
Con la llegada del verano, millones de personas inician una carrera hacia lo que socialmente se define como las vacaciones perfectas. Sin embargo, detrás de la preparación del equipaje de última hora y las imágenes paradisíacas que inundan las redes sociales, se esconde una realidad psicológica bastante silenciosa y que pasa desapercibida. Rodrigo Negro, psicoterapeuta familiar por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF) y psicólogo, asegura en una entrevista con Infobae que estos últimos años hemos visto cómo el descanso se ha desvirtuado por las exigencias contemporáneas, convirtiendo el estío en una trampa de rendimiento y consumo.
Para el experto, la gran problemática radica en que confundimos de forma recurrente el descanso con el consumo. Negro explica que esta distorsión no es casual y se apoya en ‘La sociedad del cansancio’ de Byung-Chul Han, obra que describe cómo hemos pasado de una sociedad represora a una que se agota a sí misma de forma voluntaria. Al no haber un poder externo que nos obligue, nos autoimponemos el trabajo y el consumo.
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En este contexto, el ocio se rige por la productividad: “Descansamos para rendir más, viajamos para contarlo, disfrutamos para demostrar a otros que lo hacemos”, explica. No obstante, Negro recuerda que “el verdadero descanso, ese que no produce nada, que no se fotografía, que simplemente es, nos resulta cada vez más extraño, incluso incómodo”.
“No eres lo que eres, sino lo que consumes”
Esta lógica mercantilista afecta a los hogares, que a menudo regresan de las vacaciones más agotados de lo que se fueron. Como constata el psicoterapeuta, en la práctica de la terapia familiar es sumamente frecuente atender a familias extenuadas por el ritmo de vida actual y la hiperexigencia autoimpuesta.
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Y es que, como menciona, la gran paradoja de nuestro tiempo es que el propio ocio se convierte en una fuente de estrés. “La gestión de vuelos, actividades para los niños, altos costes económicos, múltiples actividades sin apenas descanso llevan a nuestras familias al límite y a eso… lo llaman descanso (o vacaciones)”, afirma Negro. Las vacaciones se transforman así en una lista de tareas costosas que tensionan las relaciones familiares.
De esta forma, en esta cultura contemporánea donde la identidad se construye a través del consumo, el auténtico bienestar profundo queda relegado a un segundo plano. Recordando al sociólogo Zygmunt Bauman, Negro señala que en nuestra sociedad “no eres lo que eres, sino lo que consumes (y eso también incluye al periodo de vacaciones)”, sostiene. Esta presión social constante por imitar estilos de vida ideales nos aleja de nuestras necesidades emocionales y afectivas básicas.
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Frente a esto, nos encontramos con que el impacto emocional se amplifica con la exposición a las redes sociales; un escaparate de realidades que el cerebro procesa como si fuesen reales. “Suponen un catálogo permanente de vidas que parecen mejor que la nuestra y nuestro cerebro no distingue bien entre lo real y lo representado”, subraya el psicólogo.
Pero al compararnos constantemente con los perfiles ajenos, es casi inevitable que surja un pensamiento doloroso y alienante: “Todo el mundo está disfrutando menos yo”. Este sentimiento se agrava bajo la “comparación social ascendente”, que genera sentimientos de vergüenza, exclusión y falta de pertenencia en hogares con presupuestos más ajustados.
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Estos sentimientos provocan muchas veces tensión e irritabilidad familiar. Sin embargo, Negro matiza que la tensión surge “no porque la familia funcione mal, sino por la propia presión que ejerce el contexto”.
¿Qué podemos hacer para frenar esta presión?
De este modo, ante la tiranía del descanso productivo e “instagrameable”, Negro propone recuperar el valor de lo verdaderamente intangible y simple, porque al final “el bienestar familiar no funciona bajo esa lógica”, sino que, como resalta, “funciona bajo la lógica del vínculo, la presencia, el afecto y la conversación que no tiene agenda”.
Además, el terapeuta insiste en que “las familias que no pueden irse de vacaciones no son familias con menos recursos para ser felices”. Y es que “quizás éstas (pero también las otras) son familias que, sin saberlo, tienen la oportunidad de descubrir que lo que realmente necesitaban, no estaba en ningún aeropuerto”, concluye Rodrigo Negro.
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