
Muchos se imaginan —o sueñan, más bien— la jubilación como un periodo relajante al borde del mar, en una sombrilla junto a un cocotero, escuchando el vaivén de las olas. Pero pocos, a excepción de los ingleses y alemanes que emigran al Mediterráneo en su vejez, suelen dar el paso. La enfermera Sharon Lane es uno de estos pocos: como cuenta CNN, esta mujer ha dejado atrás su rutina en California para instalarse de manera permanente en el crucero residencial Villa Vie Odyssey, una decisión que transformó su vida cotidiana en una existencia flotante. “No estoy de viaje”, afirma en una entrevista concedida a la cadena estadounidense, “este es nuestro hogar, aquí es donde vivimos”.
Para quien se pregunta cómo es vivir en un crucero residencial, la experiencia implica transformar el barco en un verdadero hogar: los residentes compran camarotes y pagan cuotas mensuales que incluyen alimentos, bebidas, wifi y servicios médicos básicos. El día a día se desarrolla entre paisajes marinos, escalas internacionales y actividades a bordo, pero sobre todo, con la libertad de vivir con menos responsabilidades domésticas y más tiempo para el ocio y la convivencia. Los residentes del Odyssey, en su mayoría de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, se han comprometido con la idea de habitar el mar a largo plazo y, según el director ejecutivo Mikael Petterson, más de la mitad viajan solos.
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Lane, que ronda los 80 años, eligió inicialmente un camarote interior y, tras dos meses, se cambió a uno con ventanas tras encontrar una mejor oferta. “Tienes una luz sobre la cabeza para leer y unas ventanas enormes, gigantes, de lado a lado, así que puedes literalmente ver pasar el océano”, destaca.
El barco ofrece comodidades como comidas, bebidas, wifi y lavandería, incluidas en las cuotas mensuales, además de excursiones opcionales con costo adicional. Lane asegura que nunca ha extrañado preparar su propia comida ni hacer la limpieza: dejar de preocuparse por esas tareas es, para ella, “el paraíso”. Por ello, la mujer asegura que seguirá a bordo “mientras el barco funcione”.
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Rutinas y vida social a bordo
Las actividades sociales forman parte central de la vida en el Odyssey. Lane describe la hora de la cena como “un momento social” que puede durar hasta dos horas. “Hay quienes van al karaoke, ven una película, bailan o van al teatro, y yo no. No es lo mío”, comenta.
El barco también es un espacio propicio para crear lazos con personas de distintas nacionalidades. “Es como graduarse de la escuela secundaria: tenemos la misma fecha de graduación, solo que nosotros nos graduamos de la vida en tierra a la vida en el océano”, bromea Lane. La vida en el mar no está exenta de retos. El coste y la escasez de combustible son “una gran preocupación”, pues “sin combustible no nos movemos, y hemos tenido ya algún problema con él, que están gestionando”.
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Lane rara vez baja del barco, ya que afirma que prefiere la contemplación del océano a las excursiones en tierra, aunque reconoce que, en ocasiones, siente el llamado de algún destino. En Japón, por ejemplo, visitó el monte Fuji, aunque la experiencia resultó frustrante debido al mal clima. Para ella, la vida en el Odyssey representa mucho más que una aventura pasajera: “Esto es para personas que quieren un ritmo más tranquilo, una manera de ver el mundo, de vivir con menos responsabilidades”.
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