
June Fernández (Bilbao, 1984) es una periodista, escritora y activista feminista queer a la que le gusta romper tabúes y acaba de estrenar su quinto libro: Contenido explícito. Placer y censura en la cultura popular (Libros del K.O.), donde explora diferentes formas de vivir la sexualidad y el deseo. La obra aborda desde la estigmatización del reguetón y la pornografía a prácticas sexuales como el BDSM y cómo se posiciona el feminismo al respecto. No lo ha escrito con la intención de escandalizar ni hacer pedagogía, admite, sino para compartir las experiencias de voces disidentes LGTBI —incluyendo la suya— que tantas veces han sido silenciadas en contextos reaccionarios. Lo cómodo habría sido no hablar de lo que aún le da pudor, dice en esta entrevista con Infobae, pero uno de los objetivos de la autora con este libro es precisamente tratar de que “la sexualidad no sea algo con lo que nos puedan humillar”.
Antes de escribir el libro, investigó a fondo gracias a una beca de investigación feminista del Ayuntamiento de Vitoria, un trabajo al que ahora ha sumado nuevas entrevistas con activistas LGBTI y para el que ha recuperado debates feministas que siguen vigentes. Desde una mirada histórica, Fernández muestra cómo los pánicos morales sobre la sexualidad se repiten generación tras generación. Si en los años 80 la polémica giraba en torno a las salas de cine X o las portadas de la revista Interview, “hoy el foco está puesto en las pantallas”, en el acceso de la infancia a contenido explícito en internet.
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“Estas polémicas muchas veces se tratan desde una mirada muy heterosexual y cisgénero. Cuando se dice que el porno educa a los jóvenes en violencia machista, que enseña a los chicos a someter y a las chicas a ser sometidas, nunca se tiene en cuenta qué papel puede tener el porno, ya sea negativo, positivo o ambivalente, en la sexualidad, en la exploración identitaria de personas LGTBI. Lo mismo ocurre cuando se habla de prácticas como el BDSM (Bondage, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo) con el hombre dominante y la mujer sumisa, y desconoce que hay escenas comunitarias que también son queer“, explica la también autora de 10 Ingobernables, Abrir el melón y fundadora de Píkara Magazine.

Fernández rechaza la idea de que la pornografía “sea la causa de todos los problemas relacionados con la sexualidad de los jóvenes” y recuerda que ya en los años 80 la antropóloga estadounidense Gayle Rubin hablaba de cómo en muchas ocasiones “se utiliza a las infancias para promover la represión sexual y la censura”. “Creo que el porno en sí es un lenguaje, es contenido audiovisual explícito que para mí aporta al universo erótico de las personas, es una herramienta más. Me frustra que se utilice a las infancias como excusa para hacer afirmaciones como que el porno es inherentemente machista, patriarcal y que se basa en la explotación de las mujeres, porque es una generalización que no se hace de otras cosas. Nadie dice, por ejemplo, que todo el cine comercial es machista por películas como Too Fast Too Furious”, explica.
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Reivindica un porno independiente con criterios feministas “como el que hace Paulita Pappel”, donde actrices y actores participan en la creación del guion y dicen previamente qué prácticas pueden tener y cuáles no, “con un consentimiento transparente y más complicidad”.

El estigma vinculado a la sexualidad
Fernández incluye en su libro relatos sexuales autobiográficos porque, además de haber disfrutado ese proceso de escritura, quería desafiar su propio pudor. También considera fundamental visibilizar las experiencias de quienes sufren el estigma vinculado a la sexualidad, “desde trabajadoras sexuales y bailarinas de striptease hasta chavalas que han tratado de suicidarse por la difusión no consentida de vídeos íntimos”. Su objetivo es romper con la idea de que el sexo puede utilizarse para humillar y reivindica hablar de ello con orgullo antes de que otros lo usen como arma.
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Vivió su adolescencia en los años 90 y relata que, aunque existía un discurso de liberación sexual y de igualdad entre hombres y mujeres, la realidad era diferente: explorar la sexualidad de manera libre y ajena al amor romántico suponía enfrentarse a fuertes críticas. No obstante, pese a ser una época con pocos referentes alternativos y donde la educación sexual brillaba por su ausencia tanto en aulas como en la mayoría de las casas, también coincidió con el inicio de internet, “lo que abrió nuevas posibilidades y espacios de descubrimiento”, recuerda. También destaca el valor de resignificar productos culturales, como ha ocurrido con la película Showgirls, que tras recibir duras críticas al estrenarse, “se transformó en un referente para muchas mujeres vinculadas al mundo del striptease o el pole dance", incluidas varias de las entrevistadas en su libro.
“Nunca sabremos cómo nos habríamos construido si nuestros imaginarios sexuales y eróticos hubieran sido más feministas o más queer. Pero también creo que desde lo queer podemos apropiarnos de esas escenas y lo mismo sucede ahora. Es muy interesante reconocer que el imaginario erótico con el que hemos crecido, pero hemos podido también darle la vuelta y explorar nuestra feminidad fuera de la norma más burguesa, de recato", sostiene. En su caso, asegura, series como The L Word y Queer as Folk, le permitieron descubrir formas de deseo alejadas de la heterosexualidad normativa.
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Fernández también analiza en su libro cómo el deseo masculino “sigue percibiéndose en muchas ocasiones como un impulso casi inevitable”, mientras que el de las mujeres permanece condicionado por estereotipos que las muestran como menos interesadas en el sexo, la promiscuidad o las prácticas sexuales más intensas. Estos marcos culturales, asegura, no solo perpetúan la desigualdad, sino que dificultan reconocer la verdadera diversidad de los deseos de las mujeres. Además, señala que algunos discursos feministas todavía refuerzan esta división.
“Hay un discurso feminista muy extendido e influyente, que sale todo el rato en los medios, que reproduce la idea de que la sexualidad femenina no es dura, no es voraz, sino que está muy orientada a lo afectivo y no, por ejemplo, a la promiscuidad. Hay un sector del feminismo diciendo que, si te gusta que te tiren del pelo en la cama, te den azotes o te penetren duro, es porque estás alienada. Si el mensaje es que a las mujeres no nos gusta eso, el feminismo está siendo prescriptivo de lo que es el buen sexo y lo que no, y así es que muchas hemos crecido sintiéndonos rotas o con la psiquiatría amenazándote con que tienes un trastorno límite de personalidad si eres promiscua y bisexual”, asegura la autora.
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En ese sentido, también recuerda que tanto Gayle Rubin como la activista feminista vasca Cristina Garizabal “ya han hablado de que el sexo es un espacio en el que se puede experimentar con el poder y con la fuerza de forma segura, pues al final la agresividad es una pulsión humana, siempre que se haga precisamente en un marco de deseo, de consenso y de exploración compartida”.

La “doble moral” en el reguetón
La periodista cuestiona en su libro las críticas que reducen el reguetón a un género musical machista. A su juicio, muchas veces se mezcla el machismo con hablar de sexo de forma explícita desde una sexualidad masculina heterosexual. “Es decir, que un hombre haga una letra explícita sobre que le gusta que le hagan felaciones no me parece malo en sí mismo ni machista en sí mismo. El problema igual está en que la industria ha visibilizado a estos hombres y ha invisibilizado a pioneras del reguetón como Ivy Queen o como Glory, que tiene una canción maravillosa del 2004, La popola, sobre el sexo anal, y que la he conocido gracias a Bad Bunny porque la cita en una canción”, explica. “También está esta doble moral de ‘uf, el reguetón, qué machista’, pero luego me tomo tres gin-tonics y perreo hasta abajo, y eso también tiene que ver con cómo se ha construido la feminidad en nuestra sociedad”, sostiene la periodista.
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Fernández, que se hizo viral en 2013 con un artículo publicado en Píkara Magazine titulado Si no puedo perrear, no es mi revolución, también propone “no tomarse el reguetón tan en serio”, sino disfrutar de esas formas de libertad, placer y subversión que conviven en el género.
Educación sexual integral con perspectiva feminista
La autora también destaca la importancia de implementar una educación sexual integral en las escuelas, con perspectiva feminista, que aborde la prevención de abusos, dado que “el principal espacio de violencia sigue siendo la familia o el entorno cercano”, que enseñe a expresar los deseos de forma asertiva, “más allá de la cama”, y que fortalezca la soberanía corporal para poder tener “sexualidades más placenteras, gozosas, libres y respetadas”.
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