
El dolor crónico en los músculos y los huesos es la manifestación más frecuente de la hipofosfatasia, una enfermedad genética rara, grave y potencialmente mortal causada por una o varias mutaciones de un gen. Sin embargo, miles de personas pueden estar sufriéndola sin saberlo, puesto que el diagnóstico tiende a retrasarse años.
Esta patología hereditaria poco frecuente altera la formación normal de huesos y dientes debido a la deficiencia de una enzima esencial, la fosfatasa alcalina (ALP), lo que impide que se endurezcan. Aunque puede manifestarse desde el nacimiento o aparecer en la edad adulta, su baja prevalencia y la diversidad de sus síntomas hacen que el diagnóstico se retrase con frecuencia, dificultando el acceso a un tratamiento adecuado.
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La enfermedad está causada por mutaciones en el gen ALPL, responsable de la producción de la fosfatasa alcalina. Cuando la actividad de esta enzima es insuficiente, el organismo no puede mineralizar correctamente el tejido óseo, lo que favorece la aparición de huesos frágiles, fracturas recurrentes y problemas dentales. En la mayoría de los casos, la enfermedad se hereda con un patrón autosómico recesivo, aunque también puede originarse por mutaciones espontáneas sin antecedentes familiares.
En 2019, investigadores del CIBERFES del grupo de Manuel Muñoz Torres en el Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada (Hospital Universitario San Cecilio) llevaron a cabo un estudio para evaluar la incidencia real de pacientes afectados con esta enfermedad en España. Según concluyeron, casi la mitad de los pacientes no están correctamente diagnosticados, por lo que podrían existir hasta 15.000 casos potenciales actualmente no detectados.
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Cómo identificar que sufrimos hipofosfatasia
La gravedad de la hipofosfatasia es muy variable, advierte un equipo de Centro de Investigación Biomédica En Red (CIBER). Las formas más severas aparecen durante la gestación o en los primeros meses de vida y pueden comprometer seriamente la supervivencia del recién nacido. En cambio, las formas infantiles, juveniles y del adulto suelen presentar una evolución más lenta, aunque también generan un importante impacto sobre la calidad de vida.
Entre los síntomas más frecuentes destacan el dolor óseo y articular persistente, las fracturas de repetición, la debilidad muscular y la pérdida prematura de los dientes de leche. En los niños también pueden observarse retrasos en el desarrollo motor y deformidades esqueléticas derivadas de una mineralización insuficiente. En los adultos, el cuadro clínico suele estar dominado por el dolor musculoesquelético crónico y las fracturas por estrés, que a menudo se confunden con otras enfermedades óseas más comunes.
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La forma infantil representa una de las variantes más graves de la enfermedad, ya que los bebés afectados pueden presentar huesos extremadamente frágiles, deformidades, dificultades respiratorias asociadas a una caja torácica poco desarrollada e incluso convulsiones relacionadas con alteraciones metabólicas. Sin un tratamiento adecuado, estas complicaciones pueden poner en riesgo la vida del paciente.

Un diagnóstico con años de retraso
En la edad adulta, la enfermedad suele diagnosticarse tras años de síntomas inespecíficos. Muchos pacientes consultan por dolor crónico, fracturas recurrentes o problemas dentales sin que inicialmente se sospeche una hipofosfatasia. Este retraso diagnóstico puede conducir a tratamientos inadecuados y prolongar el deterioro funcional.
El principal tratamiento específico disponible es la asfotasa alfa, una terapia de reemplazo enzimático diseñada para compensar la deficiencia de fosfatasa alcalina, explican desde CIBER. Diversos estudios han demostrado que este tratamiento mejora la mineralización ósea, reduce el riesgo de fracturas y favorece la función física, especialmente cuando se inicia de forma precoz. Además del tratamiento enzimático, los pacientes requieren un seguimiento multidisciplinar para controlar las complicaciones óseas, dentales y musculares.
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En algunos casos puede ser necesario corregir déficits nutricionales, incluida la vitamina B6, cuya alteración está relacionada con determinadas manifestaciones neurológicas de la enfermedad, especialmente en los lactantes. Sin embargo, los suplementos vitamínicos o de calcio no sustituyen al tratamiento específico ni corrigen por sí solos el defecto metabólico.
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