
El año 1968, marcado por el tenso panorama de la Guerra Fría, escondió en las profundidades marinas uno de los capítulos más enigmáticos y trágicos de la historia naval moderna: cuatro submarinos de Estados Unidos, la Unión Soviética, Francia e Israel desaparecieron en circunstancias nunca aclaradas, dejando 318 víctimas en apenas seis meses y forzando a las armadas de sus países a replantear radicalmente sus protocolos de seguridad y diseño. Según ha explicado el teniente comandante Jim Halsell de la Armada de los Estados Unidos en la web del Instituto Naval de Estados Unidos (USNI), esta cadena de tragedias “dejó una huella imborrable en las armadas de sus respectivos países”.
Mientras la atención mundial se centraba en la escalada de la Guerra de Vietnam, en los asesinatos de Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy y en la pugna por la supremacía espacial entre Washington y Moscú, en el fondo del océano se tejía un misterio paralelo. Así, la desaparición sucesiva del USS Scorpion, el K-129 soviético, el Minerve francés y el INS Dakar israelí marcó una “ley de las series” trágica, donde la presión del océano no perdonó el más mínimo error técnico ni las circunstancias más imprevisibles.
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El USS Scorpion: tecnología avanzada y un final sin respuestas
El USS Scorpion (SSN-589), uno de los submarinos nucleares más avanzados de su época, zarpó de Norfolk, Virginia el 15 de febrero de 1968 bajo el mando de Francis A. Slattery. El Scorpion poseía un reactor nuclear y era capaz de lanzar tanto torpedos convencionales como con cabeza nuclear, lo que lo convertía en un activo estratégico durante la Guerra Fría. Realizó operaciones y escalas en Rota, Nápoles y Lisboa antes de iniciar su regreso a casa.
No obstante, el 21 de mayo, sucedió algo inesperado: la nave realizó su última transmisión rutinaria a unas 250 millas al sur de las Azores. Pero no fue hasta el 27 de mayo, la fecha en la que debería haber llegado a Norfolk, que las fuerzas armadas iniciaron una búsqueda masiva. Las autoridades detectaron dos explosiones submarinas relacionadas, pero “no se encontró rastro del submarino, y fue declarado oficialmente perdido diez días después”, según Halsell. En octubre, los restos aparecieron a 400 millas náuticas al suroeste de las Azores, a una profundidad de 3.000 metros.
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La causa del hundimiento permanece indeterminada. Como expuso el informe del USNI, “abundan las teorías, pero no ha surgido ninguna prueba concluyente”. Las hipótesis incluyen una explosión de batería, fallos mecánicos o un ataque soviético, aunque ninguna cuenta con pruebas definitivas. La pérdida del Scorpion “fue un sombrío recordatorio para las armadas de todo el mundo de los peligros inherentes a las operaciones submarinas durante la tensa Guerra Fría”.

El K-129: misión secreta y una recuperación digna de novela de espionaje
El K-129 de la Armada Soviética fue un submarino balístico diésel-eléctrico de la clase Golf II, clave para la disuasión nuclear soviética. El 24 de febrero de 1968, zarpó de la bahía de Tar’ya rumbo al Pacífico con una tripulación inusualmente numerosa y “trabajó para establecer una rutina en los reducidos espacios del submarino”, según el análisis de Halsell. La última transmisión prevista tenía que llegar el 8 de marzo, pero nunca fue recibida.
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La Unión Soviética desplegó una operación de búsqueda sin éxito. En agosto, Estados Unidos localizó los restos mediante una misión de inteligencia encubierta y el submarino USS Halibut obtuvo imágenes del K-129 partido en dos en el fondo marino. En 1974, la CIA puso en marcha el Proyecto Azorian, una operación de rescate sin precedentes. Se recuperó parte del submarino y los restos de seis marineros, y se celebró una ceremonia conjunta de entierro en el mar con banderas e himnos de ambos países: “La ceremonia fue filmada y, en 1992 -menos de un año después de que terminase la Guerra Fría-, como gesto de buena voluntad, el director de la CIA, Robert Gates, presentó la película al presidente ruso Boris Yeltsin”.
Aunque se recuperaron piezas del K-129, el misterio persiste. “Aún existen especulaciones sobre las circunstancias exactas de su pérdida”. Desde entonces, la Armada Soviética (y luego la rusa) sufrió al menos seis desastres más, incluyendo el Kursk en 2000 y el AS-31 en 2019, un saldo que contrasta con el registro de la Armada de Estados Unidos desde el desastre del Scorpion.
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El Dakar: una tragedia nacional y décadas de incógnita
El INS Dakar, originalmente HMS Totem británico, fue vendido a Israel en 1965 y navegó hacia su nuevo destino en enero de 1968. Bajo el mando de Ya’acov Ra’anan, el Dakar transmitía su posición cada 24 horas al cuartel general en Haifa y cada seis horas enviaba un telegrama de control. El 24 de enero realizó su última comunicación al norte de Creta. Después de la medianoche del 25 de enero, no volvió a emitir señales.
Durante años, circularon rumores sobre un supuesto ataque egipcio, especialmente tras el hallazgo de una boya del Dakar en la costa de Gaza. El gobierno israelí no declaró muerta a la tripulación hasta 13 años después, en parte por consideraciones religiosas. En 1999, una expedición conjunta localizó los restos a 3.000 metros entre Creta y Chipre. Los investigadores concluyeron que “el submarino había superado su profundidad de colapso, lo que provocó una ruptura catastrófica del casco”. Aún así, la causa exacta de la inmersión excesiva permanece desconocida.
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El Minerve: desaparición súbita y búsqueda interminable
El Minerve de la Armada francesa zarpó de Toulon el 27 de enero de 1968 para un ejercicio rutinario en el Mediterráneo. Era uno de los submarinos más modernos de la flota, equipado con tecnología de guerra antisubmarina. La última comunicación ocurrió a 25 millas de la costa, tras lo cual el submarino desapareció sin dejar rastro.
Las autoridades francesas desplegaron una búsqueda masiva con barcos, aviones y submarinos, pero no hallaron el buque. Las teorías apuntaron a fallas mecánicas o problemas con el snorkel que habrían provocado una inundación catastrófica. El presidente Charles de Gaulle viajó a Toulon y, como gesto simbólico, descendió a 40 metros en un submarino gemelo del Minerve, el Eurydice, que dos años más tarde también se perdió en circunstancias similares.
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El misterio del Minerve persistió hasta 2019, cuando, gracias a tecnología avanzada, se localizaron los restos a 2.100 metros de profundidad, a 28 millas de Toulon. “El descubrimiento brindó el tan ansiado cierre a las familias de la tripulación desaparecida y a una nación aún atormentada por el misterio”, como subraya el teniente comandante del USNI.
Consecuencias y reformas en la seguridad submarina
La secuencia de tragedias de 1968 representó una anomalía histórica en tiempos de paz. Según el análisis del USNI, estas pérdidas “conmocionaron al mundo y amenazaron con exacerbar las hostilidades de la Guerra Fría”. Las consecuencias fueron inmediatas: la Armada de Estados Unidos reforzó su programa SUBSAFE y no perdió más submarinos desde entonces. La Unión Soviética y luego Rusia experimentaron al menos seis incidentes fatales posteriores, lo que el informe atribuye a diferencias en la cultura de seguridad y transparencia institucional.
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En el caso de Israel, la pérdida del Dakar motivó la compra de nuevas clases de submarinos específicamente diseñados para la marina israelí. Mientras que Francia revisó sus protocolos y mejoró sus capacidades de búsqueda y rescate, incorporando nuevas tecnologías de detección submarina. En casos más recientes, como los del ARA San Juan argentino en 2017 y el KRI Nanggala indonesio en 2021, refuerzan la vigencia de estos riesgos, pues “a pesar de los avances tecnológicos, los peligros de operar bajo la superficie del océano siguen siendo profundos”.
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