
Dentro de un mes, la península ibérica será testigo de uno de los fenómenos más sorprendentes de la naturaleza: un eclipse solar. Durante un par de minutos en la tarde, en torno a las 20:30 del 12 de agosto, la Luna se interpondría en la conexión entre la Tierra y el Sol, bloqueando así la luz y proyectando una sombra de varios kilómetros.
A medida que la sombra avance, la temperatura descenderá bruscamente, el viento cambiará y la humedad relativa aumentará de golpe. Aunque nosotros estaremos preparados con gafas especiales y conocemos las zonas a las que va a afectar, esta alteración en la iluminación del sol provocará una intensa confusión en el reino animal. Y es que la conexión de los animales con la naturaleza supera cualquier relación que pueda tener hoy el ser humano sobre ella.
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Pero, para la fauna, que carece de relojes artificiales, verán interrumpida de golpe y de repente esta conexión con la que regulan estrictamente sus ritmos circadianos cotidianos de sueño, vigilia y alimentación. La desaparición repentina del astro rey rompe estas reglas biológicas, desencadenando respuestas inmediatas que oscilan entre la preparación para el descanso, un desconcierto generalizado y notables manifestaciones de estrés o profunda ansiedad.

La desconexión de los sistemas de navegación de los invertebrados
A pesar de no haber sido una de las facetas más estudiadas de los eclipses, algunos biólogos y científicos han fijado su atención en los cambios que se producen en los animales. Una de las primeras observaciones fue la de George Newport en 1837. El entomólogo presentó ante la Royal Society un registro donde describía cómo, ante la llegada de la oscuridad del eclipse, las abejas suspendían su actividad y regresaban a sus colmenas.
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La explicación es sencilla: la luz solar es el sincronizador primordial para la vida diaria de las abejas y la caída drástica de esta intensidad les muestra que el día ha terminado. Un comportamiento que se puede observar desde las fases parciales del eclipse.
Un siglo después, William Morton Wheeler coordinó un estudio pionero para el eclipse total solar del 31 de agosto de 1932 en Nueva Inglaterra. En lugar de depender únicamente de su propio equipo, Wheeler recopiló cientos de reportes de ciudadanos, guardabosques y naturalistas para consolidar el primer gran compendio científico sobre fauna y eclipses. Sus observaciones detallaron una clara división en la respuesta de los insectos según sus ciclos de actividad: los insectos diurnos, como las hormigas o las mariposas, buscaban refugio, mientras que la fauna nocturna, como los grillos, las polillas y las luciérnagas, se activaba.
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Algo similar ocurrió en el eclipse del 11 de julio de 1991. Los expertos de la Universidad de Cincinnati analizaron a las arañas coloniales (Metepeira incrassata) en México. Durante la totalidad, del 50% al 70% desmanteló sus telas, una conducta típica del anochecer. Al reaparecer el sol, el 96% las reconstruyó rápidamente. Todo ello radica en un mecanismo científico llamado el “enmascaramiento” (’masking’): un estímulo ambiental drástico (la oscuridad repentina y la consecuente bajada de temperatura y viento) bloquea o “enmascara” directamente la expresión del comportamiento diurno habitual, forzando una respuesta de supervivencia inmediata.
Pero, tan pronto como el Sol vuelve a emerger y la luz se estabiliza, el estímulo desaparece y los insectos retoman sus actividades diurnas normales, demostrando que su reloj interno sigue marcando la hora real de manera correcta.
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El descenso de vuelo y cese del canto de las aves
Algo semejante ocurre con las aves. Los primeros registros en este contexto, al que han tenido acceso dos expertas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), datan de 1544 y 1560 en unos documentos que describen que “caían del cielo y dejaban de cantar”. Este comportamiento lo estudió también Wheeler en el eclipse de 1932. Pero fueron los expertos del Laboratorio de Ornitología de Cornell quienes demostraron en 1963 que, aunque el canto disminuyó, nunca cesó por completo.
Al igual que con los insectos, las aves diurnas como los pelícanos (estudiados en Venezuela en 1998), la garza blanca, bueyera, dedos dorados y azul (Kansas, 1994), los vencejos y golondrinas (Estados Unidos, 2017) interrumpieron sus actividades de alimentación diurna y emprendieron de forma coordinada el vuelo de regreso hacia sus dormideros nocturnos. Mientras que las nocturnas como el martinete común (India, en 1995), su reacción fue exactamente la opuesta.
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Uno de los últimos registros es el de David Mann en 2024. El experto detalló en un estudio publicado en Scientific Reports que la tasa de vocalización disminuyó drásticamente solo con más del 99% de oscurecimiento, aunque algunos petirrojos americanos (Turdus migratorius) continuaron cantando.

Los impulsos de apareamiento de los reptiles
Los comportamientos de los anfibios son uno de los más curiosos. Y es que, aunque en el equipo de LIPI detectó que sapos terrestres (Ingerophrynus celebensis y Duttaphrynus melanostictus) se escondieron en la hierba al caer la temperatura unos 4 °C en Sulawesi en 2016. La rana de coro nocturna (Microhyla sp.) emitió cantos de apareamiento durante el máximo ocultamiento de luz solar.
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Por su parte, en el zoológico de Riverbanks en 2017, reportaron otras respuestas sumamente novedosas. Las tortugas de Galápagos (Chelonoidis nigra) aumentaron su velocidad justo antes de la totalidad, agrupándose para aparearse de forma activa. Al finalizar la totalidad, todos ellos levantaron la cabeza para mirar fijamente hacia el cielo. En el mismo recinto, el dragón de Komodo (Varanus komodoensis) corrió erráticamente por su foso y se apostó frente a la compuerta cerrada de su guarida nocturna.
La ansiedad colectiva de los mamíferos
Los mamíferos, que suelen tener un mayor acercamiento con nosotros, no solo sufrieron el cambio ambiental, sino que también reaccionaron ante el comportamiento humano. En 1932, Wheeler observó cómo las ovejas y vacas interrumpieron abruptamente su pastoreo diurno y regresaron por iniciativa propia hacia sus establos. Krzanowski observó lo opuesto en 1954 con los murciélagos, que abandonaban sus refugios temprano.
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Durante el eclipse solar total del 9 de marzo de 2016 en Sulawesi, Indonesia, el grupo de macacos de Heck (Macaca hecki) interrumpió de golpe sus actividades de alimentación cotidianas a las 08:34 horas, al disminuir drásticamente la luz diurna. Ante esta repentina alteración ambiental, tres machos adultos emitieron una vocalización de alerta, interpretada como una clara señal de peligro.
Acto seguido, el macho alfa descendió al suelo y el resto de la colonia le siguió de inmediato para formar un círculo defensivo muy compacto a su alrededor. En el transcurso de la totalidad, todo el grupo de primates se mantuvo inmóvil y en absoluto silencio como medida de protección colectiva. Una vez que la luz solar comenzó a emerger de nuevo, los macacos reanudaron su socialización habitual y se adentraron en la espesura del bosque, regresando así de forma progresiva a sus rutinas diarias normales.
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Finalmente, en 2017, en Riverbanks Zoo, gorilas, jirafas y babuinos mostraron conductas nocturnas mezcladas con pánico y angustia. Pero, ¿por qué tuvieron esta reacción si en otro estudio posterior los animales simplemente iniciaron conductas de descanso nocturno y sin signos de estrés? Los investigadores, que analizaron su comportamiento en otro zoológico, probaron que su ansiedad se debe a la ruidosa reacción humana y no al eclipse en sí.
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