
El Tribunal de Apelación de París ha condenado a Air France y Airbus por homicidio involuntario por el accidente del vuelo AF447, que en junio de 2009 se estrelló en el océano Atlántico cuando cubría la ruta entre Río de Janeiro y la capital francesa y causó la muerte de las 228 personas que viajaban a bordo.
Fue en la madrugada del 1 de junio de 2009 cuando el vuelo AF447 de Air France atravesaba el Atlántico siguiendo la ruta habitual entre Sudamérica y Europa y desapareció sin dejar apenas rastro. El avión, un Airbus A330-203, había despegado horas antes del aeropuerto internacional Galeão de Río de Janeiro con destino al aeropuerto Charles de Gaulle de París.
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A bordo viajaban 216 pasajeros y 12 miembros de la tripulación pertenecientes a 33 nacionalidades distintas. Entre ellos había 61 franceses, 58 brasileños, dos españoles y un argentino, mientras que la tripulación estaba formada por 11 franceses y un brasileño. El vuelo había despegado de Río de Janeiro con destino a París y durante las primeras horas transcurrió con aparente normalidad, manteniendo contacto rutinario con los centros de control aéreo mientras avanzaba hacia el Atlántico ecuatorial.
Como ocurre habitualmente en esa ruta transatlántica, el aparato debía atravesar una amplia zona de tormentas tropicales cercana al ecuador, un área especialmente delicada para la navegación aérea por la presencia frecuente de fuertes corrientes convectivas, turbulencias y formaciones de hielo a gran altitud. A medida que avanzaba la madrugada, el avión comenzó a encontrarse con condiciones meteorológicas cada vez más adversas. Las reconstrucciones posteriores mostraron importantes núcleos tormentosos en la trayectoria del AF447, acompañados de fuertes corrientes ascendentes y cristales de hielo suspendidos en la atmósfera.
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Poco después de las dos de la madrugada, hora de Brasil, comenzaron a producirse las primeras anomalías. El sistema automático del Airbus envió una secuencia de mensajes técnicos de fallo que fueron recibidos por Air France y que alertaban de problemas relacionados con la velocidad del avión y con varios sistemas automáticos de pilotaje. Minutos después, el aparato desapareció del radar sin emitir ninguna señal de socorro.
La investigación oficial francesa, dirigida por la Oficina de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil (BEA), concluyó años después que el origen de la tragedia estuvo relacionado con la congelación temporal de las sondas Pitot, unos sensores externos encargados de medir la velocidad del avión respecto al aire.
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Mientras atravesaba la zona de tormentas, el Airbus entró en contacto con cristales de hielo que bloquearon temporalmente esos sensores. Al recibir datos incoherentes de velocidad, el sistema interpretó que no podía garantizar la estabilidad automática del aparato y desconectó el piloto automático y parte de las protecciones electrónicas del avión. En apenas unos segundos, la situación en cabina cambió por completo: la tripulación pasó de supervisar un vuelo automatizado a tener que pilotar manualmente un Airbus A330 en plena noche, a más de 11.000 metros de altitud y en medio de fuertes turbulencias.

Las cajas negras mostraron posteriormente cómo la cabina se llenó rápidamente de alarmas sonoras y avisos automáticos mientras los pilotos intentaban comprender qué estaba ocurriendo. En ese momento, el comandante descansaba fuera de la cabina y los mandos estaban en manos de los dos copilotos. Según la investigación oficial, uno de ellos reaccionó tirando del mando hacia atrás y elevando el morro del avión, una maniobra que redujo todavía más la velocidad y provocó que el aparato entrara en pérdida aerodinámica, una situación extremadamente peligrosa en la que las alas dejan de generar sustentación suficiente para mantenerse en vuelo.
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A partir de ahí, el Airbus comenzó a perder altura de forma continuada. Durante más de cuatro minutos, el avión descendió desde más de 11.000 metros mientras la tripulación trataba de recuperar el control en medio de una creciente confusión. Las grabaciones de voz revelaron dificultades para interpretar correctamente la información de los instrumentos y para identificar que el aparato había entrado en pérdida. Las alarmas se activaban de forma repetida mientras los pilotos intentaban reaccionar ante una situación para la que, según señalaron posteriormente varios informes, no estaban suficientemente preparados.
El comandante regresó a la cabina cuando el avión ya se encontraba en una situación crítica. Las conversaciones registradas reflejaron intentos desesperados por comprender el comportamiento del aparato y coordinar maniobras para estabilizarlo, pero el Airbus mantuvo durante gran parte del descenso una actitud anormalmente elevada, con el morro levantado, lo que impedía recuperar sustentación.
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El descenso final duró aproximadamente cuatro minutos y veintitrés segundos. Durante ese tiempo, el A330 cayó hacia el océano Atlántico hasta impactar violentamente contra el agua. No hubo supervivientes.
La desaparición del AF447 desencadenó una de las mayores operaciones internacionales de búsqueda realizadas hasta entonces en el Atlántico. Francia y Brasil movilizaron barcos, aviones militares, submarinos y equipos especializados para rastrear una enorme superficie oceánica situada a cientos de kilómetros de la costa. Durante días, la incertidumbre fue absoluta.
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Los primeros restos flotantes comenzaron a aparecer varios días después del accidente. También fueron recuperados cuerpos y fragmentos del fuselaje, aunque localizar el grueso del aparato resultó mucho más complicado debido a la enorme profundidad de la zona, cercana a los 4.000 metros, y al complejo relieve submarino del fondo oceánico.
Las cajas negras permanecieron desaparecidas durante casi dos años. No fue hasta abril de 2011 cuando un equipo especializado consiguió localizar finalmente el fuselaje y recuperar los registradores de vuelo del fondo marino. Su análisis permitió reconstruir con precisión los últimos minutos del avión y esclarecer definitivamente la secuencia de errores y fallos técnicos que desembocó en la tragedia.
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El accidente del AF447 marcó además un antes y un después para la aviación internacional. La investigación obligó a sustituir determinados modelos de sondas Pitot en aviones Airbus y llevó a reforzar la formación de pilotos para afrontar situaciones de pérdida aerodinámica a gran altitud y fallos de velocidad.
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