
Muchas personas no saben muy bien qué hacer cuando una emoción desagradable aparece de repente. La tristeza, la ansiedad o la frustración suelen irrumpir en mitad de la rutina diaria y, en muchos casos, la reacción inmediata consiste en intentar apartarlas lo antes posible. Mantenerse ocupado, distraerse o llenar el tiempo de tareas se convierte en una especie de refugio improvisado para no pensar demasiado en aquello que incomoda.
Vivimos además en una cultura marcada por la rapidez y la productividad, donde detenerse a analizar cómo uno se siente puede interpretarse incluso como una pérdida de tiempo. Las redes sociales, el trabajo o el entretenimiento constante facilitan que muchas personas aprendan a convivir con sus emociones incómodas sin llegar realmente a enfrentarlas. El problema es que aquello que se ignora rara vez desaparece por completo.
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Esa tendencia a evitar el malestar puede acabar convirtiéndose en un hábito casi automático. A corto plazo parece aliviar, pero con el tiempo las emociones acumuladas encuentran otras formas de manifestarse: ansiedad persistente, irritabilidad, agotamiento o sensación de bloqueo. Sobre esta forma de gestionar el sufrimiento emocional reflexiona el psicólogo Víctor Martín (@victormartinpsicologo en TikTok), quien advierte de uno de los errores más frecuentes que observa en consulta.
“¿Sabes cuál es el mayor error que cometen los pacientes en terapia? La mayoría de las personas cuando les preguntas qué haces cuando te sientes mal o cuando tienes pensamientos negativos, te dicen que intentar mantenerse ocupadas”, explica el especialista. Según señala, el problema no está necesariamente en realizar actividades, sino en la intención que hay detrás de ellas.
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Las consecuencias de la evitación
“El problema de esto es que normalmente esa actividad que sigue al malestar tiene que ver con una evitación del propio malestar”, afirma. Para muchas personas, llenar la agenda, pasar horas frente a una pantalla o buscar distracciones constantes funciona como una vía rápida para no conectar con aquello que genera incomodidad. Sin embargo, Martín compara este mecanismo con una imagen muy concreta: “Digamos que esto sería un poco como si cada vez que siento algo que no me gusta, lo empiezo a barrer debajo de una alfombra”.
El psicólogo subraya que esa huida emocional no surge de forma consciente en la mayoría de ocasiones. “Huir del malestar es un mecanismo instintivo y automático que puede verse reforzado por muchas circunstancias vitales y que se ve influido por nuestros repertorios de afrontamiento”, señala. La educación emocional recibida, las experiencias personales o incluso el entorno familiar influyen en cómo cada persona aprende a relacionarse con el sufrimiento.
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Aunque evitar el malestar puede proporcionar alivio momentáneo, el experto advierte de que las consecuencias aparecen con el paso del tiempo. “A corto plazo eso puede funcionar, pero a largo plazo la alfombra cada vez va a estar más llena de cosas y va a llegar un momento en el que no vas a caber en la habitación”, explica. Esa acumulación emocional termina ocupando cada vez más espacio en la vida cotidiana.
“Esa gran montaña de emociones desagradables y de sensaciones desagradables va a ocupar todo el espacio”, añade. En muchos casos, lo que inicialmente parecía una estrategia útil acaba generando un efecto contrario: las emociones reprimidas regresan con más intensidad o aparecen transformadas en otros síntomas.
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Frente a la evitación, Martín propone otro enfoque: aprender a regular las emociones. “La alternativa a la evitación es la regulación. Cuando yo regulo una emoción, la acepto, la identifico, la analizo y después de todo eso, hago algo que la neutralice”, explica. Se trata de un proceso más lento y complejo que simplemente distraerse, pero también más efectivo a largo plazo.
El especialista insiste en que las emociones cumplen una función y que ignorarlas no hace que desaparezcan. “Si yo simplemente huyo de ese malestar, no hago todo el proceso y, por lo tanto, la emoción no va a desaparecer, porque si aparece es para darnos un mensaje y evitar ese mensaje va a hacer que la emoción persista”, concluye.
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