluyó que el tipo de uso del terreno —jardín, campo, prado o césped— explica mejor las diferencias que la mayoría de las propiedades químicas medidas. Campos agrícolas y prados quedaron en un nivel intermedio de degradación.

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Marcel van der Heijden, catedrático de agroecología de la Universidad de Zúrich y codirector del estudio, explica en un comunicado difundido por esa institución académica que “nuestros resultados muestran que la forma en que se gestiona el suelo puede afectar de manera significativa tanto a la vida del suelo como a su calidad”. Van der Heijden añade que “un suelo sano y biológicamente activo es fundamental para la fertilidad, el ciclo de nutrientes y muchos otros servicios ecosistémicos”. El académico vincula esa actividad a prácticas concretas de manejo agrícola: mantener el suelo cubierto, sumar compost, diversificar la rotación de cultivos y limitar fertilizantes minerales y pesticidas. Esas medidas favorecen a los organismos responsables de descomponer la materia orgánica.

Calzoncillos que fueron enterrados en distinto tipo de terreno. (Agroscope)
Calzoncillos que fueron enterrados en distinto tipo de terreno. (Agroscope)

Una descomposición máxima no siempre es señal positiva

Franz Bender, jefe del equipo de evaluaciones agroecológicas de Agroscope y codirector del proyecto, matizaó el alcance del hallazgo: “La descomposición máxima no es deseable en todos los ecosistemas”. “En hábitats naturales, como los bosques, niveles muy elevados pueden indicar alteraciones en el equilibrio de los nutrientes. En los jardines, la rápida descomposición de la ropa interior puede mostrar un exceso de suministro de fertilizantes”.

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Los jardines privados no solo mostraron la mayor descomposición: también concentraron los niveles más altos de carbono orgánico y de fósforo disponible de todo el estudio, muy por encima de los campos agrícolas. Esa combinación lleva a los propios autores a plantear que buena parte de esos jardines recibe más fertilizante del que sus plantas necesitan para crecer.

Rubén del Campo, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), ha explicado la relación que existe entre el cambio climático y los incendios forestales que sufre España. (AEMET)

El proyecto, bautizado “Prueba por calzoncillos” (“Beweisstück Unterhose” en alemán), reunió inicialmente a 1.400 personas interesadas, aunque la organización limitó la participación a 1.000 voluntarios distribuidos de forma equilibrada por el territorio suizo, la mitad de ellos agricultores. De los más de 1.700 calzoncillos y 7.000 bolsitas de té recuperados, finalmente quedaron 780 muestras válidas para el análisis estadístico final.

Los promotores del “índice de los calzoncillos” lo proponen como una herramienta accesible para que científicos y público general puedan hacerse una primera idea del estado de un suelo, sin necesidad de equipamiento de laboratorio.

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